< Regresar a Meditaciones

Padre Rafael

Escúchala

7 min

609total visits.

ESCUCHA LA MEDITACIÓN

LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS

El evangelio de hoy nos presenta un ciego que puede ver mejor que muchos que creen ver, pero que en realidad están ciegos. ¿Qué querrá Dios que aprendamos de este hombre de Jericó?

Si has tenido la fortuna de haber leído y releído esa historia aparentemente para niños que es el “Principito”, seguramente recordarás una de sus principales enseñanzas: “lo esencial es invisible a los ojos”. Capaz, incluso sin haber leído el libro, has visto esta frase impresa como un slogan en camisas, cojines, tazas, unos globos, etc.
Te confieso que, si Dios me diera a elegir un “superpoder”, seguramente este estaría entre mis candidatos: ¡Poder ver lo esencial! Es decir, distinguir inmediatamente “lo que de verdad importa”. Porque, si somos realistas: no es que tengamos energías infinitas, y si las vamos a usar, que sea para lo que de verdad vale la pena.
El evangelio de hoy nos presenta un personaje que justamente tiene este “superpoder”. Pero resulta que Dios, para que él lo pudiera aprovechar mejor, -vamos a decir: le “apagó” uno de sus sentidos. De este modo, Bartimeo, que así se llama nuestro personaje de hoy, es una especie de Daredevil. Es decir, es ciego, pero “ve” mejor que muchos.

SOY UN POBRE CIEGO

El Señor Jesús predicaba incansablemente el Reino de Dios por las regiones de Judea y ahora le toca el turno a una ciudad llamada Jericó, una ciudad muy próspera.
Aquí, amigo mío que me escuchas en estos 10 minutos con Jesús, te propongo algo: métete en el Evangelio de hoy como un personaje más e imagínate que eres ese pobre ciego que está en la vera del camino.
Para ti el día de hoy será como un día normal, todos los días suelen ser iguales: el tiempo pasa lentamente mientras tú vas pidiendo limosna a los que pasan a tu lado.
Pero hoy, sucede algo es diferente; recuerda que tú oyes mejor que los demás (como Daredevil) y te das cuenta de que hoy hay una algarabía, oyes el bullicio de la multitud y se despierta tu curiosidad: “¿Qué sucede?” -preguntas en voz alta, – y alguien que está también pendiente de lo que pasa, te dice: “Es Jesús el Nazareno, que pasa”.
Recuerda que tú no puedes ver, pero se despierta justo ahora ese superpoder en ti, ese –vamos a decir: “sentido arácnido”, pero que es mucho más que eso.

UN SUPERPODER

Es una emoción del corazón que late a toda prisa porque tu superpoder es precisamente el de detectar lo esencial, y está pasando junto a ti, lo único verdaderamente esencial, la única persona que de verdad importa. ¡¿Vas a dejar pasar esta oportunidad?!
No te olvides que tú, aunque tienes los ojos cerrados a la luz del día, pero eres capaz de ver la “Luz” (con mayúscula) mucho mejor que la mayoría de esas personas que están a tu alrededor, esas que juran que ven perfectamente.

invisible a los ojos
Lo irónico del Evangelio de hoy es que hay un ciego que en realidad sí puede ver y una multitud que dice que puede ver, pero que está ciega.
También nosotros tendremos que cerrar los ojos de la carne tantas veces, para abrir más los ojos de la fe. Y empezar a gritar con la fuerza con que hoy grita Bartimeo:

«¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!»

(Lc 18, 38)

¿QUÉ QUIERES QUE HAGA POR TI?

La verdad es que, si nos ponemos a ver, oportunidades para hacerlo tenemos muchísimas a lo largo del día. Cada vez que te recoges en oración. Por ejemplo; como ahora en estos 10 minutos con Jesús, puedes cerrar los ojos de la carne y abrir los ojos de la fe.
Sentir que Dios está pasando a tu lado, que está extremadamente cerca. Puedes sentir su mirada sobre ti, una mirada amorosísima y llena de misericordia (aunque tú no la puedas ver) y tener la certeza de que Él te pregunta, como le preguntó a Bartimeo:

“«¿Qué quieres que haga por ti?»”

(Lc 18, 41)

Este es el momento en el que tú y yo debemos pedirle este superpoder del que estamos hablando:

“«¡Señor, que vea!»”

(Lc 18, 41)

“¡Señor, que te vea!”, en primer lugar, que te vea en la Eucaristía. Aunque mis sentidos me engañen y vea sólo pan y vino donde se por la fe que está tu cuerpo y tu sangre.

QUE NO ME ENGAÑEN LOS SENTIDOS

O, aunque los sentidos me engañen y vea solo a un pobre hombre, a un sacerdote, y no te vea a Ti, celebrando ese sacrificio incruento sobre el altar.
Señor, que me dé cuenta del valor infinito que tiene cada Misa y cada comunión recibida con devoción. Que te vea allí en la cruz cada vez que soy testigo de la consagración. Que vea tu amor por mí, ¡Amor hasta el extremo!
“Al juzgar de ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto…” decimos en ese himno eucarístico: el “Adoro Te devote, que seguramente habrás oído.
“Pues hoy aprovechamos para pedirte, Señor, este favor: ¡Que no me engañen los sentidos! Aunque una Misa me pueda parecer exactamente igual a las demás”.
“En segundo lugar, Señor, este superpoder de apreciar lo esencial, te lo pido porque me permite “ver más a Dios en mi día a día”, a nuestro lado a lo largo del día, y esto la verdad es que “vale oro”.

