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La Epifanía: Jesús se da a conocer

Epifanía

La palabra epifanía viene del griego “manifestación”. Muchas veces cuesta imaginarse cuál es el misterio de la vida de Cristo que hace referencia. Por ejemplo, el Bautismo de Jesús es una epifanía porque “ilumina”, da luces del misterio de la Trinidad. El milagro de las bodas de Caná, “revela” a Cristo como Dios cuando hace su primer milagro.

Pero la “manifestación”, “iluminación”, “revelación” por excelencia de este niño que está en el pesebre es el 6 de enero. Podríamos afirmar que hasta la llegada de los Reyes Magos a Israel, el nacimiento de Jesús había pasado casi inadvertido.

Después del parto, José y María fueron como unos más al Templo de Jerusalén para la presentación del Niño y la purificación de la madre. Las palabras de Simeón y Ana quedaron en la intimidad familiar. Los pastores fueron los primeros en verlo, pero no fueron los mejores instrumentos para “viralizar” el nacimiento del Mesías.

Todo es distinto, con la llegada de los reyes magos. Su pregunta estremece a la Ciudad Santa: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (Mateo 2,2). Se cumplen las palabras del profeta Isaías; “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!” (Isaías 60,1).

Cumplimiento de las profecías

En la Ciudad Santa se preguntan ¿de dónde vienen a ver al rey de los judíos?: “Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor” (Isaías 60,6). Ellos no son judíos, pero vienen “a adorarlo” (Mateo 2,2), porque son figura de la universalidad de la salvación que supera toda raza: “caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora”. (Isaías 60,3).

Es muy bonito este misterio en la vida de Jesús porque con pequeños detalles se va “manifestando” o “revelando” las características y atributos mesiánicos de Jesús: su reinado, su misión y salvación universal, su divinidad “Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra” (Salmo 71,5), etc.

La Epifanía es una fiesta de la luz, porque ha venido al mundo aquel que es la luz verdadera, aquel que hace que los hombres sean luz.

El camino de los Magos de Oriente es solo el comienzo de una gran procesión que continúa en la historia: “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Efesios 3,6).

Con estos hombres comienza la peregrinación de la humanidad hacia Jesucristo, hacia ese Dios que nació en un pesebre, que murió en la cruz y que, resucitado, está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

En el mundo actual

Dos mil años después, seguimos escuchando con dolor estas palabras: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (Mateo 2,2)

Efectivamente ¿dónde está? en esos millones de hombres que aún hoy, no conocen a Jesús. Y los que lo conocen -como los escribas y fariseos de Jerusalén que habían leído al profeta Miqueas-, pero que no acuden a Belén junto a los magos, no responden al amor de Dios con sus vidas.

El corazón de Dios está inquieto con relación al hombre. Dios nos aguarda. Nos busca. Él no descansa hasta dar con nosotros y por eso se ha puesto en camino hacia nosotros, hacia Belén, hacia el Calvario, desde Jerusalén a Galilea y hasta los confines de la tierra.

La ignorancia de su Epifanía o manifestación nos llena de ilusión, porque esta necesidad se transforma en una misión evangelizadora y apostólica que todos los bautizados tenemos que continuar.

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