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P. Javier

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PERDÓN

Jesús nos invita hacer más que lo que podríamos con nuestras fuerzas, amar al enemigo. Con su gracia podemos lanzarnos a esa aventura.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio les digo: Amen a sus enemigos, recen por los que los persiguen; así serán hijos del Padre de ustedes que está en el Cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos”

(Mt 5, 43-45).

Y sigue un poco más este Evangelio que nos da un tema “para hablar con Vos, Jesús, que nos pedís algo difícil, algo que parece que es más que lo que corresponde: querer al enemigo, querer al que no te quiere. Parece algo más, incluso de lo natural”.
Hoy en día, puede que nuestro tiempo sea un poco más individualista en este sentido y muchas veces se mide en términos de si me conviene o no me conviene, hasta dónde algo me hace bien o mal, incluso una persona, si me tengo que alejar… “Y Vos, Jesús, nos pedís más que esto”.
Me acuerdo un amigo que decía un poco en chiste: tenemos que hacer lo imposible; lo difícil o lo posible lo hace cualquiera. Nosotros, lo imposible.
“En realidad nos pedís, Señor, lo que es imposible para nuestras fuerzas: querer así a alguien que no nos quiere. Pero bueno, creemos que si nos lo pedís nos vas a dar Vos esa fuerza que no tenemos, nos vas a dar la gracia para emprender lo que para cada uno sería imposible. No podríamos solos”.
Un aspecto de este amor al enemigo es saber perdonar, perdonar de corazón al que nos ha hecho el mal. “En esto Vos, Jesús, sos el Maestro, como en todo, pero en particular quizá, cuando desde la Cruz, mientras te clavaban en ese madero, rezabas:

“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”

(Lc 23, 34).

Los justificabas. Y también nos perdonaste a nosotros”.

PERDONAR DE CORAZÓN

perdón
La verdad, siempre podemos pensar, cuando nos toque perdonar a alguien: “bueno, a mí Dios me perdonó más”. Y en ocasiones nos puede parecer que es difícil, que no podemos porque veo a esa persona y recuerdo lo que me hizo, me brotan espontáneos sentimientos de ira, de querer hacer justicia. Y hay gente que dice que el que perdona de verdad olvida y en realidad eso no es tan así.
Hay un artículo muy bueno sobre el tema del perdón en la página del Opus Dei, de Jutta Burggraf que salió en el año ’21 y ella dice que perdonar es un poco reconciliarse con el pasado, no olvidarlo. Pero al recordar esos agravios, recordarlos como perdonados, como algo que yo perdoné.
Decía, leo un pedacito:

“Hace falta purificar la memoria. Una memoria sana puede convertirse en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se repitan, y las recuerdo como perdonadas”.

Después dice que:

“perdonar es renunciar al odio y la venganza”,

que es un acto de la voluntad.
En concreto, es también identificar a esa persona que obró mal con ese acto suyo. Es pensar: bueno, este es algo más que esa acción mala. “Sos algo más que esto que a mí me molestó”. Ver siempre esa luz de la dignidad del otro. Y es una decisión que puede ser que no sea fácil, pero con tu gracia, Señor, podemos hacer más, mucho más de lo que podríamos solos”.
También pienso que nos puede servir para meditar y hablar con Jesús un ejemplo muy lindo del perdón que aparece en la “newsletter” de los Espartanos, que es una asociación que hace mucho bien. Ésta arrancó en Argentina, pero está en otros países también y es una iniciativa que procura ayudar a presos -personas que están en la cárcel-, a rehabilitarse a través del rugby y del rezo del rosario.

RECONCILIARSE CON EL PASADO

Esta historia del perdón dice así:

“Los rosarios del penal de San Martín son especiales. En cada pabellón que se reza, algo pasa y este día no fue la excepción en la unidad 47.

Joaquín es un gladiador (gladiador son el equipo de rugby de ese penal) que cuando lo conocimos tenía la cara seria y no miraba a los ojos. Saludaba con desconfianza y nunca hablaba. Con los meses, su actitud fue cambiando. Ahora saluda con un abrazo y habla mirando a los ojos.

Durante el rezo del rosario, a Joaquín le quedó resonando algo que dijo una voluntaria: todos tenemos a alguien a quien pedirle perdón. Fue entonces cuando decidió hacerle frente a un dolor que venía arrastrando desde hace mucho:

“Yo dejé a una familia sin padre. Y esa mochila la vengo cargando hace muchos años y me destroza por dentro. Quiero llamar a esa familia y pedirle perdón”.

A través de un amigo, dio con el contacto de la familia afectada. Y con una fortaleza inmensa, la viuda aceptó recibir la llamada telefónica de Joaquín.

“Antes de llamarla le temblaban las manos. Sus compañeros de celda lo acompañaron con respeto. Cuando la señora le contestó, Joaquín se presentó y le pidió perdón por lo que había hecho.

La señora le respondió: “Te agradezco que me hayas llamado. Yo no puedo juzgarte, te perdono. Espero que te recuperes para que esto no le ocurra a otros. No llores. Dios escucha y ve ese corazón humillado. Dios te perdonó. Eso te tiene que dar la tranquilidad, aunque tengas que cumplir una condena acá en la tierra.

“Que te dé fuerza para superar todo lo que tuviste que pasar y estás pasando ahí adentro, que puedas cumplir con lo que la ley terrenal te manda. Pero vos con Dios ya cumpliste. Ya te arrepentiste. Solo te queda que cuando salgas, lo sigas buscando de todo corazón y no vuelvas a los viejos tiempos”.

Ese día, Joaquín lloró toda la noche. En los días posteriores siguió pidiéndole perdón a la señora y juntos comenzaron a sanar. Hoy sus corazones decidieron comenzar de nuevo. Hoy se comienza a reescribir una nueva historia”.

SONREÍR A TODOS

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¡Es impresionante! Y termina -o comienza- así, esa nueva historia de una persona quien pudo perdonar a quien le había quitado la vida de su marido. Es muy fuerte.
“Y pienso Jesús, que es fruto de tu enseñanza y más todavía de tu gracia. Y podemos pensar, antes de terminar estos diez minutos con Vos Señor, a mi nivel quizá no haya milagros de esa envergadura, pero, en cosas chiquitas, que yo sepa perdonar.
“Señor, que yo no le sonría solo a los que me tratan bien, a los que me resultan simpáticos. Que vaya más allá. Ayúdanos a ver a todos como hijos de Dios, en particular a esas personas que nos cruzamos en el día a día y nos cuesta más el trato, que no rechacemos a nadie, como hiciste Vos, Señor”.
Vamos a pedirle a nuestra Madre que en todos ve a hermanos de su Hijo, en todos ve hijos suyos.
Madre nuestra, ayúdanos a vivir esta enseñanza de Jesús y que nos consiga siempre la gracia para ir más allá de lo que podemos con nuestras fuerzas, porque queremos seguir los caminos de Cristo, queremos ser santos.


Citas Utilizadas

1Re 21, 17-29

Sal 50

Mt 5, 43-48

Reflexiones

Jesús, ayúdame a perdonar de corazón a los que me han hecho daño, a ver en cada uno la luz de la dignidad.

Predicado por:

P. Javier

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