INVISIBLE A LOS OJOS

Ver a Dios en el deber de cada instante. Así podremos hacerlo todo -incluso lo aparentemente sin brillo- como una oportunidad de ofrecer ese trabajo, ese estudio, ese encargo, todo bien hecho, por amor a Dios.
Podremos ver en todo, una oportunidad de hacernos santos, en lo de siempre. ¡Qué diferencia es una vida vivida así, viendo en todo a Dios!
“En tercer lugar, Señor, que te vea en mis hermanos. Que todos son hijos tuyos, como lo soy yo. Por ellos también diste tu vida en la cruz”. Que en ellos te vea a Ti, diciéndome:

“Te aseguro que cada vez que tuviste un detalle de amor, de servicio, de caridad, de paciencia con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hiciste”

(cfr. Mt 25,40).

Dicen que una de las señales claras de estarse poniendo viejo es que bajas el volumen a la música para poder estacionar el carro. Como si el ruido no te dejara ver bien. Pues a un cristiano no le hace falta llegar a viejo para comprobarlo.

MUCHO RUIDO

En nuestra vida seguramente hay mucho ruido, y en los tiempos actuales, me atrevería a decir que siempre. Y estamos tan acostumbrados, que pareciera que, aunque deseamos la paz, le tenemos miedo al silencio.

A veces el ruido es tal, que nos impide ver con claridad a Jesús. Por eso en la vida cristiana hay que “bajarle al ruido para poder ver bien”.
Justamente en el Evangelio de hoy, nosotros (que hoy somos Bartimeo, el ciego de Jericó) nos enfrentamos a un obstáculo que es mucho más grande que la propia ceguera, y es justamente: “el ruido”.
Gritamos con desesperación para que Jesús no siga de largo y no perdamos esta oportunidad de oro, pero el ruido a nuestro alrededor parece ahogar nuestros gritos. Por si fuera poco, hay voces que nos mandan a callar, y nos dicen: “¿Por qué vas a molestar al maestro?”.

¿QUÉ COSAS ME MANDAN A CALLAR?

Pues te invito a aprovechar estos 10 minutos con Jesús, para revisar en tu vida, ¿Qué cosas te están mandando a callar?:

• Te calla tu pereza, tu flojera, porque al fin y al cabo no se está tan mal, así como estamos, viendo la vida pasar. Y sabes perfectamente que aceptar a Jesús significa, como el ciego, hacer el esfuerzo de seguirlo por los caminos a veces exigentes, pero que estás seguro que conducen a la felicidad.
• Te callan tus vicios, esos que te hacen preferir vivir de limosnas. Sabes muy bien que aceptar a Jesús en tu vida, es dejar de vivir de migajas; para saciarte en un banquete sin fin, pero por algún motivo no te decides a aceptar su invitación.
• Te calla la gente de tu alrededor, el ambiente, la cultura, la sociedad, esa que trata de ocultar a Dios y despreciarte si vas contra la corriente.
• Pero a veces lo que más te manda a callar, es: “tu soberbia”; esa que te hace creer que Dios no te escucha y te da una vergüenza enorme tu propia indigencia, no quieres necesitar de Él.

NO TE DEJES CALLAR

Pues, no te dejes callar. Tu voz es demasiado valiosa para decirle a Dios que lo necesitas en tu vida. Como el ciego del Evangelio, ese, el del superpoder de mandar a freír espárragos todo aquello que no importa, ese que nos enseña lo que debemos hacer…

confiar, invisible a los ojos
A él, aunque le manden a callar, él grita más fuerte: “Señor, no sigas de largo. Apiádate de mí, que me cuesta tanto verte por el ruido en mi vida, por esas voces que me quieren ver en el suelo. Pero yo sé que estoy hecho para cosas mejores, estoy hecho para ver mi vida y el mundo con la dignidad de un hijo de Dios, para ver lo esencial, aunque tantas veces sea invisible a los ojos”.


Citas Utilizadas

San Alberto Magno

1Mc 1, 10-15.41-43.54-57.62-64

Sal 118

Lc 18, 35-43

Reflexiones

Señor, quiero sentir tu mirada sobre mí, tu mirada amorosísima y llena de misericordia. Quiero tener la certeza de que a mí también me preguntas: ¿Qué quieres que haga por ti? Y yo quiero pedirte: ¡Señor, quiero verte siempre!

Predicado por:

Padre Rafael

¿TE GUSTARÍA RECIBIR NUESTRAS MEDITACIONES?

¡Suscríbete a nuestros canales!


    Regresar al Blog
    Únete
    Suscríbete
    Donar