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P. Federico

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ESCUCHA LA MEDITACIÓN

¿QUÉ TE DETIENE?

Haz una oración sincera, ponte de rodillas, dirige la mirada a Jesús, pregúntale lo que quieras y deja que Él te pregunte también. Escucha y pídele fuerzas para responder como Él desea, no vaya a ser que se nos aplique aquello de “mucho ruido y pocas nueces…”

Aquí estamos tú y yo, en animada conversación mientras caminamos junto a Jesús y los apóstoles; también nos acompañan las santas mujeres.  En compañía de buenos amigos, los caminos se hacen cortos y llevaderos.

Esto es así, hay comentarios, bromas, una que otra pregunta lanzada al aire y – ¿por qué no? – también ratos de silencio.

Así estamos, cuando de repente

“Viene uno corriendo y se arrodilla ante Jesús”.

Es un hombre joven, lleno de vitalidad.  La verdad es que nos sorprende a todos, nos arranca una sonrisa porque, para ser su primer encuentro con Jesús, ha empezado muy bien.  Hace lo que todos tenemos que hacer: ponernos de rodillas delante de Dios…

¿CÓMO HACER PARA MEJORAR?

Y pienso: ¡qué contraste con mi vida! ¿Cuántas veces me he acercado yo a Ti Jesús un poco a regañadientes o con pereza?  Como si estar junto a Ti fuera algo costoso o como si te estuviera haciendo un favor…

Y este, ¡ha venido corriendo! Se ve que tiene ganas de hablarte y escucharte. Se ve que te tiene aprecio, que te tiene cariño.  Se ve que es consciente de quién eres Tú.  Porque entonces

“Se arrodilla ante Jesús y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?””

(Mc 10, 17).

Señor, yo quiero hacer lo mismo que él.  Aquí estoy de rodillas, haciendo un ratito de oración, quiero preguntarte ¿cómo hacer para mejorar? ¿En qué quieres que cambie o que mejore?  Quiero contarte mis penas y mis alegrías.

ARRODILLARNOS

detiene

¡Qué pena darme cuenta de que, a veces en mi vida, cuentas poco! Que voy corriendo a distintos lugares, busco respuestas por aquí y por allá, pero vengo arrastrando los pies para hablar contigo.

Y, en lugar de arrodillarme y mirarte a los ojos y preguntarte, se me va la mirada por la ventana y, con ella, se me escapa el pensamiento y apenas me acuerdo de que estoy aquí contigo…

Por eso, me impacta mucho la actitud de este joven y me impacta también el hecho de que no se anda con cuentos y te hace una pregunta; te hace La pregunta.

“Le pregunta: “Maestro bueno, ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios””.

EL JOVEN RICO

La pregunta es clave y, además, se ve que es consciente de que se la hace al mismo Dios…  Este joven rico (porque se ve que es rico y no en sentido peyorativo, sino simplemente, se ve.  La tela de su túnica, el material del cinto, esa pulsera que lleva, las sandalias, su aspecto bien cuidado…) parece que tiene agallas.

Está haciendo una oración sincera y, para eso, hay que tener agallas.  Es oración sincera, auténtica, porque la conversación va y viene.  Él lanza una pregunta y recibe de Jesús también una pregunta.  En la oración yo hago preguntas y me dejo hacer preguntas por Dios…

LOS MANDAMIENTOS

Pero volvamos a la pregunta: yo, Jesús, también te quiero hacer esa pregunta, porque yo me quiero ir al Cielo.  Quiero la vida eterna.  No quiero vivir una vida egoísta que termina en un callejón sin salida o en un precipicio… Tu respuesta me interesa bastante.

“Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios.  Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre””

(Mc 10, 18-19).

O sea, los mandamientos.  Para ir al Cielo: los mandamientos.  Ahora… ¿yo los cumplo? Es más, ¿sé cuáles son los mandamientos?

¿ME CONOCES?

Fíjate que hace algunos años vi un video testimonial de una mujer que había sobrevivido a un rayo (así como lo oyes).  Su vida, hasta ese momento, había estado centrada en su propia imagen, en el dinero y en el placer.  La verdad, es que había llevado una vida bastante descreída…

Pues resulta, que le cayó un rayo y, en el momento en que sucedió aquello, fue consciente de que se estaba muriendo.  Entonces cuenta, que empezó a gritar en su interior.  Gritaba: ¡Dios mío, ayúdame! ¡Dios, por favor!

Y cuenta que, en ese momento, escuchó una Voz que le respondía: “¿Me conoces?” Ella se quedó sorprendida y se atrevió a responderle: sí, sí te conozco y la Voz, simplemente le lanzó otra pregunta: ¿Cuáles son Mis mandamientos?

