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P. Federico

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PARA SIEMPRE

Es en el hoy que decidimos nuestro destino eterno. ¿Cómo? Conociendo a Jesús y dejándonos conocer y exigir por Él. Todo esfuerzo vale la pena cuando se sabe que nos espera el amor para siempre.

            Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén.  Una persona le preguntó:

“Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”

(Lc 13, 22)

Esta pregunta nos la podemos hacer cada uno de nosotros y se la han hecho muchas personas a lo largo de la historia y ha obtenido respuestas variadas, distintas.

Si uno voltea a ver ese mural que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina (que es famoso, el mural del juicio final), resulta que en la parte baja, más o menos en el centro de ese mural, Miguel Ángel dibujó como dos grupos de ángeles, -uno más numeroso que otro-, que tocan las trompetas y llaman a todo mundo a que se presente ante el juicio final.

MUCHOS

Uno de los grupos -el más numeroso-, sostiene un libro grueso y grande; y, otro grupo, un poco más pequeño, sostiene un libro delgado, más pequeño.  Miguel Ángel decía que en libro grueso y grande estaban los nombres de los condenados.  Y, en cambio, en el libro más pequeño, más delgado, estaban los nombres de los salvados.

O sea, que para Miguel Ángel, son pocos los que se salvan.  Pero bueno, no tiene la última palabra.  San Juan, el apóstol, el evangelista, dice en el Apocalipsis que:

            “Después de esto, en la visión, apareció una gran multitud que nadie podía contar de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en sus manos que gritaban con fuerte voz diciendo:

            La salvación de nuestro Dios que se sienta sobre el trono y del Cordero, viene de Él”.

(Ap 7, 9-10)

O sea, para san Juan, son muchos y para Ti Jesús, cuando te preguntan más adelante en el Evangelio, dices:

“Vendrán muchos de oriente y de occidente y del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”

(Mt 8, 11)

y la verdad, prefiero a San Juan, te prefiero a Ti Jesús que, a la misma opinión de Miguel Ángel, por muy buen pintor que sea, pienso que no es del todo buen teólogo.

Pero bueno, ¡muchos! San Juan dice y Tú Señor dices: muchos, no todos y es cierto.  Pues yo te digo que yo me quiero salvar, yo quiero ser parte de esos muchos que se salvan.

¿CÓMO SERÁ EL CIELO?

Es más, ojalá que San Juan, en esa visión que tuvo, me haya visto a mí en esa muchedumbre de la que habla en el Apocalipsis.  Porque Jesús, yo me quiero salvar, yo me quiero ir al Cielo.

¿Cómo será el Cielo? En esto cada uno es libre de dejar volar su imaginación.  Tú, ¿cómo te lo imaginas? Porque

“Ni ojo vio, ni oído oyó, ni cruzó por mente alguna, lo que Dios tiene preparado para los que le aman”.

(1Cor 2, 9)

San Josemaría, en algún momento en una de sus consideraciones dice:

“Considera lo más hermoso y grande de la tierra, lo que place al entendimiento y a las otras potencias… y lo que es recreo de la carne y de los sentidos.

            Y el mundo y los otros mundos, que brillan en la noche: el universo entero.  – Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas…, nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! – ¡tuyo! – tesoro infinito, margarita preciosísima…”

(Camino, punto 432)

¡ESFUÉRCENSE!

Bueno Señor, yo quiero el Cielo, yo quiero esto; es que es algo que no me puedo perder.  Ahora, el cielo no es fácil y Tú Señor nos lo dices:

“Él respondió: esfuércense para entrar por la puerta angosta, porque muchos, les digo, intentarán entrar y no podrán”.

(Lc 13, 24)

¡Esfuércense! Señor, que me quede claro que el Cielo no es un premio de consuelo, no es un diploma de participación en la vida, sino que es la meta y una meta que tengo que conquistar.

Además, resulta que muchos se salvan, pero no todos se salvan y es duro pensar que haya quienes se condenen.  Yo me quiero salvar Jesús y te pido el Cielo para mí y para todos los míos.

CON JESÚS TODO VALE LA PENA

¡Qué duro aquello que contaban los pastorcitos de Fátima en su visión del infierno! Que comentaban que veían caer, como las hojas de los árboles en otoño, las almas en el infierno.

