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¡HABLA!

digno

Nos cuenta el Evangelio de la misa de hoy que en aquella ocasión te presentaron, Señor, a un hombre que tenía un demonio mudo, un demonio que no le permitía hablar y entonces lo curaste.

Recordaba que san Josemaría hablaba del demonio mudo: cuando una persona no se anima a hablar para abrir su alma en la confesión o en la dirección espiritual, de manera que parece que el diablo lo mantiene imposibilitado de recibir ahí la gracia de Dios, la luz del consejo, la ayuda de otra persona.  Quizá por vergüenza y no habla, de manera que no se soluciona.

En esta ocasión yo pensaba, al considerar este demonio mudo, haciendo como un paralelismo, que quizá a veces estamos un poco mudos no tanto para hablar en la dirección espiritual o en la confesión de lo que nos da vergüenza o nos cuesta, sino que podemos estar un poco mudos para hablar con Vos Señor, para contarte a Vos nuestras cosas, para presentarte nuestra vida.

Probablemente, la mayor parte de las personas no te hablan Señor porque les falta fe.  Muchos no te hablan porque no creen que Vos los escuchás.

Pero más bien me refería yo a quienes procuramos hacer oración, incluso le dedicamos un tiempo procurando tener un diálogo con Vos Jesús cada día, nos podría pasar también que nos agarra una especie de demonio mudo.

EL DEMONIO MUDO

De manera que uno en ese tiempo quizá escucha -como ahora escuchamos este audio- lee alguna cosa, piensa en lo que tengo que hacer, considera… que son todas cosas muy buenas.

Pararse a reflexionar, escuchar o leer algo referido a Vos Jesús que me puede dar ideas.  Incluso sacar conclusiones, hasta un propósito, pero que por ahí no hablamos.

Quizá no te hablo Señor de lo que me pasa, de cómo estoy, no llego a ese contacto más cara a cara, más de fe, de no simplemente resolver cosas, sino hablar con alguien.

En parte es un tema de fe, en parte es un tema de proponerse las dos cosas: la gracia; recibir tu ayuda y creer que Vos Señor me escuchás; y, por otro lado: lanzarse.

Me hacía gracia siempre que leo un pasaje que hoy sale también en la misa, que es del Antiguo Testamento. 

En la primera lectura se cuenta de que estaba Jacob cruzando un vado, se estaba trasladando con toda su familia, sus pertenencias y los había hecho pasar.

Era ya de noche y quedando aún en último puesto, aparece un pasaje misterioso en el que lucha nada menos que con Dios; se pone a forcejear.

Me los imagino medio revolcándose y Jacob que pide a Dios que lo bendiga; Dios, efectivamente, lo bendice, también lo hiere.

En una articulación, que ahí explica esa lectura, que por eso los judíos no comen esa parte de los animales, pero él queda como el que luchó con hombres y con dioses y venció.

FORCEJEAR CON DIOS

Al leer este pasaje que me gusta porque es misterioso, porque es lindo, si lo pensamos en esos forcejeos con Dios -que no es una pelea a muerte porque él está pidiendo una bendición- le pregunta su nombre. 

Dios le da un nombre nuevo en aquella ocasión a Jacob.  Le dice que va a ser Israel lo que dará el nombre al pueblo de su descendencia; las doce tribus de Israel.

Pienso que es algo bueno cuando uno forcejea con Dios, como un hijo con su padre o para pedirle algo, para quejársele.

En concreto, esta lucha me hacía pensar en el combate de la oración; que la oración es a veces combate.  Después Jacob dirá:

“Vi a Dios cara a cara y no he muerto”

(Gn 32, 31).

Nosotros Señor vamos a la oración con Vos Jesús, con tu Padre, a tratar de encontrarnos cara a cara.

A veces el combate no es porque queramos pelear, pero hay que combatir para forzar un poco el diálogo y hablarte Jesús personalmente.

Aunque como decía san Josemaría: “me siento un poco que estoy actuando porque no siento que me escuches”.

TENER FE

Quizá un poco la pelea puede ser: parece que estás ausente y no te dejo ir.  Como Jacob que agarraba a Dios, no le dejaba ir.  Dios le decía:

“Soltame que va a salir el sol, viene el alba”

(Gn 32, 27)

Y él no lo soltaba hasta que lo bendijera.

Señor, aunque no te siento, te hablo, sé que me escuchás, sé que me querés, sé que sos Dios y “por eso no te voy a dejar tranquilo”.

Así como Jacob le pedía a Dios que lo bendijera, podemos pedirle: “Decime algo, ¿qué pensás Vos de esto? ¿Qué me decís?”

No es que siempre nuestra oración sea hablarte Jesús.  A veces será mirarte sobre todo por ahí frente al sagrario o quizá mirando a un crucifijo, una imagen que nos da piedad y sentimos tu presencia y que Vos también nos mirás.

A veces será escucharte porque no hace falta que digas palabras, pero me parece que me sugerís cosas concretas a partir de una lectura o meterse en un pasaje.

Pero también hablar; hablar para procurar nunca quedarnos en un anonimato, en una simple reflexión que podría haber hecho cualquier otro en una cosa así más despersonalizada, cuando Vos Señor lo que querés es un trato de amigos, un trato de confianza.

HABLAR CON DIOS

Que no nos quedemos mudos Señor, que se nos suelte la lengua para hablar con Vos.  También quizá para hablar de Vos con los demás y para hablar en la dirección espiritual de las cosas que tenemos que hablar.

Un poco haciendo una analogía con lo que decía san Josemaría, esas veces que vemos que uno tiene que hablar y cuesta.

Que, así como liberaste a este hombre que no podía hablar, que nos ayudes Señor a nosotros a no quedarnos callados cuando conviene que hablemos.

Vamos a pedirle a nuestra Madre, que no le costaba nada tener esos diálogos con Vos Jesús.  Es la que te enseñó a Vos a hablar y te escuchaba también.

Que nos ayudes Madre nuestra a tener esa confianza con tu Hijo, hablarle como habla un amigo con su amigo; hablarle más como le hablamos a nuestro mejor amigo.

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