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P. Manuel

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LAS MANOS DE DIOS

Jesús resucita al hijo único de una mujer viuda. Ahora somos nosotros las manos de Dios, que llevan su consuelo y su alegría.

Hoy nos cuenta san Lucas uno de los momentos quizá más emocionantes de la vida de Jesús.

UN MOMENTO EN LA VIDA DE JESÚS

“El Señor había mandado a sus discípulos a todos los pueblos a los que pensaba ir Él para preparar su Ministerio. En Naím, reciben a los doce apóstoles, que tras anunciar la llegada de Jesús regresan donde Él. 

Sin embargo, mientras esperaban esta visita, un niño falleció. No sabemos si fue por un accidente o una enfermedad pero es cierto que se trata del hijo único de una mujer viuda que se ha quedado ahora sin amor en esta tierra, sola y triste.

El pueblo trata de consolar a esta mujer pero sus lágrimas son abundantes en el funeral del chiquillo reina el silencio y los lamentos. Parte la comitiva a enterrar al muchacho; todos con la cabeza gacha y su madre silenciosa pero llorosa bebiendo sus propias lágrimas.

EL NIÑO DE NAÍM

Al salir de la ciudad un alboroto de conversaciones y risas les hacen levantar los ojos, cuando se cruzan las miradas inmediatamente se produce el silencio. La sonrisa del grupo que llega, se apagan y se detienen sus pasos. La procesión fúnebre frenada por el imprevisto encuentro retoma su penoso ritmo hacia la tumba del chiquillo. 

Detrás del féretro va su madre, que no ha reparado en lo sucedido. Del otro grupo sale una persona, un varón de buen aspecto con una mirada penetrante. Se dirige decididamente a la procesión y va a hablar a la triste madre.

Clavando sus ojos en los de ella cegados por las lágrimas le dice con ternura: no llores. La comitiva se ha parado y todos observan al recién llegado. Entre las filas alguien comenta en voz baja: es el profeta de Nazaret. 

Jesús se conmueve al sentir el dolor de la mujer, su corazón se estremece ante la desolación de esta pobre alma y no necesita que nadie le pida un milagro. 

LA TECLA JUSTA

El mismo llanto de ella ha tocado la tecla justa. El Señor se vuelve y va a tocar la camilla que lleva el cuerpo muerto del chiquillo. Y con una voz fuerte que rompe con fuerza divina el silencio que llena el ambiente dijo con autoridad inusitada: Muchacho, a ti te lo digo, levanta. 

Un sonoro murmullo lleno de sorpresas se suscitó entre todos los presentes al ver cómo el niño se incorporó en la camilla y empezó a hablar, quizá preguntando ¿dónde estoy? y clamando mamá. Con una sonrisa y unos ojos llenos de cariño. Jesús lo toma en sus manos, lo abraza y se lo presenta a la madre que por primera vez mira al Señor fijamente durante unos segundos y después pone sus ojos en los de su hijo único.

El niño liberándose de los brazos de Jesús se echan los de su madre y ese abrazo lleno de lágrimas, esta vez de amor nuevamente encontrado, produjo una explosión de aplausos hurras sollozos y risas entre los amigos de la mujer y también en la comitiva de Jesús. 

Inmediatamente comenzó una fiesta ambos grupos se fundieron y así empezó la visita del Señor al pueblo de Naím que pasó a la historia como el lugar donde el amor divino se manifestó en el corazón humano de Cristo”

(Cf. Lc 7 11-17).

Manos de Dios

TEN COMPASIÓN DE NOSOTROS

También nosotros nos conmovemos al revivir esta escena, este hecho histórico sucedió hace 2000 años y le pedimos al Señor que no deje de sentir compasión de tanta gente que llora hoy en día.

Pensamos en la guerra de Ucrania. Cuántos fallecidos han dejado solos a sus padres. Cuántas familias divididas e incomunicadas. Cuánta angustia por el presente y el futuro. Cuánta soledad de quienes han huido a países desconocidos.

“Jesús, no necesitamos pedírtelo, Tú mismo lo ves desde el cielo y desde los tabernáculos a donde acuden a esas personas buscando Tu socorro. No desoigas esas plegarias y consuela a esos que son hermanos tuyos, tus consanguíneos y también hermanos nuestros.

Dales Tu vida, la vida eterna, para que gocen de tu asistencia, de tu paz y tu alegría en su aflicción”.

SIN BRAZOS

En una iglesia de la ciudad alemana de Münster, devastada durante la Segunda Guerra mundial, se encuentra un Cristo crucificado muy singular. Producto del bombardeo del 30 de septiembre de 1944, la escultura quedó sin brazos y una esquirla se le incrustó en el corazón.

Al restaurar la iglesia, las gentes del lugar decidieron dejar la figura así. En el travesaño de la cruz, en el lugar donde deberían ir los brazos, grabaron esta inscripción:

“No tengo otras manos que las de ustedes”.

Al lado de esa imagen se encuentra este texto:

“Cristo no tiene manos solo tiene nuestras manos para hacer hoy su trabajo. Él no tiene pies solo tiene nuestros pies para conducir a otros por su camino. Él no tiene labios solo tiene nuestros labios para hablar a otros de Él. Él no tiene ayuda solo tiene nuestra ayuda para llevar a otros hacia Él. Nosotros somos la única Biblia que la humanidad aún lee. Nosotros somos el último Evangelio de Dios escrito en obras y palabras”.

san Juan Crisóstomo

SAN JUAN CRISÓSTOMO

Hoy 13 de septiembre celebramos a un antiguo patriarca de Constantinopla llamado Juan, a quien pusieron el sobrenombre de Crisóstomo qué significa boca de oro. Era un excelente predicador de quién conservamos todavía unos cuántos escritos.

Por intercesión de san Juan Crisóstomo le pedimos a Jesús:

”Señor, que yo sepa consolar a los que están atribulados. Dame la conciencia de ser tus manos que acarician, los brazos que confortan, la mirada que anima, el corazón que perdona y disculpa. Que mi boca tenga el oro de tu gracia y despida palabras de misericordia. Enséñame a ser, con toda mi vida, un evangelio tuyo para ser otro Cristoentre mis hermanos.

Madre mía, María santísima, Tú viuda también sufriste la pérdida de tu Hijo único en la cruz. Quisiera yo también consolarte como lo hizo Jesús con la madre del niño de Naím. Buscaré transmitir la vida de Cristo a los hijos tuyos que están muertos por el pecado y así, presentártelos como un regalo que te consuele y te llene de alegría”.


Citas Utilizadas

1Cor 12, 12.14. 27-31

Sal 99

Lc 7, 11-17

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia,

Memoria Obligatoria

Reflexiones

“Señor,  que sepa consolar a los que están atribulados. Dame la conciencia de ser tus manos que acarician, los brazos que confortan, la mirada que anima, el corazón que perdona y disculpa”.

Predicado por:

P. Manuel

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