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P. Rafael

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7 min

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UNA VIDA SIN COMPLICACIONES

Jesús no era hombre de muchos halagos a los demás. Por eso es sumamente útil fijarnos en esas contadas ocasiones en las que el Señor dirige a alguien un reconocimiento público para fijarnos en esa virtud que podemos imitar.

HUMILDAD

Dice el libro de los Proverbios:

“Quien alaba a su amigo le tiende una trampa”.

Supongo que es por aquello de que aunque la humildad es la verdad, como decía santa Teresa y que tantas veces es de justicia incluso de caridad, reconocer lo bueno que hacen los demás.

Con la adulación o la alabanza delante de la persona de quién se está hablando, podemos estar poniendo al prójimo en un aprieto porque le podemos tender una tentación contra su humildad.

Cuando seamos nosotros los que sufrimos esa tentación al recibir los reconocimientos de parte de los demás, podemos seguir este consejo de san Josemaría en Camino:

“Haz este propósito determinado y firme: acordarte, cuando te den honras y alabanzas, de aquello que te avergüenza y sonroja. Y di: Esto es tuyo; la alabanza y la gloria en cambio de Dios”

(Camino 252).

Yo creo que este es el modo cristiano de reaccionar, es decir cuando recibamos alabanzas decir: nada, toda la gloria para Dios. Pero decirlo sin garabatos, decirlo con sinceridad.

TODA LA GLORIA PARA DIOS

“Señor Jesús, en las páginas del Evangelio en contadísimas ocasiones te encontramos alabando a los demás por algo que hayan dicho o hecho. Y por supuesto que tú ,siendo verdadero Hombre y verdadero Dios, te das cuenta de las cosas buenas que hacen los demás.

Pero tal vez como sabes que cogíamos con una facilidad impresionante, con una frecuencia también impresionante por vanidad o por soberbia, no quieres que caigamos en esta tentación.

¿Cómo te sentirías tú si recibes un halago de Cristo, por ejemplo? Pero una de las contadas ocasiones que el Evangelio sí recoge un halago tuyo, Señor, es este que va dirigido a Natanael. Al acercarse a ti, Jesús, les dices a todos los que están alrededor:

“Aquí tienen, he aquí un verdadero israelita en quien no hay doblez”

(Jn 1, 47).

Esta palabra doblez, que se recoge en el texto griego con sus antiguos dolos, significa: engaño, mentira, truco, carnada. Y nos sorprende mucho porque este halago de Natanael es una alabanza a su sencillez, a su ser de una sola pieza. Es que posee una unidad de vida tal que es como un libro abierto en todas sus intenciones y en su humildad”.

Y es verdad que aún tiene esos prejuicios sobre aquello:

¿De Nazaret no puede salir nada bueno?” Pero tampoco parece tener mucho reparo ni en decirlo con sencillez siempre, ni tampoco reparos en dialogar, porque puede ser que se esté equivocando.

SENCILLEZ

PERSONAS SENCILLAS

Pero en conclusión aquí podemos inferir que a Dios le agradan las personas sencillas. Esto es no solo por preferencia personal, porque le caigan bien las personas que son así, sino también por un tema práctico. Es que una persona sencilla suele ser un poco complicada.

Aquí una pildorilla etimológica. El verbo complicar proviene del latín plicare qué significa, entre otras cosas, doblar. Y de ahí vienen por ejemplo palabras como explicar. Explicar significaría desdoblar; la palabra implicar sería como meter algo dentro de unos dobleces algo así como empaquetar o envolver.

De un modo más indirecto también de ahí viene replicar y suplicar por ejemplo. Con este ejemplo de lo que significa complicar que sería más bien doblar varias veces sobre sí mismo, una persona complicada es alguien que tiene una tendencia a encerrarse en sí misma; literalmente, a doblarse sobre sí misma como si fuese un envoltorio.  Alguien así, por supuesto que le falta esa apertura tan necesaria para recibir, para asumir los planes de Dios.

SIN DOBLEZ

“Aquí podemos hacerte una primera petición Señor, ojalá pudieses dirigirnos algún piropo como el de Natanael: “He aquí fulano o fulana en quien no hay doblez”. Y aprovechamos también para hacer nuestro examen de conciencia ¿Será que el Señor pudiese decir de nosotros eso que dijo de Natanael? Si fuese así Señor, yo estoy seguro que nos harías sonrojar.

Pero si fuese de verdad lo que dices, inmediatamente seguiríamos el consejo de san Josemaría y diríamos:  nada que ver, todo lo bueno me viene de Dios e intento ofrecerlo a Él pero diciéndolo por supuesto con la mayor sinceridad posible”.

