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P. Rafael

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TIENES VOCACIÓN Y LO SABES

Dios te llama, pero ves tus debilidades y tus miserias. ¿Cómo puede ser posible? ¿Por qué se fija Dios en mí? La vida de Pedro, especialmente en el Evangelio de hoy, nos ayuda a comprender en qué consiste la vocación que Dios nos propone.

LAGO DE GENESARETH

TIENES VOCACIÓN Y LO SABES

Hoy nos introducimos en el Evangelio como un personaje más. Esta vez estamos en las orillas del lago de Genesareth, ese que, en otros sitios del Evangelio suele llamarse el mar de Galilea.

Yo pensaba… ¡Si las aguas de este lago hablaran! Porque ellas han sido testigo de la juventud de los primeros cuatro apóstoles; allí ellos ejercieron su profesión hasta ese día en que Tu Señor, te insinuaste en sus vidas.

“En aquel lago tuvo lugar la pesca milagrosa y después de esa pesca -como recordamos- los discípulos dejaron barcas, dejaron las redes, dejaron todo para seguirte, para seguirte a Ti que querías hacer de ellos pescadores de hombres.”

“En esta última semana de Pascua, la Iglesia -en su sabiduría- nos recuerda que es, precisamente, en este mismo lugar en el que Tu Señor ya resucitado viniste a esperarlos.

Ellos tuvieron la necesidad de volver a ese antiguo oficio de pescadores donde Tú los habías llamado. Y como sucedió aquella otra noche, no habían pescado nada; y volvían al amanecer y también, esta vez, se sumergieron esas redes, bajo un mandato tuyo Señor, y sacaron ciento cincuenta y tres grandes peces.”

Juan -que tiene ese sexto sentido, producto del amor- intuitivamente sabe y distingue de quien es esa voz que les dijo: “Echen las redes hacia la derecha”. Y Pedro, más impulsivo, ya se había lanzado rápidamente al mar para ser el primero en llegar cerca de su Maestro.

PREGUNTAS A PEDRO

Aquí es cuando se produce ese diálogo que recoge el Evangelio de hoy, que nos desconcierta, pero también nos llena de una profunda esperanza. Tú, Señor, le dices a Pedro:

«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

(Jn 21, 15).

“Esto, yo me lo imagino, que lo pronunciaste con la mayor ternura posible. Porque a mí no me cabe en la cabeza que se lo hayas dicho con un tono de reproche o de desconfianza. Y, por supuesto Señor, ni que Tú fueras sordo, ni que no hubieras escuchado la primera vez que Pedro te respondió.”

Pero, aun así, le repites la pregunta hasta tres veces:

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

(Jn 21, 15)

Pedro lógicamente se entristeció porque tres veces la misma pregunta… ¿qué pasa que no hay seguridad, no hay confianza? Y te responde al final, Señor, eso que ya sabemos y que ya hemos dicho, también nosotros, tantas veces en nuestra confesión:

“Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo”

(Jn 21,17).

Seguro que estas tres preguntas, a Pedro, le hicieron acordarse de esas tres negaciones antes del canto del gallo. Esta misma tristeza – de la que habla el Evangelio el día de hoy- es la misma tristeza que en aquel momento lo hizo llorar amargamente por haberse dado cuenta de que no era tan fuerte como pensaba.

Por eso, por mucha ternura que hayas puesto en estas preguntas, Señor, al pobre Pedro no le pasa esta idea de la cabeza, es muy difícil que se olvide.

Tú lo llamaste en este mismo lago y por eso no es coincidencia lo que contemplamos en el Evangelio, del día de hoy, se produzca en ese mismo escenario.

LA VOCACIÓN

Pedro había recibido su llamada -su vocación– en este mismo lugar. Había gozado del privilegio de pasar horas en diálogo directísimo -de tú a tú- con Dios. El se había sorprendido porque en Tu nombre, Señor, “hasta los demonios se le sometían” (Lc 10, 17 cfr.).

Incluso le concediste ese singular consuelo sensible en el Monte Tabor, eso que les hizo decir:

“Qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas”.

(Mc 9, 5)

“Tres tiendas, Señor, que es más o menos lo mismo que te hemos dicho tantas veces, en las que Tu nos has permitido: que la oración nos salga con fluidez, que nuestras Comuniones sean más fervorosas, esos momentos en los que nos hemos dado cuenta de que, estar Contigo es pasársela muy bien.”

Yo creo que todo esto a Pedro lo reafirmó en su vocación. El sintió – medio en broma, medio en serio- de que Tú no te habías equivocado Señor. Capaz habrá dicho, algo así como: ¡Qué buena puntería tiene Dios al fijarse mí!

Esta seguridad hizo que él pensara que se podía contar siempre con él. Que le llevó a decirte, Señor, con la mejor intención del mundo:

“Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo nunca me escandalizaré”

(Mt 26,33).

