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P. Juan

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VERTE, JESÚS

Jesús nos llena de seguridad con la promesa de su venida, llena de poder y de gloria. Pero ojalá su presencia cotidiana junto a nosotros no se nos escape.

LA FE NOS DA LUZ

Hoy en el Evangelio Jesús habla del final de los tiempos, de las postrimerías, así de los últimos días, entre muchas señales de las que va hablando y algunas indicaciones no sería fácil para los que lo estaban escuchando y nosotros también ahora, haciendo la oración, conversando contigo Jesús, de repente no es tan fácil entender estas imágenes, procesarlas, comprenderlas a fondo y entre ellas, entre las cosas que dice Jesús, esto dice:

“Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube con gran poder y gloria.  

Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza se acerca su liberación”

(Lc 21, 20-28)

En medio de sucesos o de imágenes o de cosas duras, difíciles, de cataclismos. En medio de todo eso, la presencia cariñosa, fuerte, segura, nuestra, de Jesús. “Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube con gran poder y gloria”. A Tí Señor, no se te escapa nada, Señor hay uno solo y eres Tú.  No es digamos un río así desmadrado la historia, está en Tus manos y Tú la vas guiando, ésta confianza, esta seguridad es muy buena.

Realmente la fe nos da una luz, un calor, una certeza interior maravillosa, por eso esas palabras del Señor: “cuando empiece a suceder esto, levántese, alcen la cabeza se acerca su liberación” quizá cuando los apóstoles escucharon esto, quizá a ti también te ocurre, a mí por lo menos, que rezando, escuchando esta palabra del Señor esto de:

“Vendrá el Hijo del Hombre en una nube con gran poder y gloria”

(Lc 21, 27)

 

A mí también se me viene a la cabeza, no lo que ocurrirá en el futuro, sino lo que ocurrió; lo que vieron Pedro, Santiago y Juan en la Transfiguración, a nuestro Jesús de siempre pero de pronto transfigurado con gran poder y gloria y con la presencia también de esa nube, digamos esa presencia clarísima, al mismo tiempo que misteriosa y al mismo tiempo que nos supera totalmente, de Dios.

EN MEDIO DE LO DIFÍCIL, NOS DAS SEGURIDAD

La transfiguración, que también fue así, como estas palabras que dice Jesús un momento de fortalecer a sus apóstoles, a sus amigos; de fortalecerlos, de darles confianza en medio de cosas difíciles que vendrían; esto era preparándolos para la Cruz; en medio de eso difícil, darles seguridad, fortaleza y claridad que sólo Dios es Dios.

Como esa seguridad con la que empezamos rezando, nosotros empezamos haciendo un acto de fe, hace un ratito, ese acto de fe de Tomás, apóstol, al encontrarse con Jesús resucitado, empezamos así rezándolo, lo podemos repetir ahora, diciéndoselo a Jesús:

«Señor mío y Dios mío, no solamente Amigo mío, Maestro mío; que son cosas muy profundas y muy bonitas que también le decimos a Jesús, claro que sí. Pero ante Jesús resucitado, Tomás reacciona así y nosotros hemos comenzado rezando así, podemos rezar también ahora…

Sigue siendo como un acto de fe muy grande, como contemplando la historia entera, no sólo la historia de mi vida Jesús, sino la Historia con mayúscula, la historia de la humanidad. Contemplándolo todo Señor mío y Dios mío:  Eso eres Tú Jesús!»

Esperamos ver al Señor así, con gran poder y gloria y tenemos certeza y eso nos da una seguridad muy grande; pero no solamente algo que esperamos por estas palabras de Jesús, sino que es algo de lo que en cierta manera tenemos experiencia.

De la muerte no se escapa

SANTOS

Tenemos un santo canonizado, hombre y una santa mujer, canonizados. Este santo chileno se llama San Alberto Hurtado. Y cuentan, muchos que estuvieron con él en mil actividades muy buenas, que lo escucharon hablar de la Eucaristía, que rezaron con él. También que lo acompañaron muchas noches por ejemplo, debajo de los puentes.

