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P. Ricardo

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CRISTO ES LA VERDADERA LUZ

En la fiesta de la Presentación del Señor, vemos cómo María y José llevan al Niño Jesús al templo, para presentarlo al Señor. De ese modo, Cristo, que es la verdadera luz, entra en el templo. Así debemos ser y vivir cada uno de nosotros, luz que brilla entre los demás, en la vida ordinaria.

40 DÍAS DESPUÉS DE NAVIDAD

Hoy se cumplen cuarenta días desde que celebramos la Navidad, el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hoy la Iglesia celebra la tercera parte de esta gran historia. La historia de la salvación, la historia de ese Dios que se ha hecho hombre por cada uno de nosotros.

Hoy celebramos la fiesta de la presentación del Niño Jesús. ¿Y esto qué significa? Pues esta fiesta de hoy recuerda, celebra cómo, y según la tradición judía, todo varón debía ser presentado cuarenta días después de su nacimiento. 

En este caso, como nosotros celebramos el 25 de diciembre el nacimiento de Jesús, el 2 de febrero es la presentación. Recordando aquello que nos dicen las Sagradas Escrituras. En concreto san Lucas  nos cuenta que María y José llevaron al Niño Jesús al templo y allí también se da la purificación de la Virgen santísima.

LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS

Es una fiesta que tiene mucha alegría porque es Jesús, niño todavía pero que es Dios; entra al templo. Y ese es el motivo por el cual, en esta fiesta tan bonita, la Iglesia nos ofrece esa oportunidad de la bendición de las velas. Velas que se encienden, que el sacerdote bendice. 

Representan a Jesucristo que es la luz de los pueblos, que entra al templo; el templo que era el lugar santo para los judíos. Por eso en muchas iglesias (seguramente así lo harán) se bendicen las velas, hay una procesión de entrada, también hay una posibilidad más sencilla, pero está allí de por medio: esa luz que es Cristo. 

“¡Qué bonito Señor! recordar esto, celebrar esto, que Tú eres la luz de nuestros corazones. Que en esa vela se representa, una vela que es tan pequeñita, tan sencilla, pero que Tú debes ser una llama que arda en el corazón de cada uno de nosotros, los hijos de Dios”. 

Cristo luz
FUEGO QUE ARDE

San Josemaría tenía esta idea muy clara (todos los santos), porque se dio cuenta, repitiendo esas palabras de nuestro Señor que ha venido, Jesucristo, a traer un fuego a la tierra y que quiere que arda. Y eso san  Josemaría lo entendió muy bien y sobre todo, entendió que era su responsabilidad: hacer que ese fuego, que es Cristo, esté en la tierra en medio del mundo y que se expanda.

Como esos incendios forestales que a veces vemos en la televisión, qué es una pena, porque devoran bosques enteros pero que tienen una fuerza terrible, que son imparables; y vemos como los bomberos hacen esfuerzos grandes y aviones cargados con agua, tiran pero no logran apagar ese incendio.

San Josemaría se dio cuenta que él debía hacer eso. Hacer que ese fuego de Cristo se extienda en los corazones de todas las personas con las que se encontraba. Por eso, san Josemaría no desaprovechaba ninguna oportunidad para hablar de Dios. Para tener esa conversación, humana y sobrenatural al mismo tiempo. 

Era un santo que sabía amar mucho. Que la gente se sabía muy querida por él, que se preocupaba desde las cosas más sencillas; si alguien estaba enfermo, si alguien necesitaba un consejo, que lo escucharan. Como también de las cosas de Dios, de las cosas sobrenaturales.

LA LUZ DE CRISTO

Y es esto, algo que tú y yo que estamos ahora contemplando este misterio de la vida de nuestro Señor, podemos imitar. Pensemos que el día de nuestro bautismo se encendieron unas velas; se encienden unas velas de ese cirio Pascual que representa a Cristo, que sostienen los padres, los padrinos, que es la luz de Cristo. Que deben cuidar en ese nuevo cristiano que ha sido bautizado.

Pues veamos cómo va en cada uno de nosotros, en nuestra alma, en nuestro corazón, esa luz de Cristo que recibimos en el bautismo. Tal vez para eso convenga recordar cuando fuimos bautizados y ver cómo cuidamos de esta fe que nuestro Señor nos ha regalado.