O sea, que también son muchos los que se condenan y el infierno no es una leyenda ni ninguna otra cosa de ese estilo.  El demonio existe, el infierno existe y se elige libremente, porque, libremente, elegimos el mal.

Tú Señor, también nos lo dejas claro en las palabras del Evangelio de hoy:

“Apártense de Mí todos los que hacen el mal, ahí habrá llanto y rechinar de dientes”.

(Lc 13, 27-28)

Jesús, yo quiero ir al Cielo, yo quiero cruzar esa puerta angosta y por eso quiero lo que Tú quieras, porque siempre y cuando yo esté Contigo, todo vale la pena.

PARA SIEMPRE

Jesús medico

Como dicen, que al Cielo van los que viven diciendo hágase Tu voluntad, se lo dicen a Dios. En cambio, al infierno son a los que Dios les tiene que decir: hágase tu voluntad.  Porque han querido siempre hacer la suya, no la de Dios; de todos modos, cualquiera de los dos lugares es para siempre, para siempre…

A nosotros nos cuesta entender esto, pero Señor, estos ratos de oración que son de 10 minutos en 10 minutos, esperamos y Te pedimos prolongarlos para siempre Contigo, en ese Cielo que no tiene fin.

Santa Teresa, dicen que cuando era pequeña, tomaba de la mano a su hermano pequeño y salían de la pequeña ciudad donde vivían y se dirigían, supuestamente, a tierra de moros, donde Teresa decía que, si llegaban, los harían mártires, entonces que con eso se iban a ganar el Cielo para siempre.

Entonces tomaba a su hermano de la mano y le decía al oído: “para siempre, para siempre” como soñando con eso.

Señor, que yo sueñe en el para siempre Contigo; ahora ¿de qué depende?

“Una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, se quedarán fuera y empezarán a golpear la puerta diciendo: Señor, ábrenos y les responderá: no los conozco.  Entonces empezarán a decir: hemos comido y hemos bebido Contigo y has enseñado en nuestras plazas.  Y les dirá: no los conozco, apártense de Mí todos los que hacen el mal”.

(Lc 13, 25-27)

JESÚS NOS CONOCE

Esto golpea porque es cierto, Dios me conoce o no me conoce y nosotros nos resulta natural: no dejamos entrar a la casa a un desconocido; al desconocido le cerramos la puerta.

Pero Jesús te conoce, me conoce.  Porque de eso depende mucho. Señor, yo puedo soñar con el Cielo, puedo desear el Cielo, pero Tú me enseñas que, en la puerta del Cielo, por muy angosta que sea, la atraviesa todo el que Te conoce; o sea, el que tiene trato Contigo.

Nosotros hacemos el esfuerzo en estos 10 minutos diarios, pero que sea para encontrarme Contigo, para que me conozcas, para que yo Te conozca a través de la lectura del Evangelio, a través de la meditación, a través de la misa o a través del rezo del santo Rosario, que te conozca a través de Tu Madre, pero Señor, que te conozca de manera que también yo pueda decir: Yo conozco a Jesús y Él me conoce a mí.

CERCANÍA CON JESÚS

Todos seguro que tenemos muchas cosas que mejorar, muchas que cambiar y esto no se ha acabado, tenemos oportunidad de pedirle a nuestro Señor que nos cambie, pero sobretodo, que nos cambie a través de la cercanía con Él.

De esa cercanía de hablar, confiarle nuestras cosas, pedirle perdón, pedirle ayuda y que nos lleve, entonces, a tener esa decisión de cambiar, decidirme a dejar lo que no va, decidirme, ser valiente.

Ser valiente, porque Jesús me espera; me espera con los brazos abiertos tras una puerta que es angosta, pero ahí me espera.

Madre mía, ayúdame a entrar donde tú estás a la presencia de tu Hijo; en ese para siempre.


Citas Utilizadas

Is 66, 18-21

Sal 116

Hb 12, 5-7. 11-13

Lc 13, 22-30

Ap 7, 9-10

Mt 8, 11

1Cor 2, 9

san Josemaría, Camino punto 432

Reflexiones

Señor, estos ratos de oración que son de 10 minutos en 10 minutos, esperamos y Te pedimos, prolongarlos para siempre Contigo, en ese Cielo que no tiene fin.

Predicado por:

P. Federico

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