Periodista de la Universidad de los Andes, Chile. Actualmente encargada de Comunicaciones y Marketing de la Fundación Chile Unido

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Padre Nuestro

«Dios es mi Padre… y por lo tanto yo soy su hija. ¡Su hija! Esta realidad es uno de los pilares fundamentales de la vida cristiana»

Cuando los apóstoles le pidieron a Jesús que les enseñara a rezar, de sus labios salió la tan conocida oración delPadre Nuestro …”. Podría haber partido con cualquier otra fórmula, como por ejemplo “Gran Señor de los Cielos”, “Yahvé todopoderoso”, “Dios de la Gloria”… Cualquiera de estas hubiera estado correcta, ya que Dios Padre es todo eso y más. Pero no. Jesús quiere hacer patente que Dios es, ante todo, nuestro Padre. Por si la parábola del Hijo Pródigo no la hubiésemos entendido bien, o dudáramos de las metáforas del Buen Pastor, Él es más explícito:Cuando oréis, decid Padre” (Lc 11, 1-4).

Te invito a detenerte en esta verdad y lo que significa. No sé tú, pero yo he repetido muchas veces el Padre Nuestro, me persigno seguido nombrando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y así realizó muchos actos durante el día que hacen alusión al Padre, en forma generalmente inconsciente.

Dios es mi Padre… y por lo tanto yo soy su hija. ¡Su hija! Esta realidad es uno de los pilares fundamentales de la vida cristiana; porque si Dios es mi Padre, entonces tengo que tener confianza absoluta en su voluntad, ya que como dijo el mismo Jesús en el evangelio de san Lucas “¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11, 11-13)

De esta forma nos invita a abandonarnos como hace el niño pequeño en los brazos de su madre o de su padre. Una escena recurrente en las plazas de juegos es ver a un papá con su hijo en brazos, lanzándolo hacia el cielo y luego atrapándolo en el aire. Para el niño no hay juego más entretenido, porque tiene la confianza absoluta de que su papá no lo dejará caer. Pues bien, esa misma confianza es la que debemos tener con el Señor. Aunque a nuestros ojos el futuro sea incierto, veamos todo negro y humanamente no veamos solución a nuestros problemas, al tener la seguridad de que Dios es mi padre, confío en su Divina Providencia y tengo la certeza de que todo siempre es para bien en el camino de mi santidad.

San Francisco de Sales escribía: “Si no os hacéis sencillos como niños, no entraréis en el reino de mi Padre (Mt 10, 16). En tanto que el niño es pequeñito, se conserva en gran sencillez; conoce sólo a su madre; tiene un solo amor, su madre; una única aspiración, el regazo de su madre; no desea otra cosa que recostarse en tan amable descanso. El alma completamente sencilla sólo tiene un amor, Dios; y en este único amor, una sola aspiración, reposar en el pecho del Padre celestial, y aquí establecer su descanso, como hijo amoroso, dejando completamente todo cuidado a Él, no mirando a otra cosa sino a permanecer en esta santa confianza”. 

Es Padre y también es Dios, por tanto, nos hace herederos de su divinidad. Por eso mismo estamos llamados a ser santos. Pero como buen padre, no nos deja solos. Tal como un papá que quiere que su hijo sea un buen profesional, le pondrá buenos profesores y lo matriculará en las mejores universidades, así también el Señor nos da los medios para que alcancemos el cielo. Primero nos deja a la Iglesia, y luego, los sacramentos, que nos entregan gracias especiales para la lucha diaria.

Y tanto me ama, que manda a su Hijo a morir en la cruz para salvarme. Como dice san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 13-17). No es solo salvar a la Humanidad… es para salvarte a ti y a mí en forma particular. Si pensamos que el Señor nos ama desde antes de todos los tiempos, que antes de que estuviéramos en el pensamiento de nuestros padres Él ya me amaba, a mí, pobre criatura, se conmueve nuestro corazón porque al ver nuestras miserias nos damos cuenta que no tenemos mérito alguno, por lo que la correspondencia al Amor de los Amores se hace perentoria. 

Bajo esta nueva luz, cobran mayor sentido estas palabras del soneto popular:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

 Imagen:  Designed by Freepic.diller

 


Escrito por

Constanza Balart

Periodista de la Universidad de los Andes, Chile. Actualmente encargada de Comunicaciones y Marketing de la Fundación Chile Unido

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