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P. Ricardo

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EL VERANO ESTA CERCA

Nuestro Señor nos propone la imagen de la higuera y de otros árboles que anuncian la llegada del verano o de una estación. De este modo nos recuerda que debemos estar siempre vigilantes, preparados para su venida, para darle ese gran abrazo después de haber vivido una vida llena de fe, esperanza y caridad.

En estos días, estamos meditando contigo Señor, esas realidades últimas, ese juicio universal; esa segunda venida de nuestro Señor.

En el Evangelio de hoy, que nos va a servir para hacer nuestro rato de oración, -este rato de conversación con Jesús-, vemos, leemos, cómo Tú Señor, le diriges a tus discípulos una parábola que dice:

«Fijaos en la higuera y en todos los demás árboles: cuando veis que ya echa brotes, conocéis por vosotros mismos, que ya esta llegando el verano. Igualmente cuando vosotros veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios. En verdad, os digo que, no pasara esta generación, sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

(Lucas 21; 29-33)

Antes, nuestro Señor, les ha contado cómo será esa segunda venida… y hace un relato, que a más de uno le hace temblar, les dice: en este pasaje que hemos leído: «Que se fijen en la Higuera y los demás árboles», o sea, hacer caso de cómo se dan en la naturaleza una serie de procesos, que nos indican que se acerca el final de una estación.

Por ejemplo: cuando vemos que empiezan a caerse las hojas de los árboles y que empiezan a perder su color, cuando empiezan a tomar esos tonos bellísimos, preciosos  y pensamos: ha llegado el otoño.  También, cuando vemos que empiezan a brotar las primeras flores o los narcisos florean a lo largo del río , entonces, sabemos que se acerca la primavera.

árbol que da frutos

 

El Señor aprovecha esa imagen de la Higuera de los árboles, para hacerles ver cómo debemos estar atentos, vigilantes, para cuando el Señor vuelva..

PREPARADOS SIEMRE PARA TU ENCUENTRO

Es lógico, que a la mayor parte de las personas, no nos toque ver la segunda venida de el Señor; es decir: que estemos vivos cuando llegue. Lo cual no significa, que tú y yo no debemos estar prepararnos.

Pues, debemos estar siempre preparados. Por qué ya sea el momento de nuestra muerte, sea el momento de esa segunda venida, será el momento, la ocasión de encuentro con Dios.  Esto no nos debe llenar de miedo.  (Algo de miedo hay) pero nos debe llevar pensar… qué debemos aprovechar este tiempo, que Dios nos da en la tierra.

 

Dice San Josemaría, en un libro suyo que se llama Forja:

Mienten los hombres cuando dicen «para siempre» en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el «para siempre» de la eternidad.

—Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre!

(Forja, 999)

UN «PARA SIEMPRE» CON FECHA DE CADUCIDAD

Aunque en nuestra vida terrenal, podemos tomar decisiones que son para siempre: por ejemplo, el matrimonio o también está la vocación en la vida religiosa, en el celibato apostólico. Pues hay un:  «para siempre». Aunque sabemos que el momento ha de llegar,  llegará la muerte.

Y cuántas veces nos ha pasado, el estar viviendo un momento agradable, por ejemplo:  una fiesta, una reunión y pensamos: me gustaría que dure…  pero sabemos que de momento va a terminar; qué el algún momento se va apagar la música, qué en algún momento las personas que nos acompañan tendrán que irse.

VIVIR AL MÁXIMO

Sabemos, que no es para siempre.  Dentro de nosotros, en nuestro corazón, hay un deseo de que esa felicidad no se apague, no se termine.  Nos repugna a la memoria, a la imaginación, a la razón y sobre todo al corazón, saber que la felicidad o pensar que la felicidad tenga marcada una fecha de caducidad,

Etamos hechos para esa felicidad que dura eternamente.  Y justamente, ¡Eso es el cielo!  es por eso que aquí en este mundo, en esta tierra,  los años que el Señor nos dé… debemos vivirlos al máximo.

