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Padre Josemaría

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SIN MIEDO A FRACASAR

Cuando no vea lo que es lo mejor para mí, cuando sienta que mi corazón va en otra dirección, quiero estar dispuesto al sacrificio, porque conozco a Aquel en el que he puesto mi confianza.

La historia de amor entre Dios y su pueblo, parece ser una historia de fracasos, como sucede en la parábola del Evangelio de hoy, de los labradores asesinos, que aparece como el fracaso del sueño de Dios. Hay un hombre que construye una viña y están los labradores que matan a todos los que envía el señor. Pero es precisamente de esos muertos que todo toma vida: los profetas, los hombres de Dios que han hablado al pueblo -que no fueron escuchados, que fueron descartados- serán su gloria. El hijo, el último enviado, que fue precisamente descartado por eso, juzgado, no escuchado y asesinado, se convirtió, dice el Evangelio, en piedra angular.

Pues una historia, la historia de la salvación, que parece ser una historia de amor pero después parece terminar como en una historia de fracasos. Pero que al final se revela como la auténtica historia de salvación, porque termina con el gran don de Dios, que del descarte saca la salvación, que del fracaso, del hijo descartado, nos salva a todos. “Y es aquí lo que queremos hoy,  contigo Jesús, meditar un poquito. La lógica del fracaso en Ti no tiene cabida, y lo recuerdas así a los jefes del pueblo, citando la escritura:

“La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”

(Mt 21, 42)”.

Pues, pide tú en tu oración y yo en la mia, la gracia del Espíritu Santo para entender un poquito mejor qué sentido tienen tus fracasos en tu vida. Cuántas veces hemos escuchado las palabras de Jesús en el Evangelio, pero quizá también cuántas veces las hemos malinterpretado o malentendido, o las hemos relacionado con ideas o conceptos equivocados, que más que revelar incluso oscurecen. Y creo que una es ésta: Jesús está en la Cruz y desde allí nos está invitando a seguirlo. “Señor, qué sentido tiene tu Cruz y tu muerte. Ayúdame a entenderlo, y sobre todo, a darme cuenta que la Cruz y que la muerte de Jesús no tienen tanto que ver precisamente con muerte, sino con resurrección”. Que cuando Jesús nos dice:

“la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular

(Mt  21, 42)

Nos está diciendo que la felicidad no la vamos a encontrar en la ausencia de fracasos, sino en una vida de sentido: qué sentido le doy en mi vida al fracaso.

Pues sea lo que fuere lo que Espíritu Santo quiere hablar contigo, pídele poder ver con más claridad, poder discernir a qué te está llamando y hacer a un lado esas malas entendederas de lo que quizá nosotros pensamos que aquello implica. “Porque a lo que nos estás llamando Jesús, es a la plenitud y a la afirmación de la única e irrepetible vida, que es la que nos has dado a cada uno. Como que nos estas tratando de explicar la paradoja: si quieres ser verdaderamente tú mismo -nos estás diciendo- vendrán momentos en los que tendrás que sufrir el fracaso, pero precisamente porque te estás acercando a mí y estás confiando en mí, lo que vas a descubrir es que te vas a convertir verdaderamente más en ti mismo. Esos fracasos te harán crecer, te harán madurar”.

Miremos a Cristo en la Cruz. Cuando Jesús va al Gólgota,  parece que lo ha perdido todo: su proyecto de vida, su misión, sus amigos, sus relaciones… Todas las cosas que su corazón humano habria valorado como valiosas, parece que han fracasado completamente. Pero, en la resurrección por su Padre y con el poder del Espíritu Santo, recibe todo de vuelta purificado, transformado y hecho eterno.

Y que cuando Jesús nos está llamando a eso, a seguirlo, de manera que se logren hacer realidad los buenos y auténticos deseos que ha puesto en nuestro corazón. Y que por el amor la Cruz puedan ser purificadas todas las cosas que nos afectan por el pecado -tanto por nuestros pecados, como por los pecados del mundo entero-, que podamos ser liberados de la esclavitud del pecado para que podamos vivir los auténticos deseos de nuestro corazón.

Y una manera que tenemos de refutar la llamada del Señor a tomar la cruz de cada dia y poder ser purificados, y poder ser liberados, es la falta de iniciativa en las cosas de Dios, que esconde una comodidad muy grande o un miedo muy grande al fracaso. Es puro miedo al sufrimiento.

Tenemos que reconocer que por miedo al sufrimiento muchas veces no estamos dispuestos a correr el riesgo que implica poner toda nuestra cabeza y todo nuestro corazón en algo que no tenemos certeza de si nos va a salir bien. Y tenemos miedo al fracaso. Y antes que fracasar y ofrecerle al Señor ese fracaso, preferimos la cobardía de simplemente no hacerlo, porque nos pone nerviosos lanzarnos a hacer algo en donde no tenemos todo el control. Pero fíjate bien -es que, así nadie haría nada.

