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P, Ricardo

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NIÑOS

Los apóstoles reprenden a unos niños que quieren acercarse a Jesús, que es amable con ellos. Entonces el Señor deja una enseñanza, que los que el reino de los cielos es de los que lo reciben como niños. Nos invita, por tanto, a ser sencillos, sinceros y limpios de corazón.

BESAR A LOS NIÑOS

San Josemaría tiene un libro que se llama Santo Rosario, y se trata de un comentario de los misterios del santo rosario. Y en uno de ellos -en los Misterios Gozosos, en el Nacimiento de Jesús-, hay una parte que particularmente me gusta mucho, comentando justamente que ha nacido el Hijo de Dios, que ahí está en Belén nuestro Dios.

Entonces, al final de este comentario dice: “Y le beso -bésale tú-. y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Único, mi Todo… ¡Qué hermoso es el Niño… y qué corta la decena!” (San Josemaría, Santo Rosario, Punto 3).

Y previamente nos cuenta cómo, en esa imaginación, en esa fantasía podemos decir, aunque es realmente fruto de su oración, él se ha metido en esa escena, se ha metido en Belén. Y está allí y agradece que José le permita tomar al Niño en sus brazos, y se queda allí horas y horas diciéndole cosas dulces y encendidas.

TENER LA PIEDAD DE UN NIÑO

Es que San Josemaría, como seguramente muchos santos, estaba enamorado de Dios, pero además lo demostraba.
Y es que esto que nos dice aquí este santo no es algo que se inventó, sino que, por lo visto, en el Patronato de Santa Isabel que él atendía en la década de los años treinta del siglo pasado, las monjas tenían allí una imagen de un Niño Dios pequeñito. A él le gustaba que se lo prestaran y seguramente hizo oración frente a esta imagen que le ayudaba a pensar en ese Dios que se hace hombre, que se hace como niño.

Por eso San Josemaría, en su piedad seguramente lo hacía como un niño, tenía esas manifestaciones como de niño, que han quedado plasmadas en ese comentario, en este libro Santo Rosario.

DEJAD QUE SE ACERQUEN LOS NIÑOS

Pues contaba esto en nuestro rato de oración, porque el Evangelio de hoy nos habla justamente de aquel consejo que Tú, Señor, nos das cuando por lo visto, estás rodeado de niños y estos empiezan a acercarse, y entonces los apóstoles -que ya son adultos, que se han olvidado de que ellos también han sido niños-, empiezan a regañarlos.

Entonces nos dice San Marcos que:

“Jesús se enfadó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc10, 14-15).

Es graciosa la escena, por un lado, porque es lo que pasa muchas veces: que los adultos se olvidan que fueron niños.

LOS NIÑOS SABEN QUIÉN LOS QUIERE

¿Cuántas veces escuchamos a los adultos, o a lo mejor tú que eres adulto dices: ah esos jóvenes de ahora, cómo se visten, la música que cantan, es un desastre esta generación, ya no tienen solución…? Y seguramente los adultos en su niñez, en su juventud fueron así, con las diferencias de cada generación, de cada época y de tiempo.

El Señor regaña los apóstoles por esta actitud, porque los niños tienen algo muy especial, y es esa inocencia, esa sencillez y además que los niños se dan cuenta que Jesús los quiere.

Un niño cuando ve que alguien no lo quiere, pues definitivamente no se acerca. Hay personas que tratan muy bien a los niños y no tienen problema en ponerse a jugar con ellos; en cambio, hay personas que mejor tener a los niños de lejos.
Y un niño se da cuenta de esto. Y esto lo percibieron ellos: esos niños de esta escena vieron que Jesús los trataba bien, seguramente la sonrisa, las palabras, a lo mejor jugaría con ellos y los apóstoles los apartan.

SER COMO NIÑOS PARA ENTRAR AL REINO DE DIOS

Por eso Tú, Señor, aprovechas la ocasión para decirles: “No se lo impidan, pues de los que son como ellos es el Reino de Dios”. Y viene a continuación una máxima: “Quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

El Señor no dice: “A lo mejor… podría pasar”. “No entrará en él”. Es una frase fuerte, rotunda.