Ella comenta que ¡no se los sabía!  Pues Dios empezó a decirle cuáles eran los mandamientos y fue repasando la vida de ella mandamiento por mandamiento…

VIVIR LOS MANDAMIENTOS

detiene

Puede que uno piense que con eso de los mandamientos Jesús da una respuesta demasiado general, pero me doy perfecta cuenta de que no es tan así.  Porque la cuestión no es simplemente saberlos (que por supuesto), pero se trata de vivirlos y eso siempre es muy personal.

Que los conozca y que los viva para que, entonces, llegue un momento en el que responda lo que este joven responde:

“Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia”

(Mc 10, 20).

A mí me ha entrado una gran vergüenza al escuchar su respuesta.  Me puse rojo, porque es que no creo que pueda responder igual.  Me ha dejado mal parado.

EL SEÑOR NOS QUIERE

“Pero bueno Jesús, aquí estoy pensando en lo poco que valgo yo.  En lo poco generoso que he sido.  Pero en lo mucho que me quieres Tú y en la suerte que tengo de que me hayas llamado a Tu lado”.

Y me doy cuenta de Tu reacción

“Jesús fijando en él su mirada, se prendó de él”.

¡LA MIRADA DE JESÚS!

Yo pienso, esa mirada la he visto antes.  Es esa mirada que penetra y que te dice sin palabras: “Te quiero, qué maravilloso es que existas y que estés aquí”.

Es una mirada que no solo da el convencimiento del amor Tuyo por mí Señor, sino que también es una mirada que llama; es una llamada.

Y, entonces Jesús, Tú dejas caer esas palabras.  Le dijo:

“Una cosa te falta.  Anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el Cielo.  Luego ven y sígueme”

(Mc 10, 21).

UNA TALLA PARA TODOS

En la vida interior no existe el “one size fits all”; o sea, ese tipo de gorras o algunas prendas de vestir como que si “una talla para todo el mundo”.  Eso no existe en la vida interior.  Cada uno tiene lo suyo… y Dios nos responde a lo nuestro.

A este le dijo esto específico porque era lo que él necesitaba.  A ti ¿qué te dice? A mí ¿qué me dice…?

A la oración hay que ir a preguntar y a dejarse preguntar, a saber, qué es lo que Dios me pide en cada momento…

NO PODEMOS HACERNOS LOS LOCOS

Dios nos hace saber Su respuesta de una manera o de otra.  Pero es cierto que uno puede ignorarlo, hacerse el loco o lo que sea, porque a veces cuesta… Y aquí se derrumbó este personaje.

“Él, afligido por estas palabras, se marchó triste pues tenía muchos bienes”

(Mc 10, 22).

Este pobre hombre no quería renunciar a sus cosas y por eso decidió ignorar a Jesús…  Lo duro es que se marcha triste…

Todo había comenzado bien, muy bien.  Pero se ve que Jesús, que le conoce perfectamente, quería ayudarle a superar lo que realmente le estorbaba.

Jesús dio en el clavo, pero este hombre, en lugar de agradecer y responder con generosidad, se resiste, retrocede y se retira triste…

LOS CAZADORES EN ÁFRICA

Dicen que, en África para cazar, para capturar a un tipo de monos -de simios- los cazadores utilizan una técnica un tanto curiosa que consiste en lo siguiente: ubican dónde está el grupo de los monos y en un árbol cercano hacen un orificio (si ya está el orificio, el hueco ahí, pues lo aprovechan).

Tiene que ser un orificio con espacio que permita poner unas cosas ahí dentro, pero el acceso, la abertura, tiene que ser estrecha.

Luego se retiran los cazadores y los monos se acercan, meten la mano y cierran el puño para agarrar lo que está ahí dentro -que suele ser comida- y entonces aparecen los cazadores en la escena en ese momento.

El mono, despavorido, intenta huir, pero el puño no le sale por el orificio.  No se le ocurre, no puede soltar lo que tiene en la mano.  Si lo soltara, conseguiría escapar, pero es incapaz de soltarlo.  Entonces, fácilmente lo atrapan.

Yo te pregunto y me pregunto: ¿Qué te detiene? ¿Hay algo que no estás dispuesto a soltar? ¿Qué te detiene? Ten cuidado, no vaya a ser que aquello te atrape, te marches triste y triste andes por la vida…


Citas Utilizadas

Sab 7, 7-11

Sal 89

Hb 4, 12-13

Mc 10, 17-30

Reflexiones

Señor, ayúdame a soltar, a que no me detenga nada seguirte.

Predicado por:

P. Federico

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