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P. Juan Carlos

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NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Nuestra Señora de Lourdes hace referencia a las dieciocho apariciones de la Virgen María, que Bernadette Soubirous presenció en la gruta de Massabielle, a orillas del río Gave de Pau. Enseñándole la belleza del rosario para la gente sencilla.

NUESTRA SEÑORA

El 11 de febrero de 1858, la virgen María se apareció a la hija de unos humildes molineros.  Bernadette Soubirous, se llamaba la chica de 14 años.  Fue la mayor de seis hermanos, era una chica sencilla, sin apenas preparación, ni cultura, pues sus padres eran sumamente pobres, y no pudieron enviarla a hacer estudios.

 Un día, va con su hermana y una amiga a buscar leña seca, y cuando ella se disponía a atravesar un brazo de un río, llamado el río “Gabe”, escuchó de repente un fuerte viento que la obliga a levantar la cabeza.   Hay una roca, y en la abertura de esa roca, que se llama Massabielle, se alza ante su vista; una joven inmóvil y silenciosa.

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 Tan bella, -dice ella en sus escritos-:  “Cuando se ha visto una vez, se querría morir para volverla a ver”.

 Y en esa aparición, estaba con un vestido blanco, un cinturón azul, y el rosario entre los dedos.   Habían pasado cuatro años desde que el Papa Pio IX, había definido el dogma de la Inmaculada Concepción, y la Virgen quiso presentarse ahí, en ese sitio de Lourdes.

 Continúa este relato hermosísimo de Bernadette, que dice:

“Me saludó inclinando la cabeza, creyendo engañarme, me restregué los ojos, pero alzándose, vi de nuevo a la joven que me sonreía, y me hacía señas para que me acercara.  Pero yo no me atrevía, y no es que tuviera miedo, porque cuando una tiene miedo huye, y yo me hubiera quedado allí mirándola toda la vida.

Entonces, se me ocurrió rezar, y saqué el rosario, me arrodillé.  Y vi, que la joven se santiguaba.  Mientras yo rezaba, ella iba pasando las cuentas de su rosario sin decir nada, y cuando yo dije: Gloria al Padre, ella también lo dijo.  Y terminando el rosario, me sonrió otra vez, se elevó un poco y desapareció”. 

¡Qué belleza de narración!  ¡Te imaginas tú, a la Virgen! ¿Cómo habrá estado en ese momento, con esa niña de 14 años? Lo más básico posible, es que, entre los sencillos, la Virgen se siente más a gusto.

SER SENCILLOS

Por eso madre, hoy en esta fiesta, te pedimos que nos ayudes a ser sencillos también nosotros.  Que aprendamos a acoger también el rosario, que no tengamos vergüenza de usarlo con frecuencia, así nos vean…

Cierto es, no hace falta hacer manifestaciones exteriores de piedad, pero tampoco a escondidas.  Y decir que uno reza el rosario, y sacar el rosario de vez en cuando, no lo veo para nada mal. ¡Es más; es una forma de evangelizar también! 

Hace pocos días, un amigo me comentaba esto: “Que él salía a rezar el rosario, alrededor de su conjunto.  Y que le gustaba que la gente le vea rezando el rosario, -es un ejecutivo-, y sin embargo, saca su rosario, y por las tardes cuando regresa a su casa, de vez en cuando en su conjunto, se pasea rezando el rosario”.

 -Dando ese pequeño testimonio, digamos-. 

 Claro, que el testimonio de rezar el rosario, si después es un cascarrabias… nos sirve mucho. O, el testimonio de rezar el rosario, pero después se está hablando mal de los demás… pues no nos sirve de mucho.  

REZAR EL ROSARIO

Por eso, rezar el rosario conlleva esta necesidad de ser sencillos.   ¡Ser sencillos!  Porque, se ve que a la Virgen le gusta eso.  Esa misma cita con Bernadette se repitió 18 veces.   

Cuenta Bernadette que, en la sexta cita, -el 21 de febrero-:  

“Dirigió un momento la mirada por encima de mi cabeza, para recorrer el mundo y después volviéndola llena de dolor sobre mí, me dijo: ruega a Dios por los pecadores.”

 Igualmente, en otras ocasiones, muchas veces decía: ¡Penitencia! ¡Penitencia! Y luego, como puede ser que ya hayas escuchado, pidió que se le hiciera una capilla en ese lugar. Dos días más tarde, pidió que se hicieran procesiones también ahí.  

