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Padre Ricardo

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LA LÍNEA DEL HORIZONTE

Desde el 2 de octubre de 1928, San Josemaría predicó incansablemente la vocación universal a la santidad. Además, nos dejó la clave para alcanzar: poner amor en todas las cosas que hagamos.

El día de hoy celebramos a los Santos Ángeles custodios y también es un aniversario de la fundación del Opus Dei por San Josemaría Escrivá de Balaguer.  Es un día importante para todos nosotros en la iglesia, porque nuestro Señor le hizo ver a este Santo la importancia, la necesidad, de ser santos en medio del mundo.  Y a partir de ese día, San Josemaría tuvo claro lo que Dios le pedía, algo que ya veía desde muy joven o veía, diríamos, a medias, como a oscuras, borroso… pero a partir de ese momento lo ve todo claro y empieza a predicar la llamada universal a la santidad, algo que en su momento no se comprendía por entero.

Quería tomar las palabras de una homilía de San Josemaría pronunciadas el 8 de octubre del año 1967 que nos da una idea en qué consiste esa santidad en la vida ordinaria.  Dice:

“En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra.  Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…”

(San Josemaría Escrivá de Balaguer, “Amar al mundo apasionadamente”. Homilía pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967).

            Me gustan estas palabras de la homilía de San Josemaría, porque de un modo bastante poético, gráfico si quieres, nos explica en qué consiste la santidad en la vida ordinaria.  Creo que tú y yo hemos tenido esa experiencia de ver ese unirse el cielo y la tierra en el horizonte.  Por ejemplo, cuando uno va en un avión, sobretodo cuando recién despega, vemos el cielo, extraordinario, con un azul precioso que se une con la tierra o con el mar y aquí, en esas palabras que hemos leído, San Josemaría dice: “no, no se une el cielo y la tierra” y es cierto.  “Donde en verdad se juntan es en nuestros corazones cuando vivimos santamente la vida ordinaria”.

Es decir, que en nuestras manos (con nuestro actuar) podemos divinizar todas las cosas, podemos hacer aquellas cosas ordinarias, sencillas y corrientes como puede ser un rato de estudio, como puede ser toda esa mañana de trabajo.  Todo eso lo podemos llevar a Dios, todo eso lo podemos santificar y creo que muchas personas se han preguntado qué vio San Josemaría ese 2 de octubre de 1928.

Conversando con un sacerdote que conoció a San Josemaría, me decía que él creía que San Josemaría había visto lo que Dios le pedía, el Opus Dei, durante la Santa Misa.  Estamos hablando de ya hace muchos años, años 50’s, años 60’s y sin embargo, cuando lo escuchó al mismo San Josemaría contar que estaba haciendo unos ejercicios espirituales, se quedó sorprendido porque estaba convencido de que lo había visto en la misa y que a lo mejor había sido algo especial, tal vez algo extraordinario, (eso no lo sabemos, él nunca lo dijo), sino que estaba leyendo unos, digamos sus apuntes, sus notas personales que estaba tomando de ese retiro espiritual, de ese curso de retiro espiritual y, en ese momento, Dios le hace ver qué es lo que quiere de él.

Hay una película que se llama: “Encontrarás dragones” que cuenta la historia de San Josemaría, en la que el director da un aporte a este 2 de octubre de 1928.  Por supuesto, cuando uno en una película quiere representar algo se toma esas libertades y, además, porque no sabemos cómo fue.  Así que, en esa película cuando nos presentan la escena en la cual San Josemaría, ese joven sacerdote de 26 años que está haciendo sus ejercicios espirituales, pues lo vemos que está leyendo unas notas y entonces la cámara nos muestra a este San Josemaría joven, en la nieve, viendo caer la nieve, que recuerda aquel episodio en el que un joven San Josemaría de unos 16 años aproximadamente, vio las huellas en la nieve hechas por un religioso descalzo y es cuando él empezó a sentir esa llamada de Dios.

Luego se encuentra en un hospital rodeado de enfermos y a continuación camina y está en una fábrica, una fábrica de chocolates donde la gente está trabajando y luego como si hubiese un gran agujero en el piso se asoma y ve el taller de José, en el que está Jesús, un Jesús ya joven, (pero no tan joven, ya cuando tendría unos 20 años), que está trabajando como carpintero y vemos que ese joven San Josemaría que está presenciando esta imagen de Jesús trabajando como un hombre más, de pronto, alrededor de San Josemaría se asoman muchas personas, hombres y mujeres, cada uno vestido según su profesión: un marino, una enfermera, un médico, un abogado… y empiezan a rodearlo y todos ellos miran hacia abajo, a Jesús joven trabajando.

Esa escena me llamó la atención y me gusta particularmente, porque nos ayuda a entender que todas las actividades humanas son materia de nuestra santificación; que es allí donde tú y yo debemos poner la Cruz de Cristo.  Y es que el mismo Jesucristo, “Tú Señor, nos has dado ese ejemplo de santidad en la vida ordinaria.  Pasaste muchos años oculto en un pueblecito perdido: Nazaret, trabajando como otro más”.

El Señor no se tomó vacaciones, no dijo: “bueno, yo voy a vivir de lo que me traen los ángeles o como soy Dios no necesito comer, no necesito trabajar, ¡no! Tenía que trabajar, tenía que ayudar a San José.  Cuando San José murió, tenía que seguir trabajando para mantener a su familia, en este caso la Virgen.  Él mismo, santificando todos esos trabajos que le traían.  ¡Qué ejemplo tan extraordinario el del Señor!

Luego, por supuesto, lo veremos ya predicando, haciendo milagros, muriendo en la Cruz, resucitado… y al mismo tiempo, la mayor parte de su vida se la pasó trabajando como muchos de nosotros, como tú y como yo que trabajamos todos los días y buscamos dar toda la gloria a Dios.  Es una jaculatoria que San Josemaría le gustaba pronunciar: “Deo Omnis Gloria” (para Dios toda la gloria).  Pues ¿en qué consiste la santidad en medio del mundo? Pues en esto, en santificarnos con nuestro trabajo, con nuestras obras de cada día, poniendo mucho amor.  Continúa San Josemaría en la homilía: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios”

Así que ya sabemos, cada día cuando nos levantemos y tengamos que tender la cama, cuando estemos acomodando nuestro cuarto, cuando estemos yendo a trabajar, yendo a estudiar, sentándonos en el escritorio o, a lo mejor, yendo al campo a trabajar la tierra o al empezar unas clases que tenemos que dar o en el quirófano… pues eso rebosa de trascendencia, allí tú y yo gente común y corriente, pobres pecadores, pero llamados a grandes cosas, nos estamos jugando la santidad y ¿cuál es la clave? Poner amor, amor en todas las cosas


Citas Utilizadas

Santos ángeles custodios

Ex 23, 20-23

Sal 90

Mt 18, 1-5. 10

Reflexiones

Jesús, que yo sea santo en mi trabajo y mi vida cotidiana.

Predicado por:

Padre Ricardo

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