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¡SOY UN DESASTRE!

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CONFIANZA PLENA EN JESÚS

En el Evangelio de hoy leemos un milagro de Jesús muy particular. Es un ciego -hemos visto que Jesús cura a muchos ciegos- pero en esta ocasión, digamos que el milagro no se da de manera inmediata, sino que se da a través como de un proceso.

Primero “Jesús toma al hombre ciego de la mano, lo saca del pueblo, luego le pone saliva en los ojos y le pregunta si puede ver algo” (Mc 8, 23).

El hombre levanta la mirada y por lo que dice parece que no era un ciego de nacimiento, porque ya sabía cómo eran los árboles pues dice que puede ver a los hombres como árboles.

“Parecen árboles que caminan. Entonces Jesús puso de nuevo sus manos sobre sus ojos y su mirada quedó restablecida y vio todo claramente” (Mc 8, 24-25).

Pues queremos meditar un poquito en el motivo por el que Tú, Jesús, decidiste hacer un milagro en el que se diera, por decir así, como un proceso en el que tuvo que ir como de menos a más. Porque, en efecto, probablemente no era lo que esperaban los papás de aquel muchacho, que Tú lo curaras así de esa forma tan curiosa, poniéndole saliva en los ojos. Uno podría decir: ¿qué al caso la saliva?
Que ya se sabe que puede tener muchas bacterias, y ponerla sobre unos órganos tan delicados como pueden ser los ojos, y además para ser curados así, restablecidos… No parece que eso fuera a funcionar y, sin embargo, pues efectivamente no funcionó del todo al principio.
Quizás los papás estaban como esperando algo más espectacular, así como que Jesús levantara los ojos al cielo y proclamará una oración en voz alta y todo fuera así como muy increíble. ¡Y no! Tú, Señor, hiciste todo como de manera muy, muy sencilla, muy serena. Lo llevaste de la mano y fíjate cómo, el ciego tuvo que confiar en Jesús y tuvo que seguir a Jesús, a pesar de no estar en condiciones de ver por dónde lo va llevando.

LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

Y todo esto, pues quizás también nos está hablando como de una relación de confianza; de confianza en que Jesús tiene sus tiempos y sus momentos para hacer las cosas.
Efectivamente, cuando el hombre abre los ojos, pues no puedes ver como él quería, y lo bonito es que también se lo manifiesta a Jesús con sencillez y le dice que no puede ver bien. Y el proceso continúa hasta que ya finalmente puede ver perfectamente.

Pues tú y yo estamos hablando ahorita con Jesús, estamos haciendo nuestra oración con Él, porque tenemos como absoluta prioridad en nuestras vidas el poner a Jesús en el centro de todo lo nuestro. Sin embargo, a veces podríamos abandonar este ideal por confundirlo con el perfeccionismo, porque seguir a Jesucristo involucra siempre cierto abandono, una actitud de confianza en que quiero llegar al cielo, pero todavía no estoy en el cielo.
Y que, muchas veces, las cosas que le pido a Jesús en la oración, o las cosas que suceden en mi vida, no las acabo de entender, no acabo de saber bien por dónde me está llevando. Pero confío en Él y yo sé que esa confianza y ese abandono en sus manos le da sentido a mi vida. Es la virtud de la esperanza.

CONFIANZA Y ESPERANZA

Pues algo parecido a lo que vimos en la curación de este Evangelio del día de hoy sucede en nuestras vidas: las cosas no se dan de manera inmediata. Hay muchas cosas en nuestras vidas que no son ni perfectas, ni cuando se las pedimos al Señor Él las resuelve de manera automática.
Que en nuestra vida y en nuestro esfuerzo por estar cerca de Dios hay más bien un poco de relajo y que siempre tenemos que estar pidiendo perdón a Dios por nuestras faltas y equivocaciones, y que hay muchas cosas en nuestras vidas que quisiéramos que fueran diferentes.
Oye, pues como dicen los gringos, “Welcome to the real world” -bienvenido al mundo real. O sea, así es la vida cristiana. No es así como: ¡uy qué le vamos a hacer! sino que, probablemente ese relajo es parte de la voluntad de Dios para nosotros. ¿Qué nos quieres decir Señor con eso? Pues que tenemos que estar atentos a la tentación del perfeccionismo.