 ¿Cómo cuidamos de nuestra alma en gracia? En primer lugar, si estamos en gracia de Dios ¿Cuándo fue la última vez que me confesé? si tengo ahora mismo pecados mortales y que por tanto hacen que Dios no esté en mi alma; para ir corriendo, casi literalmente, a confesarme. 

San Josemaría también decía esto cuando se ordenaban nuevos sacerdotes en el Opus Dei, que lo podemos aplicar para todos los sacerdotes en el mundo entero, y es que: les dieran mucho trabajo. Y ese trabajo de los sacerdotes es básicamente celebrar la Santa Misa; traer a Dios a esta tierra y el sacramento de la confesión.

reconciliación
LA RECONCILIACIÓN

Por eso, acudamos si lo necesitamos ahora mismo, al sacramento de la confesión, el sacramento de la alegría, el sacramento de la reconciliación. Para que se nos devuelva esa luz. Y de este modo, tú y yo, podamos extender esta llama de Cristo. 

De hecho, en la vigilia Pascual sucede esto; que se enciende una vela del cirio Pascual y luego se van encendiendo las velas de las personas que están alrededor (la Iglesia suele estar a oscuras) y así van compartiendo ese fuego de Cristo, esa llama de Cristo. Es algo que tú y yo debemos hacer cada día, que es el apostolado. 

Ser apóstoles es algo integrante, parte importante de nuestra fe. No es únicamente creer en Dios ¡y ya está!; estoy cómodo en mi casa, no hago daño a nadie, rezo, voy a misa los domingos y ya está… 

Claro que no… Nuestra fe, es una fe activa y al mismo tiempo contemplativa. Porque si no somos contemplativos, si no tratamos a Dios seremos como estrellas fugaces que brillan un momento y luego se apagan. Que brillan un domingo y luego los otros días de la semana se apagan… 

VIVIR EL AMOR

Y no queremos eso, más bien debemos alentar, llevar a muchas personas a Dios porque lo necesitan, porque les hará mucho bien. Pensemos en nuestra familia, pensemos en nuestros amigos, en tanta gente. Y que también, por supuesto, con nuestro ejemplo de vida. 

Y allí, los cristianos, los católicos debemos ser muy ejemplares. Muy ejemplares en nuestra fe, que se vea que somos hombres y mujeres de fe. Que viven su fe, por supuesto que rezan, como estamos haciendo, tú y yo, en estos 10 minutos con Jesús. 

Que vivimos ese mandamiento nuevo, el más importante de todos, que es el amor. En cosas concretas, de cada día, no simplemente en buenos deseos, en cosas concretas. Tal vez debamos pensarlo ahora: Yo hoy ¿En este día que he hecho por los demás? ¿Qué he hecho por Dios? 

confiar
SER LUZ

¿Qué he hecho por los demás? ¿Qué he hecho por mi esposa, mi esposo, mi hermano, mi hermana, mi papá, mi mamá, mis amigos, mis amigas…? Ahí está el amor. Así, tú y yo, podemos ser esa luz que este mundo necesita, que a veces está como en tinieblas.

 Las tinieblas, la obscuridad es algo que no existe, es decir no hay un astro, bueno tal vez podemos decir los agujeros negros, que produzcan la oscuridad; la oscuridad es la falta de luz. Por eso, cuando tú y yo, aunque seamos poquitos y realmente no lo somos, si los católicos despertamos, seremos muchísimos. 

Que tú y yo nos decidamos a hacer las cosas bien, a vivir como hijos de Dios, apartarnos del pecado, aunque sea el pecado venial o la falta más pequeña y brillemos allí aunque estemos en tinieblas, ya no serán tinieblas al cien por ciento, ya  verán una luz que arde, qué es la luz de Cristo. 

 


Citas Utilizadas

Mal 3,1-4 o Heb 2, 14-18

Sal 23

Lc 2, 22-40

Reflexiones

Señor, que Tu luz arda en mi y pueda llevarla a todas las personas que pones en mi camino.

Predicado por:

P. Ricardo

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