Todos estos recuerdos seguramente pasaron en cuestión de segundos por su mente al escucharte repetir tres veces la pregunta de hoy: ¿me amas? Y creo que más que Tú al decir esto tres veces, más que querer presentar una duda, expresar una duda sobre la veracidad de lo dicho por Pedro, son una lección que a Pedro le hace replantearse su vocación. Es que Dios aún confía en él.

“Y ahora, ya sabiendo Pedro que no puede confiar tanto en sus propias fuerzas, recibe de parte Tuya Señor, este peso de una nueva responsabilidad: “apacienta mis ovejas”.

Nuevamente, la lógica de Dios no sigue los esquemas humanos. Lo normal es que en ningún empleo nos den mayores responsabilidades después de un fracaso estrepitoso. “Pues precisamente eso es lo que haces, Señor, con Pedro y también con nosotros. Y lo haces a cada rato.”

“Y esto porque Tú omnipotencia es capaz de sacar bienes a partir de males (¿Qué mayor prueba que la cruz?). Es que Tu omnipotencia es capaz que a partir de nuestra fragilidad sacar grandes cosas, y hoy Pedro lo ha comprendido como nunca. Que Tú no lo llamaste porque tuviese muchos dotes, ni mucho menos porque fuese mejor que los demás.»

Tal vez, a Pedro, le pasó por la cabeza el sentirse más fuerte o más experimentado en la vida que el joven Juan y resulta que el calvario fue para él un baño de realidad. ¿Cómo pudo él ser más fiel que yo? ¿Por qué si yo tengo vocación no soy tan bueno como pensaba?

EL SEÑOR NOS LLAMA PARA SER SANTOS

TIENES VOCACIÓN Y LO SABES

«Con estas tres preguntas tuyas, Señor, Pedro comprendió que no lo llamaste porque fuese santo, sino para que fuese santo. Esto que le pasó a Pedro ojalá que nos pasara a nosotros. Estas tres preguntas le hicieron comprender a él que lo que Tú viste, más que dotes o de virtudes en él -fue una capacidad enorme para amar-.»

Por eso la triple pregunta: ¿me amas? (hasta tres veces). Y a ti y a mí, que estamos haciendo estos 10 minutos con Jesús, Dios nos sigue llamando para hacernos la misma pregunta.

Por eso cuando sintamos esa llamada de Dios (la primera en la vida o las muchas que Dios nos hace a lo largo del día), no tengamos miedo por nuestras fragilidades y tampoco caigamos en esa soberbia que nos hace confiar en nuestras capacidades.

La pregunta de Dios sigue siendo: ¿me amas? ¿Hasta dónde llega tu amor? No sabes que nunca te pediré nada por encima de tus posibilidades, es más, todo lo que Yo te pida, puedes contar con mi ayuda, que es lo que más cuenta.

Las tres preguntas hablan de un Dios que tiene una paciencia impresionante porque aún ve en nosotros una capacidad de amar. Y ahora, Pedro tiene esta certeza, especialmente ahora cuando, Tu Señor, le profetizas que, a pesar de su vida pasada, su amor pasará la prueba final, cuando le adelantas con qué muerte había de glorificar a Dios. (Jn 21,19).

Eso será un amor con pruebas, un amor generoso, hasta la última gota, sin guardarse nada, a ejemplo del Maestro. Pedro te oyó decirle: “Y tú, sígueme” y ahí comprendió que esa llamada era con él y que era, sobre todo, una llamada a amarlo.

Tú y yo tenemos vocación, y lo sabemos. Ojalá respondamos con la misma prontitud y con la misma generosidad de Pedro, en este Evangelio del día de hoy. Ojalá entendamos esta llamada a ser santos como lo del Evangelio de hoy, que es un nuevo comienzo en una vocación que Pedro había recibido antes, pero que hoy adquiere un panorama nuevo: verlo todo como ocasión de amar a Dios con obras, confiando más en su gracia que en las propias fuerzas.

Termino con una cita de san Josemaría, a propósito del evangelio del día de hoy, en una homilía, él decía:

“A la vista de nuestras infidelidades, a la vista de tantas equivocaciones, de flaquezas, de cobardías -cada uno las suyas-, repitamos de corazón al Señor aquellas contritas exclamaciones de Pedro: ¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, precisamente por esas miserias mías, pues me llevan a apoyarme en Ti, que eres mi fortaleza. Y desde allí, recomencemos” (Amigos de Dios, 17).

Se lo pedimos a nuestra Madre, también, la Santísima Virgen, que nos ayude a ser humildes y nos ayude a confiar más en Dios. Y, sobre todo, que nos ayude a ser generosos y agradecer esta vocación a la santidad tan grande que Dios nos presenta, para así recomenzar cuantas veces haga falta.


Citas Utilizadas

Hch 25, 13-21

Sal 102

Jn 21, 15-19

Amigos de Dios, 17

Reflexiones

Madre, ayúdanos a agradecer esta vocación a la santidad tan grande que Dios nos presenta.

Predicado por:

P. Rafael

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