Señor, queremos vivir al máximo nuestra nuestra vida;  ¡vivir al máximo nuestra fe! por eso ahora, que estamos haciendo este rato de oración, en la presencia de Dios, veamos: ¿Cómo aprovechamos el tiempo? veamos, cómo aprovechamos esas capacidades, esos dones que el Señor nos ha dado…

HOY Y AHORA PREPARANDO NUESTRO CIELO

A lo mejor, encontraremos:  pérdidas de tiempo; desde qué momento te pones a trabajar, desde qué momento te pones a estudiar, como prestas atención en tus clases, (tal vez virtuales todavía, por la causa de esta pandemia),  pues mira, ¿cómo aprovechas? o si, con facilidad te distraes y volteas a ver una noticia, un vídeo;  otro riesgo puede ser: el de hacer varias cosas al mismo tiempo.

la belleza esta al otro lado
la belleza esta al otro lado

Pues que sepamos… qué con ese estudio, que con este trabajo, con ese estar haciendo un rato de oración, con esa lectura, con lo que sea estamos, allí preparando ese Cielo. El cielo, que el Señor nos tiene prometido, «que Tu Señor nos tienes prometido»,  allí se cumplirán esas promesas de: «para siempre», de que es eterno, que no tiene fecha de caducidad, que no tiene límite.

ALGO MÁS GRANDE QUE NO SE PUEDE PALPAR

También sabemos, que en esta tierra nuestra, en esta vida, nos vamos a encontrar con una serie de decepciones; cómo encontrar el dolor, vamos a encontrar desazón. Y desde luego, tenemos muchos proyectos, muchos planes.  A veces, nos damos cuenta que no llenan nuestro horizonte… y queremos algo más y es que ahí, nuestro corazón nos está diciendo, que hay algo más grande, que justamente el cielo. Y todos esos proyectos, esas metas, esas cosas, esas ilusiones, esos sueños que podemos tener… pues, pueden ir de la mano con Dios.

Y no quedarnos únicamente en un horizonte meramente temporal, como muchas personas lo hacen, y qué piensan que lo que importa, es lo que uno puede hacer por sí mismo y lo que se puede hacer en esta tierra, es lo material, lo que se pueda palpar, lo que se pueda tocar,  las cosas de la fe y las cosas de la vida futura…  ¿no sabemos? porque no podemos ver… no vemos si existe el alma…

Y se puede pensar:»no, pongamos aquí las esperanzas;  en lo que tú, con tu capacidad, con tu cerebro, con tus manos puedes hacer, en lo que lo que tú puedes controlar».  Y a veces, podemos tener la tendencia de querer controlarlo todo, incluso, querer controlar el tiempo. y después desde un tiempo, después los días, después de una larga temporada, quedamos desilusionados.

Recordamos, la vida de este gran Santo que es San Agustín, que había experimentado tantas amarguras en su vida, porque había puesto justamente su esperanza en las cosas materiales, terrenales, en las modas de aquel entonces y encontraba únicamente amargura, porque desconocía a Dios.  Y tú y yo estamos haciendo este rato de oración es porque conocemos a Dios y queremos conocerle más y queremos amarle más.  Por tanto, vamos por el buen camino.

EN EL CORAZÓN DE JESÚS ESTA NUESTRA PAZ

Pues imitemos a San Agustín, qué un momento determinado su corazón no cabía en su pecho cuando encontró a Dios, antes no era feliz, porque buscaba la felicidad fuera de él y de allí que llegue a decir esta frase: que lo recoge, en sus confesiones:

«Nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti».

Pues allí, en el Corazón de Jesús, vamos a encontrar esa tranquilidad, esa paz, por eso que aunque hay una lluvia torrencial, que haya una nevada tremenda, pues no dejemos nuestros rato de oración, ese encuentro con Dios.

y bueno, poco a poco en los en los países de Latinoamérica se reanudan las misas… y a lo mejor, tú ya puedes asistir.  ¡pues qué maravilla! ¡qué maravilla poder tener al Señor!

Yo me encuentro con personas que pueden ir a misa y me dicen: «¡Padre, no es lo mismo ver la misa por televisión, por internet que asistir a la Santa Misa!».  Y ¿por qué? Porque ahí está Jesucristo.  Pues, vamos a buscar al Señor todo, en todo momento, todos los días de nuestra vida, hasta que podemos encontrarnos con él y darle ese gran abrazo en el cielo.

 


Citas Utilizadas

Ap 20, 1-4

11-21 2

Sal 83

Lc 21 29-33

Forja 999

Reflexiones

Señor mío,  que viva todos los días de mi vida: con los ojos puestos en el cielo y

 los pies enraizados en la tierra.

Predicado por:

P. Ricardo

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