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Victoria de Khamis

Lic. en Psicología, Master Psicología del Consumidor,Postgrado en Nutrición. Actualmente cursa un Doctorado en Business.

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¿Qué es realmente Pentecostés?

¡Oh Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo decirlo, que debo callar, cómo debo actuar, lo que debo hacer, para la gloria de Dios, bien de las almas y mi propia Santificación.

Se acerca Pentecostés. Pero ¿qué es Pentecostés realmente? Tal vez seas como yo y pienses, claro que sé que es el Domingo de Pentecostés, es cuando el Espíritu Santo vino en forma de lenguas de fuego y se posó sobre cada uno de los apóstoles (y la Virgen María), dándoles todo tipo de dones. Sí, eso es claro… pero, ¿y qué tiene que ver ese evento, de hace tanto tiempo, conmigo? ¡¡Que vivo en la época del Ipad y Google…en la época del COVID!! Pero si el Espíritu Santo pudo convertir a los entonces pavorosos apóstoles en verdaderos servidores de Cristo, en mártires, ¡en santos!, ¿qué podría hacer dentro de nosotros si nos esforzamos en reconocer Su voz en nuestro interior? 

Claro que no es un camino fácil. Para muchos crear una vida de oración es realmente un reto, sobre todo cuando el Facebook o el Instagram están  siempre presentes en el celular. ¿Cuántas veces dejamos de rezar por ver el último post de una celebridad, o por comparar nuestra vida con la de una compañera del colegio? Si simplemente generar un tiempo en silencio para orar con Jesús o la Virgen toma grandes esfuerzos, ¿cómo no va a ser difícil rezar con el Gran Desconocido, como le decía san Josemaría al Espíritu Santo? 

Pero, reconocer que Él vive en nosotros, desde nuestro bautismo, y no se va a ir. Sino que, al igual que las otras dos personas de la Santa Trinidad, nos ama, nos conoce, y más que nada, nos espera. Es más, cuando estamos en Estado de Gracia, el Espíritu Santo nos da dones, que de manera sobrenatural, enriquecen nuestra vida terrena y nuestra alma. 

Es posible que la relación con el Espíritu Santo al comienzo no se sienta tan natural como con Jesús o Dios Padre. Pero se la debe trabajar, porque es Él el consolador, el camino de amor entre el Padre y el Hijo. Y sí, quizás lo tenemos en nuestra mente alejado, como una Paloma blanca que aparece de vez en cuando en la Sagrada Escritura, y no como ese fuego divino que fortalece a los discípulos de Cristo. Pero, en realidad, invocándolo es la manera más directa en la que conocemos al Padre y al Hijo, y en la que nos santificamos. Todo esto me recuerda a una docu-serie de Netflix llamada Bebés, en la que unos científicos demuestran que mientras más cuida una madre o padre de su bebé, mayor conexión emocional genera. Es claro que cuidar de un recién nacido puede ser al comienzo cansado y muy duro, pero mientras más trabajan por el cuidado del bebé, más conectados en amor se sienten con los padres con sus bebés. Es similar a la relación que debemos generar con el Espíritu Santo, empezar a orar con Él puede ser cansado y largo, quizás hasta tedioso, pero este esfuerzo hará que poco a poco nos sintamos realmente conectados a él, y reconozcamos su verdadero amor por nosotros.  

Pidámosle al Espíritu Santo que en este Domingo de Pentecostés, se nos revele de forma clara, que venga a nosotros en nuestros momentos de flaqueza, y que nos convierta en esos soldados de Cristo, listos para mostrar con nuestra vida el verdadero significado de ser Cristiano, el amor.

Pintura de Pentecostés Nicolás Borrás (Cocentaina, 1530 – Alfahuir, 1610)


Escrito por

Victoria de Khamis

Lic. en Psicología, Master Psicología del Consumidor,Postgrado en Nutrición. Actualmente cursa un Doctorado en Business.

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