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P. Juan Carlos

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JESÚS, REINA EN MI CORAZÓN

Jesús, que reines en mi corazón, que no busque otros sucedáneos, que no me deje llevar por la comodidad, el poder, la vanidad, la soberbia o por los resentimientos, venganzas y desatinos. Que sólo Tú reines y me ayudes a limpiar mi corazón de las cosas que no van.

Empezamos este rato de oración, en este sábado de la primera semana de tiempo ordinario, donde la Iglesia nos propone un extracto del Evangelio de san Marcos.

LA LLAMADA DE LEVÍ

En concreto, es algo que hemos escuchado mucho en estos ratos de oración, es la llamada de Leví, de Mateo.

Y dice:

“Jesús salió de nuevo a la orilla del mar y toda la gente acudía a Él y les enseñaba.  Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo”

(o sea el hijo de Alfeo)

“sentado al mostrador de los impuestos y le dice: “sígueme”.  Se levantó y lo siguió”.

(Mc 2, 13-14)

Y después continúa con la comida en la casa de Leví.

SÍGUEME

Es increíble cómo Marcos no pone más matices, sino simplemente una escena en la que Jesús ve a Mateo -a Leví- y le dice:

“Sígueme”.

Renglón seguido:

“Se levantó y lo siguió”.

No dice: discutió; no dice empezó a ver si era lo suyo, no hizo un periodo de discernimiento ¡no!  Jesús le llama: Leví, Mateo se levanta y le sigue e, inmediatamente, parte el Evangelio con la continuación que es una comida en casa de Leví.

LA VOCACIÓN

reina

Estos días estaba reflexionando sobre el tema de la vocación; he tenido la suerte de acompañar a una persona que era un supernumerario, que acaba de morir hace pocos días y me ha llamado mucho la atención su paz, su entereza y su vida.

Una vida que podríamos resumir igual que este Evangelio de san Marcos: que Dios le llamó y él no se hizo lío, sino que se levantó, le siguió y le ha seguido durante toda su vida.  Ha muerto casi a los ochenta años, ha dejado una estela llena de frutos cuajados.

Debo decir que, celebrando la misa, me emocioné (no soy un tipo que sea emocional) pero yo creo que el Señor a veces nos toca los corazones a los curas también y yo creo que la culpa, en definitiva, es por la vida de este hombre tan profunda.

RECORDARÁS

Pero fue porque la lectura que proponía la misa (que es la que utilizamos para ese momento) es la lectura que también es seguida sobre el libro de Samuel en el capítulo octavo.

“Se presentan los judíos donde estaba Samuel y le dijeron: tú eres ya un anciano, nómbranos, por tanto, un rey para que nos gobierne como se hace en todas las naciones”.

(1Sm 8, 4-5)

            “Danos un rey para que nos gobierne”

y Samuel le pareció mal que hubieran hecho eso porque se entendía que el rey de Israel era Dios.

SEGUIR A DIOS EN TODO

Hasta ese momento, los judíos no habían tenido rey; tenían los profetas, tenían jueces, tenían otras figuras que eran las que dirigían al pueblo, pero nunca un rey porque se entendía que el Rey era Dios.

De hecho, les intenta disuadir, les dice todas las cosas que pueden venir encima de ellos y Dios le habla a Samuel y le dice:

“Dales un rey, escucha la voz del pueblo en todo cuanto te digan.  No es a ti a quien rechazan, sino a Mí para que no reine sobre ellos”.

(1Sm 8, 7)

Yo veía la vida de esta persona, de la que te estoy contando y veía que, en cambio, él había seguido a Dios como Mateo; había seguido a Dios en todo.

JESÚS, REINA EN MI CORAZÓN

Dios había sido su Rey, no había hecho que otras personas sean su rey u otras cosas y eso había logrado que su vida sea fecunda.

“Jesús, yo te quiero pedir hoy: Reina en mi corazón, que no busque otros reyes en mi vida; que no me deje convencer ni por la comodidad, ni por el placer, ni por la vanidad, ni por el poder, ni por el renombre, ni por la posición, ni ninguna de estas cosas que intentan darme como un sucedáneo de tenerte a Ti como Rey.

JESÚS, NO ME DEJES

Que no me pierda, que no deje de ver Tu Luz Señor, yo quiero que seas Tú mi Rey, el que me guía en mis caminos, en mis decisiones, en mis formas de actuar.

