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¡SEÑOR SÁLVAME!

¡SEÑOR SALVAME!
JESÚS NO NOS ABANDONA

El evangelio de hoy, de san Mateo, nos propone el siguiente pasaje:

“Que después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que se subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua, los discípulos viéndole andar sobre el agua se asustaron y gritaron de miedo pensando que era un fantasma, Jesús les dijo enseguida: – !Ánimo! Soy yo, no tengan miedo.

Pedro le contestó: – Señor, si eres Tú, mándame ir hacía Ti andando sobre el agua.

Él le dijo: – Ven.

Pedro bajó de la barca y echó andar sobre el agua acercándose a Jesús. Pero al sentir la fuerza del viento le entró miedo y empezó a hundirse, y gritó: – ¡Señor sálvame!

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: – Que poca fe, ¿por qué has dudado?

Cuando subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se mostraron ante él diciendo: – Realmente eres Hijo de Dios.

Terminada la travesía llegaron a tierra en Genesaret y los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron donde Él a todos los enfermos. Le pedían tocar siquiera la orla de su manto y a cuantos la tocaron quedaron curados”

(Mt 14, 22-36).

LA ORACIÓN

Vemos como en un principio de este evangelio, el Señor se retira al monte a orar toda la noche, después de aquel día en que hizo la multiplicación de los panes y los peces, y los dio a toda la muchedumbre.

El Señor alejándose de la gente, manifiesta que quiere tener intimidad, una intimida mayor con el Padre. La necesidad de orar a solas, apartado de la muchedumbre.

En algunos pasajes del Nuevo Testamento hemos leído que el Señor no tenía tiempo ni para comer. Eso nos enseña a ti y a mí que siempre podemos buscar el tiempo para orar; para hacer oración. No tenemos excusa para no hacerlo es cuestión de buena voluntad, de ordenarse, de aprovechar el tiempo y así podremos conseguir ese tiempo necesario para estar en la intimidad con nuestro Padre Dios.

Se aleja el Señor de sus discípulos, pero no es que Él se desinterese de ellos. No nos abandona el Señor, ¡nunca!

EL MAR, LA TEMPESTAD Y LA BARCA

Es impresionante este episodio del evangelio de hoy: el Señor caminando sobre las aguas. Debió haber impresionado mucho los apóstoles. Se debió haber grabado vivamente entre esos recuerdos. No solamente san Mateo, sino también san Marcos lo trae en su evangelio, que lo debió haber oído del propio san Pedro; san Juan también.

Para los expertos, las tempestades en el Lago de Genesaret son frecuentes y constituyen un grave peligro para las embarcaciones pesqueras y más en aquella época en las que serían embarcaciones pequeñas.

Desde lo alto del monte, el Señor en oración no olvida a sus discípulos. Los vería desde ahí, esforzándose en luchar con el viento (que les era contrario), con el oleaje. Y terminada su oración, se acerca a ellos para ayudarles.

Fue un episodio que nos sirve para nuestra vida cristiana. Es tradición, en los comentadores de este evangelio que, “el mar” simboliza la vida, la vida presente, también la inestabilidad del mundo visible. “La tempestad” indica toda clase de dificultades, problemas, tribulaciones, dolores, limitaciones que muchas veces ocurren al hombre. Y “la barca”, en cambio, representa la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los apóstoles.

TENER CONFIANZA EN JESÚS

También la Iglesia, como la barca de los apóstoles, se ve en muchas ocasiones con graves dificultades, tribulaciones, se ve combatida. Pero el Señor vela por ella, acude siempre a salvarla; no sin antes, haberla dejado luchar para fortalecer ese temple de sus hijos. Y les anima:

“- Tengan confianza, soy yo, no teman.”

Y vienen después las pruebas de fe, de fidelidad. La lucha de cada uno por mantenerse firme y después o muchas veces el grito de súplica del que se ve que sus propias fuerzas, su fortaleza, no le da para más y decimos: “Señor sálvame”, palabras de Pedro que vuelve a repetir (como hace dos mil años) toda alma que acude a Jesús como su verdadero salvador.

Después el Señor nos salva y al final brota la confesión de la fe que entonces como ahora debemos proclamar: verdaderamente eres Hijo de Dios.

Bien, Pedro aprende y aprender no tan rápido, pero va aprendiendo a golpes, que su fortaleza le venía del Señor, mientras que de sí mismo (cómo nosotros) sólo podemos esperar flaquezas, miseria, limitaciones.

LA GRACIA DIVINA

También el Señor espera nuestra cooperación. Cuando falta nuestra cooperación, falta también la ayuda de Dios; y de allí es el reproche que le hace el Señor: “Hombre de poca fe…”.

Por eso, cuando Pedro empezó a dudar, empezó también a hundirse, hasta que, de nuevo lleno de fe, gritó: “- Señor sálvame”.

Pedro caminó sobre las aguas, no por su propia fuerza, sino por la gracia divina en la que cree. Y cuando lo asaltó la duda, cuando no fijo su mirada en Jesús, sino que tiene miedo del viento, cuando no se fía plenamente de la palabra del maestro, quiere decir que se está alejando interiormente de Él y entonces corre el riesgo de hundirse en ese mar de la vida, como pasaría también igualmente a nosotros.

Si sólo nos miramos a nosotros mismos, dependeremos de los vientos, de las olas, no podremos ya pasar por las tempestades, por las aguas de la vida. Así como Pedro, flaqueamos en algún momento, pues también cómo el, esforcémonos en nuestra fe e invitemos a Jesús para que nos venga a salvar.

Como siempre, también acudimos a nuestra madre Santa María, modelo de abandono total en Dios, para que, en medio de tantas preocupaciones, problemas, dificultades que pueden agitar el mar de nuestra vida, pues, resuene en nuestros corazones esas palabras tranquilizadoras de Jesús, que nos dice también a nosotros: -Ánimo soy yo, no tengas miedo y aumenté nuestra fe en Él.

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