Jesús por eso siempre nos está diciendo: ‘tú confia en Mi, sígueme. No te estoy pidiendo certeza de Mí, como tampoco la tuvieron Pedro y los apóstoles’. Y siempre hay una parte de nosotros que se resiste: hay algo como muy arraigado en nuestra cultura, que es la canonización de lo espontáneo, de pensar que la idea de que solo puedo hacer libremente lo que surge espontáneamente en mi interior -lo que a mi se me ocurra- ese es mi más sincero yo, y del otro lado están las reglas, la autoridad, las obligaciones y todas las cosas que se supone que debo hacer. Y “la libertad” -entre comillas- consiste en mi habilidad para no dejarme oprimir por esas reglas y esa autoridad, y esas cosas que se supone que debo hacer, sino seguir lo que espontáneamente surge de mi interior. Y si las cosas de Dios oponen resistencia en mi interior, significa que no me convienen.

Pues qué importante para nosotros los cristianos es que evitemos ese conflicto, porque es un falso conflicto. Nos puede servir ver el mismo ejemplo en la vida de Jesús.

Ponte a pensar en la propia lucha que tiene Jesús en el Huerto de los Olivos cuando le dice al Padre:

“Si es posible has que pase este cáliz de mí. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”

(cf Lc 22, 42).

“Aqui te estamos viendo Jesús, experimentando una resistencia al hecho de que en tu corazón y en tu mente, hay una parte que dice: Padre, no quiero esto, lo encuentro muy difícil, quisiera que fuera de otra manera. Y cómo nos sirve verte rezando esto en confidencia con tu Padre con toda sinceridad”. Necesitamos entender esto para que cuando nosotros nos sintamos igual, que lo que Dios nos pide es muy difícil, en vez de pensar: no es para mí, porque me conflictúa, no ver ese sentimiento como algo raro o problemático. Jesús mismo, que es perfecto Dios y perfecto Hombre, lo ha experimentado. Y en ejercicio de su perfecta libertad, nos está enseñando cómo encauzar nuestro corazón humano con el corazón del Padre, y para que no nos sorprendamos de que aquello que implica lucha y esfuerzo vale la pena.

No significa que no estamos siendo auténticos, sino lo opuesto. Que cuando Jesús dice: no lo que yo quiero, sino lo que tú quieras, lo que está expresando es su deseo más auténtico y genuino, porque lo que más quiere Jesús sobre todas las cosas, es su unión con el Padre. Porque vive de ese Amor, y es ese amor el que comparte con sus discípulos y con sus amigos más cercanos.

Por eso cuando nosotros en la oración le decimos: “Señor, no lo que yo quiera, sino lo que Tú quieras”, no nos estamos vaciando de los deseos de nuestro corazón, sino los estamos cumpliendo de la manera más auténtica, nos estamos purificando. En cambio, cuando no confiamos en Dios, cuando confiamos en nosotros mismos, cuando dejamos que sea la inseguridad y el miedo lo que determinan lo que hacemos y lo que no hacemos, es entonces cuando son falsificados los más sinceros desos de nuestro corazón, y se vuelven otra cosa: se vuelven arrogantes, orgullosos, se vuelven con un sentido falso de independencia.

“Pues Jesús, no lo que yo quiera, sino lo que Tú quieras. Porque, en el fondo, lo que yo más quiero es lo que Tú quieras. Porque sé que Tú quieres estar totalmente unido a mí y quieres lo mejor para mí y que sea el más feliz del mundo aquí y luego eternamente. Yo creo que Tú quieres lo mejor para mí y por eso cuando no vea lo que es mejor para mí, cuando sienta que mi corazón va en otra dirección, quiero estar dispuesto al sacrificio, quiero perder el miedo al fracaso, quiero estar dispuesto a sufrir. Porque te conozco, porque conozco a  Aquel en el que he puesto mi confianza y sé que este sacrificio es momentáneo, se pasa, y lo que viene después, lo que se abre a mi entendimiento y a mi corazón, es libertad pura, es vida, y la satisfacción de lo que realmente deseo, la plena satisfacción de lo que realmente quiero”.

Vamos pedirle a la Virgen que estuvo al pie de la Cruz y que sufrió con dolor en su corazón, pero no desesperación, porque Maria entendió desde el primer momento de su fiat, dijo:

“Hágase en mí según tu palabra”

(Lc 1, 38).

Y lo dijo con una auténtica personalidad. “Madre, te pido me ayudes a imitar esa personalidad tuya porque sé que es la plenitud de tantísimas cosas, precisamente porque fuiste capaz de decir que sí a la Cruz y lo que la Cruz significa.


Citas Utilizadas

Is 5, 1-7; / Sal 79 ; / Flp 4, 6-9; / Mt 21, 33-43.

Reflexiones

Señor, que llevar mi cruz de cada día y repetir siempre: No lo que yo quiero sino lo que Tú quieras.

Predicado por:

Padre Josemaría

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