Susana Campoverde

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Los dos Señores

«Ha fallado, sobre todo, en el amor. Si hubiera errado en otra cosa, tendría fácil remedio… Ya no ama al Maestro. Y cuando el amor se apaga, desaparece todo lo demás” San Josemaría Escriba

Ser uno de ellos:

Se encoge el corazón al considerar la rápida salida de Judas después de la entrega, quizá para cobrar su paga, cuando resonaba en su conciencia el timbre herido de la última palabra que le dirigió el Señor. Para él no había llegado todavía el desenlace final, que conocemos marcado por la tragedia. Y, aunque ninguna instancia humana esté calificada para juzgarlo, la gravedad de su culpa queda certificada en la dura condena que expresó el Señor: Más le valdría a ese hombre no haber nacido Mt 26,24

Como primera operación, por de pronto, parece necesario barrer a un lado los variados intentos de aliviar la responsabilidad del Iscariote. Es posible que un esfuerzo a favor de la sinceridad lleve a reconocer que los atenuantes aducidos, a veces hasta la exención plena de las culpas, nacen del intento de rebajar o suavizar los juicios negativos que merezca nuestra propia vida.  

En el plano teológico es conocida  e insostenible la especie de determinismo que se infiltra en las discusiones sobre la predestinación, donde Judas aparecería marcado por un destino inexorable, llamado al rol de un factor necesario para la ejecución de la obra redentora de Jesucristo. Como si, en el fondo, todo libre albedrío humano no pasara de ser una apariencia y, por tanto, nadie, no siendo realmente libre, podría ser responsable de sus actos.  Pero, gracias a Dios, no somos una herramienta mecánica. La libertad nos ha sido regalada como parte integrante de la dignidad humana y tampoco los condicionantes exteriores –como la dura experiencia de la pobreza, las humillaciones y la falta de oportunidades, por ejemplo- o las interiores, que algunos llaman pulsiones –como los rasgos del temperamento, las normales debilidades humanas y otros factores semejantes-  llegan por lo común a anularla, a no ser que se trate de verdadera alienación mental o violencia irresistible. Todo lo cual no cabe que termine envuelto en el vago sentimentalismo por el que somos proclives a disculpar muy pronto, cuando los perjudicados son terceras personas y no parecen afectados los intereses que consideramos propios .

Como, por lo demás, tampoco viene al caso la difundida valoración positiva de las rebeldías. Tanta injusticia o estupidez, como tanto convencionalismo hueco, han ganado derecho de piso, que merecen ciertamente aplauso o, por lo menos, mucha comprensión, quienes se sublevan y viven la audacia de una desafiante rebeldía. Pero una realidad cultural de este orden no puede ignorar la presencia de elementos fundantes de la dignidad humana, cuya vigencia debe suscitar compromiso de apoyo y no la errada valentía de un ataque tan irracional como malicioso.

La raíz del drama de Judas se cifra ciertamente en una cuestión de amor. Constata San Josemaría que “ha fallado, sobre todo, en el amor. Si hubiera errado en otra cosa, tendría fácil remedio… Ya no ama al Maestro. Y cuando el amor se apaga, desaparece todo lo demás” (5). Sabemos bien que se trata del fundamento mismo de la vida cristiana, primer mandamiento de la Ley de Dios. Amar a Dios sobre todas las cosas habla de correspondencia libre y agradecida, apunta a la clave del éxito de la vida entera, reconoce a su Padre como a quien llena su corazón y lo desborda. Viene a ser, además de un mandato primario, la exigencia más radical del ser humano, absoluta, soberana. Pero nunca faltan en nuestras vidas otras atracciones.

Judas había escuchado al respecto una advertencia muy frontal: Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no pueden ustedes servir a Dios y a las riquezas Lc 16,13.  Y la prueba de la validez de esta contraposición vino ofrecida de inmediato, porque continua diciendo el evangelista que oían estas cosas los fariseos, que eran amantes del dinero, y se burlaban de él Lc 16,14

No puede haber el llamado sano equilibrio entre un amor y otro, porque cada uno tiende a ser el soberano. Desde luego, siempre cabe el intento de conciliarlos, en mil formas, que vendrán ordinariamente revestidas de alguna variante farisaica, o sea, hipócrita. Desde el mafioso narcotraficante que entrega una generosa limosna, para poner una gota de rocío en su conciencia endurecida, hasta el joven impetuoso que se abre paso en la vida y deja a un lado su trato con Dios hasta que consiga establecerse. De pronto toda una poderosa corriente cultural opta por vivir como si Dios no existiese, para poder ocuparse con mayor libertad y eficiencia de las necesidades y los goces de la vida, que circulan por algún mercado.

Servir a Dios por amor filial, tomado como ideal de vida, significa una identificación con las luces de la sabiduría divina, tratar de ver las cosas como Dios las ve y colaborar en la realización de los planes divinos mediante la adhesión de nuestro propio querer. Y hacerlo como corresponde a nuestra naturaleza humana, con sus limitaciones, con su dimensión extendida en el tiempo, con una lealtad humilde y perseverante. Y con la participación activa de esas dimensiones de la personalidad que llamamos mundo emocional, porque no se trata de una construcción hecha de lucidez mental y frías decisiones, sino que pone en pie también los afectos y los rechazos, las alegrías y los disgustos, que generan estados de ánimo y no pueden ser amputados al estilo estoico o de algunas propuestas orientales. El Hijo de Dios, hecho Hombre, deja ver cómo entran en juego todos los elementos propiamente humanos en el camino hacia el Padre y San Pablo aconseja en esta línea: tengan … los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús Fl 2,5.

Resulta decisiva la convicción de que no se ha perdido nada que merezca la pena, porque cuando se busca primero el Reino de Dios y su justicia Mt 6,33 todo lo demás vine regalado por añadidura. La primacía de esa búsqueda no admite sombras ni regateos. Se trata de un tesoro que, cuando alguien lo descubre, en su alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo Mt 13,44.  Solo así se hace honor a Dios, como decía S. Tomás Becket en camino al martirio. Repetía The honor of God, the honor of God, la gloria de Dios en que consiste la razón de ser de la vida humana.

La subordinación de todas las cosas que caben en la vida nuestra a las exigencias del amor de Dios se contiene en el Evangelio como una afirmación sin resquicios para la duda. Por lo que fácilmente suscita, en la sensibilidad de no pocas gentes, la sospecha de fundamentalismo, fanatismo irracional, extremismo religioso, superstición medieval y tantos otros apelativos denigrantes que dejan en el plano del primitivismo poco sofisticado las razones que tuvieron aquellos fariseos al reírse del Señor por este motivo. 

Pero hay que tomar en cuenta, por de pronto, cómo se desenvuelve la opción contraria. Esta viene enmarcada en la constatación que anota el Apóstol: La raíz de todos los males es la avaricia y al dejarse arrastrar por ella algunos se apartaron de la fe y se atormentaron con muchos y agudos dolores 1Tim 6, 10.

 

AUTOR: Monseñor Antonio Arregui Yarza
Arzobispo emérito de Guayaquil, Ecuador
Arzobispo de Guayaquil-Ecuador (2003-2015)
Obispo de Ibarra-Ecuador (1995-2003)
Obispo Auxiliar de Quito-Ecuador (1990-1995)

Photo by Mayur Gala on Unsplash


Escrito por

Susana Campoverde

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