Aquí en Santiago hay un río, el río Mapocho, y muchas noches el padre San Alberto Hurtado,San Alberto Hurtado, muchas veces, fue de noche a tomar niños que estaban ahí tiritando de frío, en condiciones paupérrimas y los recogía, y también a mucha gente muy pobre ,y los recogía y los llevaba a una institución que fundó, que llama: “El Hogar de Cristo”.

Pero cuentan, y varios, como en general, el padre Hurtado comenzaba aquello, antes de salir, con la gente que lo acompañaba, jóvenes universitarios, muchas veces, rezando junto a Jesús en el Sagrario, en la Eucaristía. Y cuenta alguno que, la primera vez que él fue, el padre Hurtado le indicó: “tú, quédate aquí rezando un rato con Jesús”.

Y le explicó algún tiempo después: “mira, se trata de encontrarse con Jesús debajo de aquellos puentes, no así no más, a ayudar, claro, no es solamente ir, sino que es ir y encontrarnos con Nuestro Señor Jesús, en aquellos niños, en aquellas personas que sufren la necesidad”.

RECONOCERTE, SEÑOR

Para reconocer a Cristo en aquellas personas necesitadas, necesitas conocerlo antes, estando con Él en el Sagrario, junto al Señor en la Eucaristía”. Eso es lo que estamos haciendo nosotros ahora rezando estos 10 minutos con Jesús, podemos pedirle:

«Señor yo quiero reconocerte cuando vengas con gran poder y gloria al final de los tiempos, pero Señor yo quiero reconocerte, quiero tener amistad contigo, por ejemplo, en estos momentos de oración que tenemos ahora, Jesús yo quiero reconocerte, ábreme los ojos, auméntame la fe para encontrarte en la Eucaristía, Jesús, para encontrarte también las personas necesitadas».

También como lo hizo tantas veces san Josemaría, pensaba también que hay, en la cercanía espiritual tan grande entre por ejemplo esta experiencia, de San Alberto Hurtado esta labor apostólica que tenía y también san Josemaría Por los años treinta, cuando estaba comenzando la primera residencia universitaria, la residencia DYA, quizás te suena.

Hay un libro buenísimo que cuenta la historia; como san Josemaría, también, sacerdote joven, ayudaba a un montón de jóvenes, muchos de ellos universitarios, les iba mostrando, los iba como llevando de la mano a encontrarse con Jesús en el Sagrario, ahí en la Eucaristía.

En esa residencia habían puesto una capilla con mucho esfuerzo, con la ayuda San José, y los llevaba, los ayudaba a rezar.Los llevaba ahí y les animaba también que entre un rato de estudio y otro fueran a visitar a Jesús, fueran a dedicar un rato a rezar y cómo iba con ellos también pero muchísimas veces, ayudar a enfermos en hospitales de Madrid, muchas horas, mucho tiempo.

SAN ALBERTO HURTADO

San Josemaría también, como San Alberto Hurtado, como ojalá hagamos también nosotros, ayudar a los que están cerca de nosotros. Ojalá que el Señor nos lo dé, en primer lugar nosotros mismos, se lo puedo pedir ahora a Jesús, se lo hemos pedido recién, pero de nuevo:

» Jesús, que yo te reconozca más en la Eucaristía.  Jesús, que yo te reconozca más en la gente necesitada, en los que tienen necesidades alrededor mío».

Lo hacía san Alberto Hurtado, lo hacía San Josemaría; uno ve cómo, también, el Papa Francisco nos lleva por aquí, nos insiste mucho en esto.  Vamos a terminar la oración, dirigiendo nuestro corazón a la Virgen, es siempre tan buena idea.

San Juan Pablo II, muchas veces hablo de estas miradas contemplativas de la Virgen. De cómo Ella miraba a Jesús, de distintas maneras.  Ahí en esa carta:  “Rosarium Virginis Maríae” , el “Rosario de la Virgen María”, a fines del 2002.  Habla de muchas miradas de la Virgen: cariñosas, con dolor en la Pasión, ardorosa en Pentecostés.

Pidámosle a Ella, Virgen María, que yo también mire a Jesús, que yo también lo reconozca.

 


Citas Utilizadas

Ap 18, 1-2, 21-23 19, 1-3 9a

Sal 99

Lc 21, 20-28

 

Reflexiones

Que yo te encuentre Señor, en cada persona y en cada circunstancia de mi vida.

 

Predicado por:

P. Juan

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