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P. Ricardo

5 min

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MARíA SANTÍSIMA VIBRA, REZA, SONRÍE LUMINOSA: ¡MI ALMA ENGRANDECE AL SEÑOR!

En la inminencia de la Navidad, “queremos abrir el corazón de Dios”, rezar con el Magnificat de María. 

LEVANTAMOS EL CORAZÓN

Nos ponemos de nuevo a rezar, así como se dice en la Misa:

Levantemos el corazón, lo tenemos levantado hacia el Señor”,

respondemos y ahora también rezamos. 

“Queremos levantar el corazón a Dios, queremos hablar Contigo, Jesús, en estos 10 minutos hacia la inminencia de la Navidad”.

Hace unos días hemos leído en los evangelios de la Misa, en esta frecuencia de mirar el Ángel Gabriel que comienza a moverse por Tierra Santa y anuncia a Zacarías que va a nacer Juan, y anuncia a María en Nazaret, que vendrá Jesús. 

Y María, que también se pone en camino, hacia la montaña yendo de Galilea en Nazaret, hacia el sur, pero hacia arriba, hacia la montaña. Y María llega ahí, para acompañar y ver a su prima. 

Nos cuenta el Evangelio que la Virgen, al recibir el saludo de Isabel y ver cómo salta de gozo Juan Bautista dentro de su madre, María también abre el corazón en «El Magníficat».

EL MAGNIFICAT

Eso es lo que recoge el Evangelio de hoy. Y es bonito recoger el corazón y ahora contemplar a María rezando. Contemplar a María mostrando el corazón dando testimonio de la luz y de la alegría de Dios en su corazón.

Hace poquito le decía el ángel:

«Dios te Salve María, llena eres de gracia»

(Lc 1, 26-36).

Llena de gracia, así es nuestra Madre Santa María. Y lo es desde su concepción inmaculada. La Virgen abre el corazón, este corazón lleno de la gracia de Dios, lleno de alegría, de la luz de Dios. 

El Evangelio de hoy nos cuenta cómo la Virgen dice ese Magníficat:

“Proclama mi alma, la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva.

Desde ahora me felicitaran todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí: ¡su Nombre es santo! Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”

(Lc 1, 46-50).

MARíA SANTÍSIMA VIBRA, REZA, SONRÍE LUMINOSA: ¡MI ALMA ENGRANDECE AL SEÑOR!
UN ALMA HUMILDE

Fíjate en esta oración, en este himno bonito de la Virgen Santísima que estamos mirando, que Jesús también habrá escuchado desde dentro de su Madre, el Señor sentiría (imaginando) estas vibraciones sonoras, este gozo de la Virgen, esta alegría, cómo se pondrían los ojos, luminosos, de la Virgen.

 Y ella, exulta en Dios. En Dios, que ha hecho cosas grandes en ella y está agradecida, contenta y luminosa. Pero es una alegría compartida, conectada con la alegría, con la luz de Dios, es una alegría súper humilde. 

Es una luz que viene de Dios, que se comparte, que se tiene con Dios, es la luz de Dios y esta es la maravilla de un alma humilde. 

UN LUZ EN MI CORAZÓN

“Señor, yo quiero ser así, yo quiero alegrarme contigo y alegrarme en Ti”. Estas expresiones, que a veces usamos y que de verdad las deseamos. Aprovechemos ahora para pedírselo al Señor.

 “Yo quisiera tener un corazón, yo quisiera ser, Señor, una oración, yo quisiera tener una alegría en mi corazón, como la de la Virgen. Una alegría que es Tuya, es una luz que pones Tú en mi corazón.”

Es una alegría que pones Tú en mi corazón y por eso la oración es un mirar a Dios, estar con Dios. No tanto decirle cosas al Señor, sino mirarse, estar juntos. 

Como la Virgen, a donde va, porque ella se mueve de Nazaret, a Ein Karem, al sur, arriba a la montaña, a estar con su prima. 

