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P. Neptalí

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PEDIR AL DUEÑO DE LA MIES

Somos corresponsables en participar de la misión apostólica de la Iglesia.

La misa de hoy nos propone la Liturgia del Evangelio de san Mateo, donde leeremos que:

“En aquel tiempo llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio y el mudo habló. La gente decía admirada: ¡Nunca se ha visto en Israel cosa igual! En cambio, los fariseos decían: ¡Este echa a los demonios con el poder del jefe de los demonios!

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias.

Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que mande trabajadores a su mies”

(Mt 9, 32-38).

JESÚS RECORRÍA LOS CAMINOS

Qué bonito era el Señor recorriendo los caminos de Galilea, anunciando el Reino de Dios, curando a muchos enfermos. Sentía compasión de las muchedumbres, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor. Se llenaba de compasión.

Los exegetas han visto que el verbo griego es mucho más expresivo, y dice que se conmovía en las entrañas. Jesús, en efecto, se conmovía al ver al pueblo, porque lamentablemente en ese tiempo, sus pastores, en lugar de guardarlo y cuidarlo, pues lo descarrían comportándose más como lobos, que como verdaderos pastores de su propio rebaño.

Esa mirada de compasión del Señor, pues, se extiende hasta hoy, se extiende hasta hoy, hasta nuestro mundo, también hoy. Bueno, hay mucha gente que vive lamentablemente como ovejas sin pastor, oprimida o por condiciones de vida difíciles, y también desprovista de validos puntos de referencia para encontrar un sentido a su vida o una meta a su existencia. Afecto.

Dificultad que ahora, como en tiempos del Señor, lamentablemente los obreros son pocos en proporción a la tarea que tenemos por delante. Pero la solución la da el mismo Señor:

“Orar. Rogar a Dios el dueño de la mies para que envíe los obreros necesarios”.

PEDIR AL DUEÑO DE LA MIES
PARTICIPEMOS DE ESA LABOR APOSTÓLICA

Difícil será que un cristiano que se ponga a rezar de verdad, no se sienta también urgido a participar personalmente en esa labor, en esa misión, esa labor apostólica que el Señor ha puesto sobre nuestros hombros, y que compete a todos. Y bueno, al cumplir este mandato de Jesucristo, tenemos que pedir de modo especial, que no falten los buenos pastores que den a los demás obreros de la mies, los medios de santificación necesarios para esa tarea apostólica.

Recordaba una vez el Papa Pablo VI que esa responsabilidad es de todos, de todos, cuanto la han recibido por el hecho de ser cristiano. Que el deber misionero recae sobre todo el cuerpo de la Iglesia. Por supuesto, en maneras y en medida distinta.

Pero todos, decía, todos debemos ser solidarios en el cumplimiento de este deber. De manera que la conciencia de cada creyente se tiene que preguntar: ¿He cumplido yo con mi deber misionero?

UN DEBER DE TODOS LOS CRISTIANOS

Bueno, la pregunta que nos interpela a todos al anunciar el Evangelio por la Iglesia se toma muy en serio toda la vida humana en el más en sentido pleno. No es aceptable, decía también en ese momento Pablo VI, que en la evangelización se descuiden temas relacionados con la promoción humana, y la justicia.

Y por eso en estos dos mil años de historia, hemos visto a la Iglesia, con una gran preocupación, no solamente del espíritu de las personas, de sus almas, -porque también somos hechos de alma y cuerpo-, sino también de otros modos en que podríamos llegar más rápido a Dios nuestro Señor, con la formación humana, con la justicia, con la liberación de toda forma de opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política.

Pero desinteresarse de los problemas temporales de la humanidad significa ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo, que sufre o padece necesidad.

Por eso tenemos que ser corresponsables en la participación, en la misión de la Iglesia. El cristiano es constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado. Colabora en esa realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad, y es un gran reto.

Un gran reto ya que todos caminamos junto a los demás, y la misión y la labor apostólica es parte integrante de ese camino con todos.

JESÚS EL BUEN PASTOR

Y es verdad que llevamos en vasijas de barro nuestra vocación cristiana. Ese tesoro inestimable del Evangelio es testimonio vivo de Jesús, muerto y resucitado. Pero, tenemos la Gracia de Dios y el empuje del mismo Señor.

Él es el Buen Pastor: ¡Jesús por excelencia! Y nosotros participamos y Él nos conoce personalmente, nos llama, nos busca, nos cura. No nos sentimos perdidos en medio de una humanidad como inmensa y anónima. Cada uno es único para Él. Y podemos decir con toda exactitud, esas palabras: “Me amó y se entregó por mí”.

El modo en que Jesús llamó a sus más estrechos colaboradores, sus apóstoles, para anunciar el Reino de Dios, tiene que ser también objeto particular de nuestra atención. Pedir al dueño de la mies…

ESCUCHA LA VOLUNTAD DEL PADRE A TRAVÉS DE LA ORACIÓN

En primer lugar, aparece claramente que el primer acto que hizo Él fue la oración. Antes de llamarlo, Jesús pasó la noche a solas en oración, en la escucha de la voluntad del Padre. Una elevación interior por encima de las cosas ordinarias. La vocación de los discípulos nace precisamente de ese coloquio íntimo de Jesús con el Padre, así como ha nacido la tuya, la mía.

La vocación al ministerio sacerdotal, también a la vida consagrada son primordialmente también fruto de un constante contacto con el Dios Vivo, de una insistente oración que se le da a ese Señor de la mies; tanto en las familias cristianas, como en las comunidades, en las parroquias, dondequiera que nos encontremos.

Esa propuesta del Señor, que hace a quienes dice:

“¡Sígueme”.

Puede parecer un poco ardua, exigente, pero también es exultante, maravillosa, porque nos invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su palabra, a vivir con Él.

Nos enseña la entrega total a Dios, y a la difusión de su Reino según esa Ley del Evangelio:

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto”.

PEDIR AL DUEÑO DE LA MIES
SALIR DE NUESTRA COMODIDAD

Nos invita a salir de la propia comodidad y de la propia voluntad encerrada en sí misma, de esa pobre idea que podemos tener de autorrealización, que no llega ni a la esquina… Para luego sumergirnos en esa otra voluntad: la de Dios, y dejarnos guiar por ella.

Para hacernos vivir una fraternidad que nace de esa disponibilidad total a Dios nuestro Señor.

Pidamos a nuestro Dios, dueño de la mies, esos obreros que tanto necesitamos, sabiendo que muchas veces, esos obreros como tú y yo… no hay que buscar en otro lado.

Se lo pedimos a nuestra Madre Santa María.


Citas Utilizadas

Os 8, 4-7. 11. 13

Sal 113

Mt 9, 32-38

Reflexiones

Madre mía, muéstrame como pedirle al “Dueño de la mies” con fe: que sepa identificar mi vocación. Que sepa escuchar cuando me diga: ¡Sígueme!

 

Predicado por:

P. Neptalí

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