Pero esto de ser sencillos no está de moda, eso lo sabemos perfectamente y sin embargo a Dios les sirve mucho que lo seamos porque la sencillez y la descomplicación le facilitan su acción sobre nosotros al momento de hacernos ver su voluntad, qué fácil nos sería seguirlas si fuésemos sencillos.

Es que le hacemos el trabajo más fácil a Dios si no estamos haciendo pliegues constantemente sobre nosotros mismos para en el fondo tener argumentos para no tener que entender o no tener que decir que sí a lo que Dios espera de nosotros.

SE RESISTE A LOS SOBERBIOS

A una persona complicada le cuesta muchísimo decirle que sí a Dios. Por eso yo creo que lo del Evangelio de hoy es como una especie de desahogo. Tú Señor dices:

“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”

(Mt 11, 25).

Es como si estuvieses diciendo: “oye que fácil es explicar y que entiendan estas cosas la gente sencillas. En esto los sacerdotes nos hemos llevado muchas gratas sorpresas predicando cosas sumamente profundas, por ejemplo, a los niños.

Y  en contraste, poco antes de este mismo pasaje del Evangelio, te encontramos Señor, que te lamentas de la gente complicada; gente que, como decimos en Venezuela, ni lavan ni prestan la batea. Es decir, que no hacen ni dejan hacer. Son como unos niños sentados en la plaza que gritan diciendo: hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado.

También te quejabas Señor, de gente tan complicada, tan dobladas en sí mismas que no eran capaces de creer en ti Jesús. No eran capaces de creer ni a punta de milagros.

“¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido cubiertos en sayal y ceniza”

(Mt 11, 21).

DIME DE QUÉ PRESUMES Y TE DIRÉ DE QUÉ CARECES

Entre la complicación y la soberbia no es que haya mucho trecho. Tiene sentido eso de que: “Dios se resiste a los soberbios, y a los humildes da su gracia, porque los primeros son los soberbios que se resisten a Dios”.

Solo así se puede entender el Evangelio de hoy, porque no es que Dios se alegre de que los sabios y prudentes no comprendan el mensaje de Cristo; de hecho es excelente que nos preocupemos por formarnos y por crecer en el conocimiento de la fe.

Aquí se advierte contra esa complicación. Dios prefiere correr el riesgo de nuestra libertad con tal de que libremente nos decidamos a hacer cada vez más humildes para vaciarnos de nosotros mismos y llenarnos de Dios.

Decía san Agustín:

“La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano” 

Y detrás de su apariencia de grandiosidad, el soberbio esconde su propia debilidad. Es el: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. La soberbia es debilidad mientras que la humildad es fuerza, porque con ella hacemos espacio a Dios en nuestras almas.

Por eso hoy le pedimos también a nuestra Madre, la Santísima Virgen, que nos lleve por el camino de la humildad. Cuántas veces no hemos oído hablar de que la Santísima Virgen es maestra de humildad; para muestra, Ella recibió un halago más grande que el de Natanael.

VIRGEN MARIA

MAESTRA DE HUMILDAD

Ella fue llamada bienaventurada, eso que decimos todas las veces que rezamos el Avemaría; ese piropo de santa Isabel y su reacción fue siguiendo ese ejemplo de san Josemaría, mejor dicho es perfectamente acorde a lo que decía san Josemaría.  Ante el halago, Ella responde con el canto del Magníficat.

Ese canto en el que humildemente se reconoce a sí misma como un instrumento en las manos de Dios. Todo lo bueno en Ella lo ve como prestado y al servicio de Dios, para gloria de Dios. Precisamente como era humilde y sencilla, Ella podía captar al vuelo lo que Dios esperaba de Ella y lo ponía por obra de inmediato.

Nuestra Madre fue una mujer sumamente descomplicada, en sus cosas por supuesto. Pero no tenía ningún tipo de reparo en complicarse la vida al servicio de Dios y los demás. Por eso cuánto podemos aprender de Ella.

Aprovechamos también estos últimos instantes de este rato de oración para pedir su intercesión. Cuánta humildad podemos pedirle a Dios bajo la intercesión de la Santísima Virgen María.

Cuando la soberbia empiece a pincharnos, cuando empiece a hacernos creer que somos mejores de lo que somos, cuando la soberbia nos haga también complicarnos de modo que las cosas que Dios nos pide nos parecen que son demasiado exigentes o que no tienen que ver con nosotros, acudamos a la Santísima Virgen.

Si pedimos la humildad y la sencillez para nosotros así, bajo la intercesión de la Santísima Virgen, seguramente Dios no se dejará ganar en generosidad.


Citas Utilizadas

Is 10, 5-7. 13-16

Sal 93

Mt 11, 25-27

Reflexiones

Madre mía, te pido me ayudes a ser  humilde y sencillo.

Que no sea una persona complicada para hacer lo que Dios me pide.

¡Todo el honor y la gloria para ti Señor! 

Predicado por:

P. Rafael

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