El 25 de marzo, -cuenta Bernadette-:

“Viéndola tan amable, le pregunté su nombre; me sonrió.  Se lo volví a preguntar; y volvió a sonreír.  Insistí de nuevo, y me dijo: soy la “Inmaculada Concepción”.

 ¡Qué bonito, madre! ¡Cómo te gustan estas cosas a ti!  Eres la Inmaculada Concepción.  Y por eso cada vez que empezamos nuestra oración, decimos lo mismo: ¡Madre mía Inmaculada! ¡Madre mía Inmaculada!

Eres La Reina del Cielo, pero sobre todo eres mi madre y madre mía inmaculada, que buscas y quieres, que seamos siempre  muy sencillos. 

¡Gracias madre! Ayúdanos a luchar por ser así, “sencillos”, para que cuando estemos en el mundo, dando tu testimonio, seamos dignos hijos tuyos.

UNA COMIDA FAMILIAR

El otro día, estuve en una comida familiar, con gente que no veía desde hace muchos años, ¡30 años! Apareció una chica, que me parecía muy parecida a una prima, entonces le pregunté. Y efectivamente, era su hija, su última hija.

Y me dio una alegría verle, con buenos modales, atenta a ayudar en todo lo que hacía falta…   Y pensé con alegría: “digna hija de su madre”. 

 Nosotros como cristianos, tenemos que ser también, “dignos hijos de nuestra madre”.   E intentar sacar de nuestra vida, las cosas que hablan mal de nuestra familia, ¿Qué familia? ¡De la familia de los cristianos! ¡De la familia de los católicos! 

 ¿Y, qué podría hablar mal? Pues, cuando nos comportamos con alevosía; cuando no somos justos; cuando intentamos hacernos los sapos, los escurridizos ante nuestras obligaciones; o los vivos, intentando sacar beneficios de las situaciones… Etc.

 Eso no es una cosa positiva, ¡al revés! La Virgen lo que quiere, es que seamos sencillos, y esa sencillez, es una consecuencia lógica de la humildad, de sabernos poca cosa y necesitados de Dios.

ENSÉÑANOS EL CAMINO

 ¡Madre! ¡María! Enséñanos ese camino, y nuestra madre la Virgen, nos enseña el camino, a través de una oración súper conocida, que es: “El Santo Rosario”

María es su nombre

 ¿Y por qué?  Porque el Santo Rosario, es la oración de los sencillos, de los que repiten una y otra vez lo mismo, porque no se les ocurre nada mejor, porque han puesto su confianza por completo en su madre.

 Y a ella le gusta esa oración, y si le gusta a ella… aunque haya otras cosas que nos parezcan a nosotros más bonitas, a ella se lo recitamos todos los días, porque sabemos, que es lo que le gusta.

 Y esto es lo que nos remueve a cada uno de nosotros: ¡El darle una alegría a la Virgen!

 ¡Vamos!  Te invito a rezar el Rosario con más intensidad, si se puede. Pensando en las palabras que repetimos, diciéndole a nuestra madre, que le queremos. Santa madre, ayúdanos a ir con más fuerza al Rosario.

QUE SEPA SER SENCILLO

 Madre mía Inmaculada, que sepa ser sencillo para agradarte en todas las cosas que hago. Te pedimos que nos enseñes siempre a tu Hijo, Jesús.  Él también, fue un hijo de tan buena madre.  

Jessus, se habrá esforzado muchas veces en darte alegrías en las cosas de la casa, también en su predicación;  no habrá desaprovechado oportunidad para que te sintieras feliz.

Pues, lo mismo queremos hacer nosotros, y sabemos que una excelente forma de conseguirlo, es la oración del Santo Rosario.

Por eso en esta meditación, vamos a hacer este propósito, el de rezar mejor el Rosario, para darle esa alegría a nuestra madre.


Citas Utilizadas

1 R 8, 22-23.  27-30

Sal 83,

Mc 7, 1-13

Reflexiones

Virgen María, eres la reina del cielo, pero sobre todo eres mi madre, ¡y madre mía inmaculada!   Ayúdanos a que siempre seamos sencillos, porque eso es lo que tú quieres que seamos. 

 

Predicado por:

P. Juan Carlos

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