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Padre Javier

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DEL ÁRBOL BUENO SALEN FRUTOS BUENOS Y, DEL MALO, FRUTOS MALOS

Del buen corazón salen obras buenas. Necesitamos tener un corazón como el de Jesús.

En estos 10 minutos con Jesús, en los que procuramos hacer oración y, por lo tanto, le pedimos a Jesús esta especial comunicación. Necesitamos hacer oración porque Jesús hizo oración. Jesús necesitaba conectarse, tener esa comunión con Dios Padre, con Dios Espíritu Santo, para poder encarar las cosas de cada día.

Todo el quehacer diario, necesitaba primero, pasarlo por esa conexión fuerte con Dios para poder tener fuerza. Es como cargar nafta (gasolina), es donde uno carga su energía.

Jesús la cargaba en la oración y por eso todos los días se levantaba temprano para hacerla. Los discípulos de Jesús intentamos hacer lo mismo: hacer oración.

DEJAR QUE JESÚS TRABAJE EN NUESTRO CORAZÓN

Por eso, en estos 10 minutos benditos de oración, en los cuales procuramos conectarnos con Jesús y decirle: “¡Jesús trabaja en mí! Yo voy a estar callado, mientras el cura habla.  Da igual lo que diga, lo importante es lo que Vos hagas en mi alma, que Vos trabajes realmente en mi corazón; que me des la fuerza, la energía necesaria para hacer todo lo que tengo que hacer hoy con Tu gracia, con Tu fuerza”.

Dice el Evangelio de hoy:

“No hay árbol bueno que pueda dar fruto malo, ni árbol malo que pueda dar fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto: no se cosechan higos de los espinos, ni se recogen uvas de las zarzas. El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón y el hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón. Pues de lo que abunda en su corazón lo habla su boca”.

(Lc 6, 43-45)

Jesús en este Evangelio es siempre tan genial, porque pone ejemplos increíbles, ejemplos geniales, ejemplos llenos de sabiduría y muy gráficos para que nos entren por los ojos.

ELEGIR

Un árbol de pera no puede dar zarzas, no puede dar espinas. Un árbol de zarzas no puede dar duraznos espectaculares ni naranjas. Por eso, de lo que hay en el corazón hablan las obras.  Cada uno de nosotros tenemos un corazón que procuramos que sea a la medida del “Corazón de Jesús”.

Por eso tratamos todos los días de elegir: ¡Elegir! ¡Elegir! Tener elecciones que vayan conformando nuestro corazón para hacerlo lo más parecido posible al “Corazón de Jesús”. Y así, de ese árbol bueno saldrán cosas buenas.

Estamos tratando de tener el corazón lo suficientemente grande como para que quepan muchas personas con sus problemas. Nuestro corazón debe ser como el Corazón de Jesús.

Pensemos en la Cruz: Jesús tiene espacio en Su corazón, a pesar de que está destruido, roto, quebrado… Tiene el pómulo y la nariz fracturada, la cabeza tremendamente herida por las espinas… Un dolor fortísimo… La flagelación que le ha dejado el Cuerpo lleno de heridas profundas… Todo el golpe que ha recibido… La crucifixión del corazón…

PENSAR EN LOS DEMÁS

Podría Jesús estar centrado en su dolor y, sin embargo, se centra en los problemas ajenos, se centra en el problema del ladrón que tiene a su lado. Y apenas, con el poco aliento de vida que todavía tiene, asfixiándose, lo mira y lo anima. Y efectivamente el hombre se gana el Cielo; ¡se roba el Cielo!  Por eso le llamamos el “Buen Ladrón”.

Pero lo importante es que Jesús tuvo lugar en el corazón para ocuparse de los problemas de ese chico; de ese hombre que tenía a su lado.

Por eso le pedimos a Jesús: “Ayúdame Señor, ¡por favor! Necesito ir a la velocidad a la que vas Vos, para poder darme cuenta de los problemas de los demás”.
A veces, cuando manejamos el auto uno va a 40 o 60 kilómetros por hora y no vamos a la velocidad necesaria como para poder distinguir la belleza de una casa, de un árbol en flor, de las caras de la gente que pasan por la calle; y darnos cuenta de qué le pasa a éste y aquel y aquella señora, ¿qué problema tendrá?