TODO O NADA: PERFECCIONISMO

¿Qué es el perfeccionismo? Pues podríamos decir que se puede definir como el que siente y juzga las cosas de una manera radical de todo o nada. El que dice: o todo está muy bien, perfecto como lo quiero, o es lo peor de lo peor y no quiero nada que ver con eso.

Es muy difícil lidiar con el perfeccionismo, porque así no es la vida, ni Jesús quiere que sea así nuestra vida.
Y cuando no aceptamos que Jesús quiere que nuestra santidad y la santidad de los demás pase precisamente a través de un proceso donde caben las equivocaciones podemos caer muy fácil en la frustración, porque el perfeccionista quiere que todo esté hecho ya -lo quiero bien y lo quiero ahora. Y se siente frustrado con sus defectos y con los defectos de los demás.
Vamos a poner un ejemplo: algo tan concreto como lo que estamos haciendo ahora, el deseo de hacer oración por algún motivo. ¿Tú por qué empezaste a hacer oración? Porque sentiste un deseo sincero de rezar, muy probablemente porque te vino por una inspiración del Espíritu Santo, o porque tuviste algún evento en tu vida que te golpeó fuerte -y también ahí estaba el Espíritu Santo-, y entonces comenzaste a querer corresponder de la manera más intensa, genuina y sincera que fuera posible a esa gracia de Dios.

PERFECCIONISMO

Pero ¡oh sorpresa! Te topas inmediatamente con tus equivocaciones, con tus distracciones, con tus pensamientos banales, con el sueñito, por no mencionar incluso hasta las tentaciones que se te pueden ocurrir cuando estás intentando rezar. Y ¿cómo reaccionas cuando te pasa esto? Bueno, si te sientes humillado concluyes pensando: Mira, yo quería rezar y terminé pensando en tonterías, o me terminé distrayendo, o incluso durmiendo… Qué frustrante que yo estaba en buen plan, aspirando a estar cerca de Dios, y haya terminado así; y abandonas la oración.
Bueno, pues si eso te pasa y concluyes que hay que abandonar el esfuerzo de intentar rezar porque es realmente imposible, porque eres un desastre, pues eso es perfeccionismo.
Y es un término equívoco porque a veces pensamos que si fuéramos perfeccionistas significaría que haríamos todo bien, todo perfecto. E irónicamente, es precisamente lo contrario: el hecho de que no hago todo perfecto y que eso me entristece, eso es lo que me hace ser un perfeccionista.
En el fondo el perfeccionismo es un sentimental. Sí, es el sentimentalismo. A ver, que todos tenemos esa tentación de no aceptar nuestras debilidades.

DERROTISTA

Y por eso en este diálogo con Jesús, que estamos teniendo ahora mismo, pues queremos alimentar la confianza en la gracia de Dios para salir al paso y vencer este perfeccionismo, y entonces lograr vencer los obstáculos que existen para que realmente seamos almas de oración. Y si digo almas de oración, puedo decir también cualquier otra cosa: lograr ser un buen deportista, un buen estudiante, o una persona ordenada….
Pues vamos a ser muy sinceros en nuestra oración y pedirle al Señor: “Jesús, dame tu luz para reconocer cómo muchas veces estoy controlado por esta tendencia al perfeccionismo, que es un sentimentalismo que me lleva a abandonar mis propósitos.
Dame tu luz porque quiero librarme de él, y para que alimentando la confianza en tu gracia te pueda seguir, aceptando con verdadera humildad y no con una humillación malentendida, mi mal carácter, las limitaciones de mi temperamento, pero que nada de eso me impida escuchar tu llamada en el centro de mi alma a seguirte. Señor, con tu gracia y con tu luz ayúdame a no rechazar el esfuerzo que supone alcanzar la santidad”.
Se lo pedimos a María: “Madre nuestra ayúdanos a superar esa, esa torpeza y consíguenos la gracia del Espíritu Santo para que entre en nuestras vidas y nos transforme del todo”.
Porque tenemos confianza en que, si Jesús ha querido escoger, operar de esta manera el proceso de nuestra santidad y de nuestro alcanzar virtudes para ser muy felices, pues es que es la mejor manera de vivir en esta tierra. Quiere decir que es una manera muy bonita de tomar en cuenta nuestra libertad y por eso sea bienvenida.

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