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P. Federico

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JESÚS DESPIERTA PARA DESPERTAR

Ante las tormentas de la vida (problemas, contrariedades, incapacidad, etc.) se nos olvida Jesús y hacemos esfuerzos por dominar la barca agitada por la tormenta. Decídete a despertarle sin miedo, a darte cuenta de que eres tú quien necesita redirigir hacia Él el rumbo de tu vida.

Comenzamos con un ejemplo claro de cómo terminaban los días para Ti Jesús.

“Aquel día, llegada la tarde, les dice: Crucemos al otro lado y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como se encontraba y le acompañaban otras barcas.  (…) Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal…” 

(Mc 4, 35-38)

Jesús duerme… estaba cansado… “Con todo el respeto, no estás cansado Señor, estás reventado…  Tan es así que te buscas un rincón en la barca y caes profundamente dormido.

Yo te vi cerrar los ojos y me diste envidia… yo, a veces, también termino el día cansado Jesús”, como todos, es normal.  Todos terminamos el día cansados y tenemos todavía cosas pendientes.

Por eso, ¡qué gusto me da ver a Jesús descansar, dormir! Tiene muchas cosas pendientes: la redención del mundo (por si fuera poco).  Pero lo veo dormido y pienso: “¿Con qué sueñas Jesús?”

Y me gusta pensar que sueña contigo y conmigo.  En esas estoy cuando empieza el movimiento del mar, el viento que sopla.  Está claro: ¡Tormenta! Entonces se nos olvida Jesús y hacemos esfuerzos por dominar la barca agitada por la tormenta.

Yo creo que eso describe tantas escenas, tantas situaciones de nuestras vidas: problemas, contrariedades, cosas que sentimos que nos superan, la barca ingobernable, sensación de descontrol, incapacidad y, lo que es peor: frustración, desesperación, desesperanza.

Pero la descripción de la escena es esa: es como un grito de: ¡tormenta! Entonces se nos olvida Jesús y hacemos esfuerzos por dominar la barca agitada por la tormenta; justo es eso.

BENDICIÓN URBI ET ORBI

El Papa Francisco nos daba la bendición extraordinaria Urbi et orbi hace poco más de un año (no sé si te acuerdas).  Yo te comparto sus palabras (algún comentario iré haciendo), porque pienso que todavía nos sirven para hacer nuestra oración.

Y no sólo pensando en la emergencia sanitaria a raíz del coronavirus, sino en esas tantas situaciones en las que nos vemos inmersos en nuestra vida, en las que nos parece que todo está patas arriba; o en las que nos encontramos en un callejón sin salida: ¡tormenta!

“Nos encontramos asustados y perdidos.  Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. (…) En esta barca, estamos todos.  Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: «perecemos» (cf. v. 38)

            (…) Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.  Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde.

            Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre”.

PARECE INDIFERENCIA

Pero Dios no es indiferente; parece que no le importa, pero a Dios le importa todo lo nuestro…

A veces las cosas parecen de una manera, pero son de otra.  No te dejes llevar por las apariencias.  Piensa en Jesús, voltéalo a ver y no te olvides de a quién estás viendo, que es Dios, Dios hecho Hombre.

“Después de que lo despertaron y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?»  (v. 40)

Tratemos de entenderlo”

nos anima el Papa Francisco.

“¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús?  Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron.  Pero veamos cómo lo invocan:

            «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38) No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención.  Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: ¿Es que no te importo?

            Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón.  También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie; de hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados”.

NO CREER EN DIOS

Y por eso a mí me parece que el miedo -ese miedo de los apóstoles, ese miedo nuestro, ese miedo por el que preguntas Tú Jesús-, viene de otro lado; viene de no creer en Dios.

Porque la verdad no es que dudemos de Dios en ese momento, que pensemos que se olvida de nosotros…

Sería más adecuado decir que nosotros descubrimos, porque queda al descubierto; que nosotros, tú y yo, nos habíamos olvidado de Él; que lo habíamos abandonado, éramos indiferentes y nos damos cuenta de ese error con miedo.

tormenta

Por eso decía el Papa:

“La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. 

            Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. (…) Con la tempestad se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos, siempre pretenciosos, de querer aparentar…”

¡TORMENTA!

Que no necesariamente se trata de cosas malas; a veces es que nos dejamos llevar por lo urgente, lo que nos parece importante: pendientes, cosas a hacer, correr de arriba abajo y no hay tiempo ya ni de rezar.

Aquella sensación que no llego pero que ahí voy; estoy ocupado, tengo metas que alcanzar, quiero esto y aquello… y nos come la cabeza. ¡Tormenta!

Yo te pregunto y me pregunto: ¿Y Jesús? Es triste, pero a veces ni nos preguntamos por Él.  Pensamos que puede esperar.  No es que no creamos en Su existencia, pero es como si estuviera dormido y no lo quisiéramos despertar.

Entonces, “Tú Señor, no es que reclames, es que nos quieres hacer pensar; quieres aprovechar la situación a nuestro favor”.

“»¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?» Señor, esta tarde Tu palabra nos interpela y se dirige a todos.  En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente sintiéndonos fuertes y capaces de todo.

Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.  No nos hemos detenido ante tus llamadas (…) Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”.

Así lo resumía el Papa.  Y lo primero es reconocerlo… porque sólo se puede cambiar lo que se acepta, como en el caso de las adicciones: un alcohólico necesita primero reconocer que tiene el problema.

Entonces, seguía el Papa:

“Ahora, mientras estamos en mares agitados te suplicamos: «Despierta Señor». «¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?»  Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe.  Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia Ti y confiar en Ti. (…)

            Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección (…) el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es.

            Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia Ti Señor y hacia los demás (…)”

Si Jesús sueña contigo y conmigo, ¿qué hacemos tan enfrascados en una tormenta olvidándonos de Él…? Aprovechemos esta oportunidad para restablecer el rumbo.

“»Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?» El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación.  No somos autosuficientes; solos nos hundimos.  Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas.  Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida.  Entreguémosle nuestros temores para que los venza”.

EL SEÑOR AVIVA NUESTRA FE

¿Tú y yo hacemos esto? ¿Aprovechamos así las situaciones en las que nos sentimos vulnerables? ¿En las que palpamos nuestra fragilidad…? ¿Nos llevan a darle un giro a nuestra vida, a nuestra actitud, a nuestra piedad…?

“El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe…”

Pensémoslo, recémoslo y dejemos a Dios que nos transforme (poniendo nosotros de nuestra parte, por supuesto).

“Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo.  Más Tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta.  Repites de nuevo: «No tengan miedo» (Mt 28, 5).  Y nosotros, junto con Pedro, «descargamos en Ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas» (cf. 1 P 5, 7).”

Acudimos a nuestra Madre, estrella del mar, para que nos guíe hacia Ti siempre, también cuando se divise una tormenta en el horizonte.


Citas Utilizadas

Job 38, 1. 8-11

Sal 106

2Cor 5, 14-17

Mc 4, 35-40

Reflexiones

Señor, yo no quiero tener miedo, auméntame mi fe.

Predicado por:

P. Federico

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