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PRESENTE, LO ÚNICO QUE TENGO

la alegría

EL  PRESENTE

Vamos a empezar cantando un poquito en este ratico de oración, una canción de Julieta Venegas, mexicana. Canta muy sabroso. Además, toca el acordeón de manera muy simpática. Una canción que creo que se titula El presente.
“Señor, hoy amanecí con esa canción en la cabeza. Entonces, si nos sirve para rezar, estupendo”. El estribillo de la canción dice así:

El presente es lo único que tengo

El presente es lo único que hay

Es por eso mi vida, por quien puedo sentir

Que merece la pena vivir.

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Así dice la canción. El presente es lo único que tengo; el presente es lo único que hay.
“Jesús, te has marchado al cielo. Hace un par de días celebramos la solemnidad de la Ascensión. Y a tus seguidores, a tus discípulos, a tus hijos, nos toca ahora seguir corredimiendo aquí en este mundo. Ahora nos toca a nosotros aplicar los méritos de tu Pasión, de tu muerte en la Cruz y ahora de tu gloriosa Ascensión a los cielos”.
Y nos espera la vida común y corriente, la vida normal; y ahí estamos llamados a la santidad, a santificar cuanto tocamos.

“Es muy bonito saber, Señor, que cuando Tú te vas y coronas tu obra aquí en la tierra, manifiestas a tu Padre eso y le dices: No te pido que los saques del mundo, de su ambiente, de su sitio, de su trabajo, de sus relaciones sociales. Jesús quiere dejarnos el mundo para santificarlo, para mejorarlo, para poner a sus pies a las almas, al trabajo que tenemos, a las instituciones, a la vida pública, a las relaciones sociales… Todas las actividades, ponerlas a los pies de Dios”.
Por eso el presente. Es lo único que tenemos y es en donde tenemos que gastarnos, dejar la vida; aquí, hoy, ahora, en lo que tenemos por delante.

CORREDENTORES DEL MUNDO PRESENTE

En esa primera lectura de hace dos días de la solemnidad de la Ascensión, es muy simpática la aparición de dos ángeles que le dicen a los apóstoles: Vi Galilei, quid estatis auspicenses in caelum: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hch 1,11).
Porque, dice:

“A la vista de ellos fue elevado al cielo hasta que una nube se lo quitó de la vista. Y cuando miraban fijos al cielo mientras Él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: Galileos…” (Hch 1, 9-11).

¿Qué hacéis ahí parados, plantados, estáticos? No, no. ¡A trabajar! A volver a las ocupaciones cotidianas, normales; a proseguir la misión de Jesucristo, a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra, a mejorar la calidad de la vida en la tierra…
Y no es que cada uno busque su propio beneficio, su propia santidad. No es que cada apóstol y cada discípulo salga de ahí diciendo: Bueno, yo me voy a salvar mi pellejo; yo me voy a buscar mi santidad…  ¡No! Tenemos que ir a abrir brecha, terreno.
San Josemaría escribía en Es Cristo que pasa, ese libro de homilías que es muy bueno porque tiene homilías en diferentes momentos litúrgicos del año, en las diferentes solemnidades. Dice:

“Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura que ha de informar la masa entera”. (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 120)

¡Ahí está! Abrir brecha, abrir camino, abrir trocha. Eso nos toca ahora en el mundo que tenemos por delante; ahora, en nuestro trabajo, en nuestra vida cotidiana, normal, común y corriente.

EL ESPÍRITU SANTO LLEGA EN EL HOY

“Jesús, y ahora preparamos la venida del Espíritu Santo, que quiere venir sobre nosotros, que Tú nos lo vas a enviar, nos lo quieres enviar”.

“Conviene que yo me vaya, porque si no, no podré enviaros el paráclito”,

el consolador, el Espíritu Santo. (Jn 16, 7).
Y me parece que vivir el presente es una condición para recibir el Espíritu Santo. Eso -le estoy dando vueltas en estos días-, eso es lo que tengo en mi oración estos días. Vivir muy bien el presente, también como condición para recibir el Espíritu Santo. Porque cuanto más estamos en el presente, en el momento presente, y evitamos volver al pasado o proyectarnos mucho al porvenir – ¿qué será de mí?… No. Si estamos más en el momento presente, más en contacto estamos con la realidad, más en contacto estamos con Dios y más en contacto estamos con los recursos interiores que nos permiten asumir la vida, nuestra vida.
Estamos más receptivos, por ejemplo, a la gracia de Dios. Dejar los lamentos estériles, rumiar el pasado, las inquietudes también por el porvenir, porque eso nos separa, Señor, de tu gracia, de la gracia del Espíritu Santo.

EL PRESENTE DONDE ESTAN TUS PIES

Dejar el pasado en la misericordia de Dios -eso ya lo he dicho yo varias veces en estas meditaciones. Dejar el pasado en la misericordia de Dios. Confiar nuestro porvenir, nuestro futuro a tu providencia, Jesús, y el presente en el amor. Hoy, sencillamente, hacer lo que nos toca hacer y hacerlo con mucho amor, y así nos disponemos a recibir la gracia de Dios, la gracia del Espíritu Santo.

El presente. Eso sí: una cosa y después otra, una cosa y después otra. Terminarla bien. Terminar las cosas bien. Si cada cosa es lo que es, llegaremos a mucho más; llegaremos a hacer mejor las cosas. Si yo estoy rezando ahorita en estos diez minuticos, es rezando. Es verdad que yo puedo escuchar estas meditaciones mientras me cepillo los dientes o preparo el desayuno o voy trotando… ¡Sí! Pero qué bueno también alguna vez hacerla para hablar contigo, Jesús. Y si de repente, Señor, se me viene encima un problema, una contrariedad ¡pues bendito sea Dios! A vivir la vida como viene, decía el papa en Panamá. Hay que vivir la vida como viene. ¿Cierto?
El ejemplo que tengo hoy es San Pablo que parece en la primera lectura. San Pablo dice:

Todo el tiempo he estado aquí sin omitir nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos para que se conviertan a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús” (Hch 20, 18-21).

Eso dice San Pablo: hoy, ahora estoy haciendo esto y eso es lo que estaba haciendo. Pero luego sigue:

“Y ahora mirad, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu. No sé lo que me pasará allá, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del evangelio de la gracia de Dios” (Hch 20, 22-25).

San Pablo va al día; san Pablo va viendo su día a día. Si en un futuro me esperan cadenas y me espera la cárcel, me esperan tribulaciones, bendito sea Dios. A mí no me importa. A mí no me importa porque el Espíritu Santo va a estar ahí conmigo y ahí me dará la gracia. En el presente es donde me va a dar la gracia a Dios y el Espíritu Santo.
Pues Jesús, hoy y ahora, aquí y entre las ocupaciones que tengo entre manos, es donde me va a llevar tu gracia y es donde Tú me esperas también para yo llevar tu mensaje, el mensaje del Evangelio a toda la gente, a todas las partes. Vamos a confiar esto también en manos de nuestra Madre, Santa María.

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