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P. Juan

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DAR LA LUZ DE DIOS

Es una maravilla la presencia de la luz de Dios en nuestra vida. Y muy grande el deseo de transmitirla.

JESÚS, LUZ DEL MUNDO

Tantas veces dijo Jesús (lo dijo primero de sí mismo): 

“Yo soy la luz del mundo”.

(Jn 8, 12)

Pero luego, también a nosotros: 

“Ustedes son la luz del mundo” .

(Mt 5, 14)

No es el Evangelio de la misa de hoy, de la liturgia de hoy, pero está tan relacionado…

Hoy día en el Evangelio dice san Mateo lo siguiente:

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud. 

En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. 

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos”.

(Mt 5, 17-19)

SABER TRANSMITIRLA

Enseñar las cosas de Dios o transmitir:  las palabras, el ánimo, las pautas, las señales del camino de Dios, ese da luz.  Porque la luz, que es Dios, esa luz que el Señor ha puesto en nuestro corazón, que nosotros recibimos y por eso nos hacemos luz de Dios, esa luz la compartimos,  transmitimos

El Señor anima a esto, a que demos luz . Pero además, dar luz con fidelidad, con la máxima fidelidad. Y que no se empañe, que no se ensombrezca, que sea una luz plena, maravillosa, fresca, limpia…  

ILUMINAN NUESTRA VIDA

Nosotros agradecemos,  se nos viene a la cabeza, al corazón, al recuerdo, el rostro de personas que han sido luz de Dios para nosotros  (Luz de Dios, no era de ellos mismos, pero estaba en ellos).

Personas de nuestra familia, personas que nos hemos encontrado en el camino de la vida, amigos, amigas, algún catequista, algún profesor, algún sacerdote que nos ha ayudado, que teniendo la luz de Dios la ha compartido con nosotros y ha iluminado nuestra vida  y es un recuerdo bonito, luminoso, que nos llena de gratitud. 

Ahora mismo, a tu corazón viene el rostro de una persona o de varias personas y podemos dar gracias al Señor por esas personas, y podemos pedir al Señor:  

“Señor dale a él, a ella,  a cada uno de ellos (porque qué agradecimiento les tengo, porque Tú lo prometiste Señor) dales un cielo muy grande, una luz en el cielo, una luz contigo, una luz en el corazón, una paz, una alegría muy grande; también en esta tierra, si todavía están en esta tierra, bendícelos, cuidalos… Pero  sobre todo,  dales la luz maravillosa y para siempre del cielo”.

TENER Y TRANSMITIR LA LUZ DE CRISTO

Hay un librito con entrevistas que le hicieron a san Josemaría, lo titularon: “Conversaciones con monseñor Escrivá de Balaguer”  (es bueno el título, a mí me gusta más que si se llamara: “Entrevistas a monseñor Escrivá”,  porque hay cariño, hay franqueza, hay sinceridad, hay ganas de transmitir). 

En una de esas entrevistas, hablando sobre el tener la luz de Cristo en el corazón y transmitirla, san Josemaría dice: 

 “La religión es la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma – que no se aquieta –  si no trata y conoce al Creador:   el estudio de la religión es una necesidad fundamental. Un hombre que carezca de formación religiosa no está completamente formado” .

Por este deseo vehemente que hay en el corazón de todo hombre, de ir más allá, tan allá que llegue a ti Señor.  Tan allá o tan aquí tan cerca…  Como eso que dice de San Agustín, que tú Señor: 

“Eres más íntimo a nosotros que nosotros mismos”.

(San Agustín)

¡ESTÁS AQUÍ!

Íntimo, intimísimo, dentro, en toda la realidad. No es que el Señor esté muy allá o muy al final de las cosas o al final de grandes razonamientos (que sí que el Señor lo está); pero está aquí también, está tan cerca… ¡Estás Señor!. Por eso es verdad esto que dice san Josemaría: Querer tener la luz de Dios y querer ser capaz de descubrir el latir del corazón de Dios en un amanecer, en el latir de mi propio corazón, constante, silencioso, vital. El latir del corazón de Dios, la sonrisa de Dios, la caricia de Dios  en todo lo que nos rodea, en la fuerza de gravedad que hace caer un libro a la mesa. 

 Y sigue diciendo san Josemaría en esa respuesta:

“Por eso la religión debe estar presente en la universidad; y ha de enseñarse a un nivel superior, científico, de buena teología. Una universidad donde la religión esté ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye – sino que exige –  las demás dimensiones”.

(Cap. 6, Punto 73)

 

unidad de los cristianos
NUESTRO CORAZÓN TE ANHELA

Qué cierto es todo esto, relacionado con el Evangelio, que el corazón nuestro, el corazón de todos los hombres está anhelante (lo dicen así muchos filósofos, poetas, artistas, cualquier persona que ahonda en el espíritu humano, se da cuenta de esto) del infinito:  la belleza infinita, del amor infinito, la verdad infinita, que se plasma después en las verdades finitas, en las cosas finitas.

Pero buscamos, profundamente, la belleza infinita: que es la belleza infinita de Dios, del amor infinito, la verdad plena.  Nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti Señor. San Josemaría habla esto, de la necesidad que late en el corazón humano.  

SEÑOR, DAME TU LUZ

Ahora que estamos rezando al hilo de este Evangelio decirle: “Señor dame más luz en la inteligencia,  tu luz. Señor, dame más luz en el corazón, tu luz.  Señor, la luz de tu verdad, la luz de tu bien, la luz de tu belleza.  Que esté en mi corazón, que esté en mi cabeza, que esté en toda mi vida y que yo la dé a los demás y me haga merecedor de esta bendición, de esta alabanza tuya: Quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos”.

Podemos aprovechar estos últimos segundos de la oración, para mirar a la Virgen, para mirar a san José, cómo ellos mostraban a Jesús.  Lo mostraban a los pastores, por ejemplo, allí en Belén. Lo mostraban cariñosamente, sencillamente, y María y José, esa luz que tenían con ellos, esa luz que Dios les dio, que Dios les encargó, ellos la compartieron: con los pastores, con los Reyes Magos, con la gente que se iban encontrando luego en Egipto, en Nazaret.

Podemos mirar cómo eran los corazones de la Virgen, de san José. Primero el asombro, el agradecimiento de recibir esta luz, la vida de Cristo entre ellos, el día a día con ellos.  Asombro, agradecimiento y luego, ganas de hacer llegar a todas partes esa luz, a todos los corazones.

Que nos parezcamos a ellos, a la Virgen y a san José. 

 


Citas Utilizadas

Dt 4, 1. 5-9

Sal 147

Mt 5, 17- 19

Mt 5, 14

Jn 8, 12

“Conversaciones con monseñor Escrivá de Balaguer” (Cap. 6, Punto 73).

San Agustín

 

Reflexiones

Señor, dame tu luz y ayúdame a transmitirla a los demás.

Predicado por:

P. Juan

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