Que no me deje guiar ni por el dolor, ni por la contradicción, ni por otras cosas que, tal vez, me puedan sacar del camino.

LA VIDA QUE VALE LA PENA VIVIR

Tú eres mi Rey y Señor y quiero estar muy cerca de Ti en lo que me digas, en lo que quieres que haga y no quiero tener ningún otro señor.  Jesús quiero que Tú seas mi Señor, que Tú seas todo para mí”

Esa es -me parece- la vida que vale la pena vivir.  Eso es lo que vi en esta persona que acabo de enterrar: una vida que valió la pena y se veía eso en la cantidad de rostros que acompañaron su velorio y, por supuesto, los últimos momentos suyos y acompañado de sus hijos; una vida que valga la pena.

EL MUNDO NOS INTENTA DISUADIR

Ahora, hay que reconocer que el mundo nos intenta disuadir de esto; intenta que no respondamos como respondió Mateo, porque Jesús no hace muchas cosas para presentarse delante de Mateo y decirle:

“Sígueme”.

Simplemente asoma y le dice:

“Sígueme”.

No hace grandes antesalas, ni produce milagros fabulosos delante de él para que se dé cuenta que le está llamando.  No, para nada, simplemente se presenta y le dice:

“Sígueme”.

SABER SER FIEL

Que en tu vida, cuando se presente Jesús y te diga: sígueme, que no le des la espalda o que no busques otros reyes; que no busques otras cosas que llenen tu corazón; que sepas ser fiel, que sepas corresponder a todo el amor que Dios te da.

“Y lo mismo digo yo, porque para mi vida también Señor, que sepa siempre decirte que sí” -porque el primer sí, de acuerdo, es importante-, “pero una vocación implica un montón de si’s; un recomenzar una y otra vez”.

San Josemaría en Camino decía:

“Si ves claramente tu camino, síguelo.  ¿Cómo no deshechas la cobardía que te detiene?”

(Camino, punto 903)

EL SÍ INICIAL

Pero seguir el camino no es simplemente decir el sí inicial; es decir muchas veces sí, porque ahora ya a los que ya se han entregado, a los que están viviendo su vocación, lo que tenemos que decir es que nos de ese resello, esa firmeza de autenticidad, ese decirle esos sí más pequeños.

Que nos tiene que acompañar durante toda nuestra vida.  Es como escoger diariamente de nuevo a Dios, decirle de nuevo: “Señor, quiero que reines en mi corazón”.

REINA EN NUESTRO CORAZÓN

Jesús, en este rato de oración te lo decimos todos los que estamos escuchando estos 10 minutos con Jesús:

“Reina en nuestro corazón, quita lo que hayamos puesto en ese trono y siéntate Tú Señor; quita los miedos, quita el resentimiento, la venganza, quita las envidias Señor, quita todas las cosas que no te gustan y quédate Tú.

Quédate Tú, porque sólo queremos servirte a Ti; sólo queremos hacer las cosas que a Ti te agradan, porque sabemos que es la única forma, además, de ser felices aquí y felicísimos en el Cielo”.

¡QUÉ ENVIDIA!

¿Cómo estará ahora gozando de Dios este buen hombre que hizo tanto bien en estos ochenta años que ha vivido en la tierra? ¡Qué envidia! Esa sí es la envidia sana de poder también gozar luego de su Rey; gozar de Ti Jesús, mi Rey también.

“Quisiera yo también morir así Señor, con esa respuesta siempre afirmativa a Tu requerimiento.  Hoy te ponemos estos propósitos en manos de nuestra Madre la Virgen”.

Ella es Reina también por supuesto, es la Madre Reina, a ella acudimos: Reina de todos los Cielos, ayúdanos a confirmar este propósito de que Dios reine en nuestros corazones.


Citas Utilizadas

1Sm 9, 1-4. 17-19; 10, 1a

Sal 20

Mc 2, 13-17

San Josemaría, Camino, punto 903

Reflexiones

Reina en nuestro corazón, quita lo que hayamos puesto en ese trono y siéntate Tú Señor; quita los miedos, el resentimiento, la venganza, las envidias; quita todas las cosas que no te gustan y quédate Tú, porque sólo queremos servirte a Ti.

Predicado por:

P. Juan Carlos

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