100 AÑOS PIENSO EN TÍ

Pues nos preguntamos ahora, en nuestro rato de oración, “Jesús, ¿cómo podemos recibir el Reino de Dios como un niño?”.
En primer lugar, nos preguntamos ¿Qué es el reino de Dios? El reino de Dios eres Tú, Señor. Y es ese reino que ha empezado con tu Iglesia, de la que formamos parte cada uno de nosotros, cuyo centro eres Tú.

Recibir a Dios, a Jesucristo, como un niño. Y es que para que tú y yo podamos tratar a Dios, necesitamos de la sencillez. Los niños tienen esta característica, podríamos decir que no tienen filtro: dicen lo que piensan, o si algo les provoca, lo dicen.

LA SENCILLEZ DE LOS NIÑOS

Pues es una virtud que podemos imitar. Por ejemplo, para nuestros ratos de oración, que tengamos esa sencillez de decirle al Señor lo que nos pasa, aunque Él ya lo sepa. “Señor, me pasa esto, me preocupa esto, me alegra esto, te pido esto”.

¿Cuántas intenciones seguramente tenemos? O, por ejemplo, las intenciones del Papa. Es ahora mismo muy fácil darnos cuenta qué nos pide el Papa, además de ese mensaje por la Cuaresma -que ya está publicado en la página web del Vaticano (www.vatican.va)-, su mente y su corazón están en Ucrania, en ese conflicto que se ha armado y que de hecho nos ha pedido una jornada de oración y ayuno este miércoles 2 de marzo, Miércoles de Ceniza.

Que seamos como los niños que son capaces de pedir la luna; desde un caramelo hasta la luna. Porque además sabemos que tenemos un Padre que es todo poderoso.

SINCERIDAD CON DIOS

NIÑOS

Y luego esa sencillez nos permite que seamos sinceros. Los niños, cuando son niños, cuando todavía no tienen pleno uso de razón, son muy sinceros. Ya después, el pecado ya empieza a manifestarse y puede ser que a veces no digan toda la verdad o que cueste sacarles la verdad, a veces como con cucharita.

Pues tú y yo debemos superar eso, debemos ser muy sinceros con Dios. Por ejemplo, cuando hacemos un rato de examen, tal vez cada día al finalizar nuestra jornada, nos ponemos en presencia de Dios y examinamos cómo nos ha ido. Y tal vez, cuando nos hayamos podido equivocar, le pedimos al Señor esa luz para para reconocer dónde nos hemos equivocado.

APRENDER A PEDIR PERDÓN

Por ejemplo, si hemos tratado mal a una persona en una discusión, o en un intercambio de ideas, y nos es difícil dar nuestro brazo a torcer. Cuántas veces nos puede haber pasado eso que sabemos que no tenemos la razón y, sin embargo, vamos dando mil y una excusas, justificaciones, argumentos con una retórica extraordinaria para no decir perdón, me equivoque o tienes razón. Y así eso nos ayudará a rectificar

Pues con mayor razón, cuando se trate de la vida de gracia, cuando hayamos podido ofender a Dios, hayamos podido ofender a otra persona, en cosas grandes o en cosas pequeñas, que no tengamos vergüenza de pedir perdón en primer lugar a Dios.

¿Qué nos va a decir Dios si le decimos Señor, me he equivocado cuando Él siempre está dispuesto a perdonarnos y no nos lo va a sacar en cara? Señor, ¿cuántas veces me has perdonado? Podemos decirle.
Y ese es el niño. Y es la diferencia también con los niños, que a veces los niños, pueden tener un poquito de vergüenza de pedir perdón o decir que han roto otra vez una luna, porque claro, a lo mejor ya la tercera, la cuarta, la quinta, tal vez lo vayan a castigar sus papás.

Pues a nosotros Dios no nos castiga y esto nos debe dar mucha tranquilidad. No para que seamos unos frescos y vayamos por ahí pecando y cometiendo faltas, pero que si nos rompemos por nuestra fragilidad, sabemos que podemos volver a ese Dios que es Padre, y nos abrazamos muy fuerte a Él. Y también, por supuesto, de la mano de Santa María, nuestra Madre.


Citas Utilizadas

Stg 5, 13-20

Sal 140

Mc 10, 13-16

Reflexiones

Señor, danos la humildad para recomenzar cada vez que caemos y amor para entregarnos a los demás.

Predicado por:

P, Ricardo

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