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HOSPITALES

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Hace casi tres años me invitaron a bendecir un hospital. Ha sido el único que he bendecido en toda mi vida como sacerdote. Bueno, no sé si será el primero y el último, porque eso de inaugurar un hospital no es algo que se haga todos los días.
Pues me invitaron, y entonces me quedé pensando qué palabras podía decirle a todo el personal, médicos y enfermeras, que estuvieran allí ese día.
Investigando un poco caí en la cuenta que los hospitales tienen origen católico. Así como lo oyes: los hospitales son una idea cristiana, una idea católica.
Es cierto que cuando pensamos en “la medicina” se vienen a la cabeza los griegos con todo y su juramento hipocrático.

NO EXISTÍAN LOS HOSPITALES

Pero resulta que en Grecia había médicos, pero no hospitales como los conocemos. Casi toda la medicina se ejercía en una especie de consultas privadas, como las clínicas personales de los médicos de hoy en día.
Fueron los romanos los que montaron unos campamentos de campaña donde se atendía a los heridos de guerra. Eso es lo más parecido que hay a nuestros hospitales en toda la antigüedad.


Cuando Tú viniste a esta tierra Señor no existían los hospitales. Cada enfermo se las espantaba como podía en su propia casa como la suegra de Pedro.
En todo caso se juntaba aquella multitud de tullidos y enfermos alrededor de la piscina de Betzatá (o Bethesda) con la esperanza de un milagro cuando se movían las aguas.
A los leprosos, como eran contagiosos, los expulsaban de las ciudades y se iban creando grupos en las cuevas junto a los cruces de los caminos.
Como aquellos diez de los que solo vuelve el samaritano a agradecerte la curación. No existían los lazaretos o leprosarios…
No fue sino hasta el siglo IV que apareció el primer hospital fundado por San Basilio. A partir de éste se empezaron a hacer hospitales de todo tipo y por todos lados.
Así que podemos decir con orgullo: “los hospitales los inventamos nosotros”. ¡Es así! (cfr. https://apmprensa.com.do/2020/04/03/el-papel-de-la-iglesia-en-el-desarrollo-de-los-hospitales/).
Hoy en día estamos tan acostumbrados que nos parece que todas estas cosas (hospitales, alberges, hoteles, farmacias) siempre han estado allí. Pero no…
Para nosotros es normal, pero no siempre lo fue. Hubo un primer hombre, alguien, que tuvo esa genial idea. Y resulta que muchas de esas ideas geniales tienen su raíz en la caridad cristiana.
Tu mensaje, Jesús, es de caridad. Una caridad activa, creativa. Que, la verdad, solo puede ser así.

CARIDAD Y AMOR

Porque cuando hay caridad, cuando hay amor, se despliega la inventiva; a uno se le ocurren cosas para agradar o atender a los que quiere.
Jesús, bien sabes que era esto lo que pensaba leyendo el evangelio de hoy y teniendo en mente al santo que recordamos en este día: San Juan de Dios.
Y es que, cuando escuchamos el pasaje del Evangelio nos puede sonar a algo ya archiconocido, archisabido. Nos lo sabemos de memoria.
Pero, como siempre, lo difícil es vivirlo. Ojalá y nos detuviéramos más seguido a pensar en las consecuencias que tiene poner en práctica la doctrina de Cristo que, ya te lo decía, es un mensaje de caridad.
Hoy vemos acercarse a un escriba que lanza aquella pregunta fundamental:

«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?»
Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro, es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.»

(Mc 12, 28-31)

Gracias a Dios los cristianos nos hemos empeñado (quien más, quien menos) en encarnar este mensaje de caridad.
Te comparto la peculiar historia del santo cuya memoria la Iglesia celebra hoy:

“Juan Ciudad Duarte, el futuro San Juan de Dios, había nacido en el seno de una familia modesta y quedó huérfano muy joven.
En 1517, cuando tenía veintidós años, entró en la milicia y participó en varias batallas con Carlos V.


La experiencia fue desastrosa, porque por una grave negligencia estuvo condenado a la horca y se salvó de puro milagro.
Más tarde participó también en la defensa de Viena contra los turcos. Pero después de muchas peripecias, retomó su oficio de pastor y leñador, después fue albañil y finalmente librero, profesión que ejerció en Granada.

CAMBIO DE VIDA

El 20 de enero de 1539 escuchó la predicación de San Juan de Ávila en el Campo de los Mártires, cerca de la Alhambra.
Su corazón quedó muy tocado. Aquellas palabras, decía, «se le fijaron en las entrañas».
Se llenó de deseos de cambiar de vida, de enmendar la trayectoria que hasta entonces había llevado. Su conversión fue tan rotunda que repartió todas sus propiedades entre los pobres y se dispuso a llevar una vida de total austeridad.
Lo tomaron por loco. Sin que tuviera oportunidad de reaccionar lo ingresaron en el Hospital Real de Granada, en un ala destinada a los enfermos mentales.
Fue allí donde sintió en carne propia el duro trato que se daba a estos enfermos y se rebeló al verlos sufrir de aquella manera.
Precisamente de su experiencia en aquel manicomio surge la dedicación de Juan hacia quienes desde entonces van a ser para él sus hermanos.
Escribía: «Que Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger a los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo».
En 1540 alquiló una casa vieja en Granada para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano o desamparado.
Durante todo el día atendía a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, padre, amigo y hermano de todos.
Por la noche, iba por las calles pidiendo limosnas para sus pobres.
Al principio sabía poco de medicina, pero tenía gran éxito atendiendo enfermos mentales.
Comprobó que necesitaban cariño y atención para poder curarse. Había que curar primero el alma para luego curar el cuerpo.

SAN JUAN DE DIOS

Más tarde, reunió un grupo de compañeros y fundó con ellos una congregación.
En enero de 1550, tratando de salvar a un joven que se estaba ahogando en el río Genil, enfermó gravemente y murió.
Entonces resultó que el que había sido considerado un loco fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades civiles y todo el pueblo de Granada, como un santo.
Enseguida, se atribuyeron muchos milagros a su intercesión.
Pronto fue canonizado, y su congregación, los Hospitalarios de San Juan de Dios, atiende hoy más de doscientos hospitales en los cinco continentes”
(cfr. La llamada de Dios, Alfonso Aguiló).

Quizá te suena por algún hospital en tu país. Al menos en Guatemala existe el Hospital General San Juan de Dios, que comenzó por unos hermanos hospitalarios de la Orden de San Juan de Dios en 1630.
En fin, que eso es amar a Dios y eso es amar al prójimo por Dios.
A ti y a mí no nos pedirá Dios fundar hospitales o tener una idea genial que cambie las estructuras o costumbres de la sociedad. O tal vez sí. Quién sabe…
No lo sabremos sino echamos a andar la creatividad de la caridad.
Caridad con los enfermos, mendigos, locos, ancianos, huérfanos o desamparados. Pero también con los sanos, adinerados, cuerdos, jóvenes, sabios, buenos hijos… ¡con todos!
Ya ves que la caridad cristiana, esa caridad de cristianos coherentes y consecuentes a modelado nuestra historia y nuestra sociedad.
Pidámosle a la Madre de Jesús, Santa María madre nuestra, que nuestra caridad modele al menos nuestra historia personal y la de esas gentes que nos rodean.

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