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Crecer para Adentro

No se veían las plantas cubiertas por la nieve. –Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: “ahora crecen para adentro.”

–Pensé en ti: en tu forzosa inactividad…

–Dime: ¿creces también para adentro? (S. Josemaría, Camino, n. 294)

Estas palabras de S. Josemaría, entroncan perfectamente con su  experiencia personal. Durante la guerra civil española, se vio obligado a buscar refugio en el Consulado de la Legación de Honduras. Allí, confinado con otras personas en una habitación de pocos metros cuadrados, pasó largos meses. La comunicación con el exterior era escasa y la premura con la que había entrado en ese escondite le impidió llevarse incluso lo más indispensable. El abastecimiento era escaso, y con frecuencia padecían hambre. El hacinamiento destemplaba los caracteres y la convivencia era muchas veces difícil. Sufría también porque tenía en su alma la premura de cumplir un encargo divino, que requería libertad de movimientos para desarrollarse y que en esas circunstancias dolorosas del conflicto quedaba externamente paralizado. A pesar de todo esto, esos meses, fueron de mucha actividad: recibía correspondencia, y la contestaba; predicaba diariamente; transmitía esperanza; impulsaba a  quienes trataba a no dejarse vencer por la pereza y la inactividad; animó a estudiar idiomas. El Beato Álvaro del Portillo, que convivió una  temporada con él, comentaba que bajo el impulso de san Josemaría se dedicó a estudiar alemán, llegando a aprenderse, de memoria, un diccionario de 3000 palabras. Fueron en definitiva, unas circunstancias que supusieron tanto para él como para quienes le acompañaban, unas jornadas de intenso crecimiento interior.

Pero ¿Qué es el «crecimiento interior»? ¿Cómo se alcanza?

Es necesario, en primer lugar, considerar las circunstancias en las que se desarrolla la vida. El mundo actual valora el éxito, la eficacia, la productividad, que llegan a ser, en no pocos casos, una especie de ídolo tras el que muchos corren. Los acontecimientos se suceden sin interrupción, las obligaciones familiares, sociales y profesionales pesan, muchas veces de modo simultáneo y ocasionan una tensión agobiante. La tecnología, que ahora permite un contacto casi inmediato con el origen de los hechos, nos inunda con mensajes, propaganda, mails, videoconferencias, llamadas y ofertas. La vida cobra un ritmo vertiginoso y se convierte en una carrera agobiante contra el tiempo y los obstáculos que amenazan con derribar las metas en las que se ve cifrada la existencia.

Para romper este círculo se necesitan espacios de silencio. El silencio permite reflexionar sobre la propia vida, ponderar los acontecimientos, ver la panorámica de nuestra alma con una visión de conjunto que la fragmentación diaria es incapaz de alcanzar. El silencio es para el corazón lo que la caja de resonancia para la cuerda de la guitarra (Guardini). En el silencio se genera la perspectiva adecuada para ver si la existencia, plasmada en sus mil incidencias diarias, se dirige hacia donde realmente debe. El crecimiento interior tiene mucho que ver con esto. Crecer por dentro implica la madurez de saber lo que realmente se quiere, la humildad para reconocer lo que va mal o lo que necesita ser corregido, la entereza para pedir perdón y el sano realismo de quien sabe que los grandes objetivos se alcanzan poco a poco, con metas pequeñas que se dirigen hacia un fin que realmente vale la pena. No pueden dejar de citarse, nuevamente, unas palabras de Romano Guardini: «En el silencio es donde suceden los grandes acontecimientos. No en el tumultuoso derroche del acontecer externo, sino en la augusta claridad de la visión interior, en el sigiloso movimiento de las decisiones, en el sacrificio oculto y en la abnegación; es decir, cuando el corazón, tocado por el amor, convoca la libertad de espíritu para entrar en acción, y su seno es fecundado para dar fruto. Los poderes silenciosos son los auténticamente creativos» (Jesucristo, El Señor).

El silencio alimenta la oración.

«No tenemos las palabras, el lenguaje, para hablar con Dios (…) sólo podemos abrirnos, poner nuestro tiempo a disposición de Dios, esperar que él nos ayude a entrar en el verdadero diálogo (…) precisamente esta falta de palabras, esta ausencia de palabras, incluso este deseo de entrar en contacto con Dios, es oración que el Espíritu Santo no solo comprende, sino que lleva, interpreta ante Dios. Precisamente esta debilidad nuestra se transforma, a través del Espíritu Santo, en verdadera oración, en verdadero contacto con Dios» (Benedicto XVI, Audiencia general, 16-V-2012). No se trata de generar un estado de vacío mental, sino más bien, de moderar el flujo ininterrumpido de pensamientos, afectos y deseos para poder escuchar la voz de Dios, que rara vez se manifiesta de modo extraordinario, pero que señala su voluntad de modo inequívoco para quien ha aprendido a encontrarle en el interior de su corazón. Es esta voz la única que puede modelar de verdad la vida humana, sin violentar la libertad -antes bien la refuerza- haciendo que alcance el significado irrepetible al que toda la existencia humana está llamada.

Crecer para adentro significa despejar los obstáculos que nos impiden ver la voluntad de Dios, limpiar la mirada que nos capacita para descubrir el designio de la Providencia y el camino que Dios ha previsto para nuestra felicidad. Solamente así el alma puede desprenderse de muchas cosas que parecen necesarias o indispensables, pero que en realidad la fatigan y le ahogan, impidiéndole llegar a esa plenitud a la que Dios le llama. Esta tarea no nos aísla de los demás. San Josemaría señalaba: «recogerse no es alejarse de los demás: es recoger en Dios las cosas y las personas que están a mi alrededor».

El crecimiento interior realiza una transformación que en muchas ocasiones solamente es conocida por Dios. Por  fuera, todo sigue aparentemente igual. Pero las acciones tienen un nuevo espíritu que las anima, y el alma se dirige con claridad hacia una meta. Se distingue lo trascendental de lo accesorio, lo que es indispensable de lo que no lo es, los trabajos que merecen todas las energías del alma y del cuerpo de aquello que debe dejarse pasar. La vida se impregna poco a poco de aquella sabiduría que es uno de los dones del Espíritu Santo.

El crecimiento interior está al alcance de todos los cristianos, que cuentan con la fuerza poderosa de su bautismo y de la ayuda de la gracia. No es un camino que esté reservado a gracias especiales o a temperamentos particulares. Todos estamos llamados a dar un contenido sobrenatural a nuestra vida: esto es la vocación cristiana. Y quizá los días de confinamiento por la situación de la salud pública sean un una buena ocasión para remozar este sentido.

AUTOR: Padre Juan Miguel Rodríguez

 

Foto de Christin Hume en Unsplash

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