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P. Santiago

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NO ES ABURRIDO VIVIR SIN PECADO

Corazón dulcísimo e Inmaculado de María, condúceme por un camino seguro.

La Noche de las Velitas

Todos los años me acuerdo, hoy, de Felipe, un chico que perdió a su mamá hace unos años. Y cada año, el 7 de diciembre en la noche, recuerda con mucho cariño, cuando estaba aquí su mamá -con él, en la tierra- y encendían juntos las velas en la famosa “Noche de las Velitas”.

Esa noche que recuerda del 7 al 8 de diciembre de 1854, en la Plaza de San Pedro en Roma, cuando miles de hermanos nuestros esperaban con velas el anuncio del dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.  Todos los años existe esa tradición, la Noche de las Velitas.

Y Felipe, el chico del que te cuento, cuando enciende esas velitas, piensa que su madre las ve desde el Cielo.

“Y esta semana, estos días -estos nueve días de preparación más intensos- hemos procurado eso, Jesús: Hacer de nuestra vida un contínuo encender velas, para que Tú las veas y para que nuestra Madre también las contemple desde el Cielo”.

María sin mancha

Hoy estamos felices porque celebramos esa gran solemnidad, esa gran fiesta de aquella criatura -sí, criatura humana- que fue exenta de todo pecado: no tuvo ninguna imperfección ni moral, ni natural; no tuvo inclinación alguna desordenada, ni pudo padecer -ni padeció- verdaderas tentaciones internas; no tenía pasiones descontroladas, no sufrió los efectos de la concupiscencia… ¡Nada! ¡Nada de esto! Jamás estuvo sujeta al diablo, podríamos decirlo, en cosa alguna.

inmaculada concepción

“¿Y por qué, Jesús? Porque Tú lo quisiste así”. Dios, uno y trino, desde antes de la creación del mundo, pensaron en María. Esa mujer sin mancha, sin mancilla, que sería, en la plenitud de los tiempos como dicen los profetas, la Madre del Redentor. Así lo quiso Dios.

Cómo nos mira María

Y me gustaría preguntarle hoy a María: “¿Cómo mirabas a los hombres? Pecadores, conscientes -nosotros- del pecado y Tú consciente de tu condición de ser una mujer sin pecado. ¿Cómo nos mirarías Tú, en este mundo? ¿Cómo nos miras ahora?”.

Y también me gustaría pensar cómo te miraban los hombres, cómo te miraban los apóstoles. ¿Descubrían que no tenías ninguna mancha? ¿Será que ellos alcanzarían a comprender qué significaba no tener mancha, no tener pecado? ¿Conocían el dogma de la Inmaculada Concepción? 

Me parece sorprendente que hasta 1854 se haya promulgado ese dogma. Eso me parece anteayer, hace muy poquitos días.

“Cómo te acercarías Tú a aquellos hombres y pensarías, ¡claro! estos pobres hombres tienen una carga muy grande, tienen el pecado original, tienen la mancha del pecado original. Les cuesta mucho la lucha ascética, les cuesta mucho alejarse del pecado. ¿Cómo nos mirarías, Madre mía? Con qué compasión, con qué comprensión y también con qué ojos de misericordia, nos miraba. También Jesús permitió eso, y la Santísima Trinidad permitió eso: que nos miraras así, desde el comienzo, con gran misericordia. Así nos miras Tú. Pero sobretodo nos miras como una madre mira a su hijo más pequeño”.

La Inmaculada Concepción 

En la Virgen purísima, resplandeciente, fijamos hoy nuestros ojos, como en esa estrella que nos va guiando por el Cielo -la Inmaculada.

Inmaculada Concepción de Murillo

Hoy celebramos la belleza de la Virgen, lo guapa que es. A veces nos parece que para tener una vida plena, feliz, divertida, necesitamos como pactar un poquito con el pecado -un poquito, poquito no más-, sino, es que es muy aburrida la vida.

Pero no es así: la Virgen nos enseña que no es así. Porque la Virgen es la mujer más alegre, la mujer más guapa, la mujer más linda, la mujer que tenía más ganas de vivir, la mujer sin pecado concebida. 

Fíjate lo que le pedimos hoy al Señor en la oración colecta de la Misa, porque claro, eso se lo pedimos todos en la Iglesia hoy:

“Oh Dios, que por la concepción inmaculada de la Virgen preparaste a tu hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo, la preservaste de todo pecado; concédenos por su intercesión llegar a Ti limpios de todas nuestras culpas”.

(Oración Colecta, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María).

Limpios. Qué bueno que hoy le pidamos al Señor y a la Virgen, Madre nuestra, con todo el corazón: quiero ser limpio, quiero tener un corazón limpio, quiero tener una mirada limpia, quiero tener unos deseos limpios, unos movimientos del corazón limpios, puros, para parecernos más a Ti, Jesús, para parecernos más a tu Madre, para que podamos decir soy digno de ser llamado hijo de Dios, hijo de la Santísima Virgen. 

Qué bonito celebrar estas dos fiestas en el mes de diciembre: la Inmaculada Concepción -esa preparación desde la concepción misma de la Santísima Virgen en el seno de Santa Ana, San Joaquín, los padres de la Virgen. “Y también tu nacimiento, Jesús, en unos pocos días -nacimiento de una Virgen, nacimiento virginal en esa criatura que hoy miramos con tanta alegría, con tanto orgullo, con tanto gozo en nuestro corazón”.alegria en la escuela

Vamos a ir terminando este rato de oración, pero vamos a seguir conversando con Jesús y conversando con la Santísima Virgen, y vamos a irles manifestando todos esos deseos de santidad y de pureza que nacen en nuestro corazón un día como hoy.

Si cumplimos nuestro propósito de acudir con más frecuencia a Ella, desde hoy, comprobaremos en nuestra vida que:

“nuestra Señora es descanso para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los tristes, socorro de los que rezan”

(San Juan Damasceno, Homilia de la Dormición de la B. Virgen María).

Estas son palabras de San Juan Damasceno, preciosas.

Te propongo una jaculatoria para el día de hoy: Corazón dulcísimo e Inmaculado de María, condúceme por un camino seguro. 


Citas Utilizadas

Gn 3, 9-15. 20

Sal 97

Ef 1, 3-6. 11-12

 Lc 1, 26-38

Reflexiones

A veces nos parece que para tener una vida plena, feliz, divertida, necesitamos un poco del pecado. Sino es muy aburrida la vida. Pero no es así. Hoy en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen celebramos lo feliz de una vida pura, y una lucha decidida por no pactar con el pecado.

Predicado por:

P. Santiago

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