Se va moviendo, quizá a lomos de un burrito, andando, caminando en algún trecho. Y la Virgen va de aquí para allá y habla con una persona y con otra, pero va luminosa y se encuentra con su prima y está luminosa, porque está con Dios, porque goza, porque tiene la alegría de Dios”. 

LLENA DE DIOS

Y  sigue rezando a la Virgen:

«Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos»

(Lc 1, 51-53).

¡Qué maravilla!  Así reza la Virgen, contenta, llena de Dios. Nos decía en un librito que escribió san Josemaría que se llama “Surco”, que tiene muchas ideas buenas, aforismos, ideas breves, sencillas, de su propia oración, de la experiencia también de otras personas.

Es decir, de la experiencia espiritual de otras personas que conversaban con él, de oraciones de las que él se iba nutriendo. Y lo expone para que nosotros hagamos oración. 

En el punto 33 de Surco dice: “La Virgen Santa María, Maestra de entrega sin límites. ¿Te acuerdas?: con alabanza dirigida a Ella, afirma Jesucristo: “¡el que cumple la Voluntad de mi Padre, ése – ésa-  es mi madre!… 

Pídele a esta Madre buena que en tu alma cobre fuerza – fuerza de amor y de liberación –  su respuesta de generosidad ejemplar: “¡Ecce ancilla Domini!” – he aquí la esclava del Señor”.

MARíA SANTÍSIMA VIBRA, REZA, SONRÍE LUMINOSA: ¡MI ALMA ENGRANDECE AL SEÑOR!
UN CORAZÓN HUMILDE, CONFIADO, LUMINOSO…

Esta respuesta de la Virgen, en la Anunciación, ésta manera en que ella vibra en su humildad, con lo que vibra Dios. El ver toda su vida a la luz del Señor. Y entonces el Señor, porque Ella le dice eso: aquí estoy para lo que Tú quieras, cuenta conmigo, Señor,… “Ecce ancilla Domini”, aquí está la esclava, la servidora…

Entonces el Señor, al ver ese corazón así, humilde, vibrante, confiado, cariñoso, luminoso, el corazón inmaculado y lleno de la gracia de Dios de la Virgen, entonces el Señor puede hacer cosas inmensas, maravillosas, nada menos que la Encarnación de Dios, el Verbo de Dios Eterno, se hizo Hombre: Jesucristo.

Y la Virgen, resulta felicísima y sorprendida por este plan impresionante de Dios en su vida. La Virgen va recordando todo esto, exultando, dando testimonio también hacia afuera, abriendo el corazón con una oración, con un himno, “el Magníficat” que nos sirve a nosotros ahora para rezar, para ponernos también ahora, a pocas horas, a pocos días de la Navidad, y estar en esta sintonía con el Señor.

LOS SUEÑOS DE DIOS

“Señor, yo también quiero que en mi vida hagas estas maravillas, yo también quiero alegrarme, vibrar con Tus sueños. Los sueños de Dios, ahí donde estoy, en mi familia, en mi trabajo”. 

¡Qué bonita esa oración, qué sencilla! Pero decirsela muchas veces al Señor; porque es una oración humilde, confiada, de hijo de Dios, de hija de Dios: “Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres Señor de mi?”.

En otro punto de Surco, san Josemaría también mira “el Magnificat” la respuesta de la Virgen, la mirada de la Virgen, que sería también la de Jesús, dice san Josemaría:

“¡Cómo sería la mirada alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre, que no puede contener su alegría – “Magníficat anima mea Dominum!” – y su alma glorifica al Señor, desde que lo lleva dentro de sí y a su lado. 

¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya,  la alegría de estar con Él y de tenerlo”

(Surco 95). 

Vamos a pedirle a la Virgen tener a Jesús, esperar, recibir a este Niño que es Dios, el Salvador.


Citas Utilizadas

1S 1, 24-28

Sal: 1S 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd

Lc 1, 46-56.

Reflexiones

Señor, tuyo soy, para ti nací, 

¿Qué quieres, Señor, de mí?

Predicado por:

P. Ricardo

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