Jesús va a la velocidad perfecta, a la velocidad que le permite darse cuenta de las necesidades de cada uno. Como cuando ve a aquella viuda que había perdido a su hijo único. Jesús la mira de lejos y se da cuenta la angustia, la desesperación, la ansiedad, la amargura, el miedo que tendría aquella mujer que se ha quedado sin el único sustento: el único hijo, la única persona que la podía ayudar en la vida a salir adelante. Jesús se da cuenta de todo eso; y se va como tirado por una flecha a buscar a esa mujer y a darle respuestas. Y le resucita al hijo, la calma y tranquiliza.

LA VELOCIDAD DE JESÚS

Jesús va a la velocidad que tiene que ir, para poder darse cuenta de los problemas de cada uno de los que lo cruzan en el camino. Y por eso se dedica el día entero a curar gente, ayudar, aconsejar, a consolar, a contener.

A esa velocidad estamos llamados a ir nosotros. Necesitamos ir a la velocidad de Jesús y, para eso, tenemos que tener el corazón disponible, para que quepa la gente, que quepan con sus problemas.

A mí me impresiona lo que me pasó ayer. Un amigo acudió en auxilio de mi padre. Mi padre sufrió de un pico de alta presión, tuvo su presión a dieciocho. Él vive a mil kilómetros de donde yo estoy; y, por lo tanto, genera muchísimo estrés manejar en una situación así. Vive solo, pero justo en ese momento estaba la empleada y no sabía mucho qué hacer; sólo llamó a un centro asistencial para que le fueran a tomar la presión, pero lo único que iban a poder hacer, es saber a cuánto la tenía.

PREOCUPARNOS POR LOS DEMÁS

Esta mujer me llamó para decirme: ¡Mira, le pasa esto y no sé qué hacer! Y mi hermano, que vivía en la misma ciudad, está en cuarentena pues tienen COVID, él, su esposa y los chicos. Así que no podía hacer nada, ni podía salir de su casa. Yo estoy a mil kilómetros y, por suerte, me recordé de un amigo que tengo allí en Mendoza. Le llamé y le pregunté si podía hacer algo. Me dijo que por supuesto, que se iba en ese instante a ver a mi padre, que no me preocupara.

Le compró lo necesario en el camino y, efectivamente, al llegar allí se quedó junto a mi padre. Le tomó la presión y lo controló. Se fue a la farmacia a comprar su medicamento, lo calmó y se tranquilizó. Llamó a una ambulancia (y que en estos tiempos de pandemia en mi país -concretamente en la ciudad de mi padre- no dan bolilla, por no decir que es casi imposible que lleguen, porque están saturados todos los sistemas de salud y, por lo tanto, no van).

Mi amigo se las ingenió para que fueran y se quedó allí encerrado en su auto porque no quería entrar más a la casa por miedo a poder contagiar a mi padre.  Sólo estar lo mínimo necesario porque, como es médico, nunca se sabe si están contagiados o no; por lo tanto, se quedó en el auto cuatro horas hasta que llegó la ambulancia. Estuvo con los médicos que fueron a atenderlo. Hoy ha seguido el caso y le consiguió un cardiólogo para que le vaya a ver mañana…

TENER UN CORAZÓN COMO EL DE JESÚS

Con esto, lo que les quiero decir es que me impresionó mucho este amigo doctor, (que por cierto sé que hace mucha oración) que logró tomarse el tiempo y espacio suficiente para atender a una persona, a la que ni conoce; me conoce a mí, pero no a mi padre.

Por eso, pidámosle a Jesús: “Por favor, Señor, dame espacio en mi corazón. Quiero tener un corazón semejante al Tuyo. Transforma mi corazón. Trabaja mi corazón. Quiero, Jesús, tener un corazón como el tuyo, donde caben todos con sus problemas. Ayúdame a saber qué hacer. Ayúdame a poner todos los medios, a que nunca les diga que no, que no les dé la espalda, que nunca le dé la espalda a otros”.

Y si tengo mucho trabajo, tengo mucho que hacer, hacer como este amigo del que les contaba recién, que es médico y tenía un consultorio lleno; sin embargo, hizo espacio para ocuparse de un problema. Pidámosle a Jesús, que tengamos un corazón así de grande y disponible para los problemas de todos.


Citas Utilizadas

1 Cor 10, 14-22

Sal 115, 12-13. 17-18

Lc 6, 43-49

Reflexiones

Señor, te pido me agrandes el corazón, me ayudes a transformarlo en un corazón generoso y atento.  Que sepa ver a mi alrededor para ayudar a quienes puedan necesitarme y que de mi corazón sólo puedan salir cosas buenas.

Predicado por:

Padre Javier

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