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HASTA EL ÚLTIMO SUSPIRO

la Eucaristía

Hoy comienza la novena a la Inmaculada Concepción; nueve días de preparación para la fiesta de la Inmaculada.

Yo la voy a vivir celebrando nueve misas en el colegio de donde soy capellán y por eso quiero también empezar meditando en el cariño de la Virgen a la Eucaristía…

¿Que si podemos hablar con María después de recibir a Jesús sacramentado? claro que sí, porque nuestro cariño a la Virgen siempre va unido a nuestro amor a Jesús.  No son devociones distintas, sino que María siempre me lleva a Jesús.

No es que yo diga que “es que últimamente le tengo mucha devoción a María en detrimento de mi devoción a Jesús”.

Eso nunca será ni puede ser, porque María siempre se encargará de que todo el cariño que tú le tienes se lo lleve a Jesús, porque ella no hace otra cosa sino llevarnos a Él.

Porque en la Cruz (la misa hace presente el sacrificio de la Cruz), nos diste Tú Jesús tus más grandes tesoros: tu Cuerpo y tu Madre, que, en realidad podríamos decir que es un solo tesoro, porque María confeccionó en su cuerpo el Cuerpo de Jesús.

María es toda de Jesús y también, en cierto sentido, Jesús como Hombre, podemos decir que es todo de María.

También queremos que esos tesoros que nos dio Jesús sean nuestros dos grandes tesoros: Jesús en el Sagrario y María; la Eucaristía y María.

TOTUS TUUS

San Juan Pablo II tenía tanto cariño a la Virgen que su lema de pontificado fue Totus Tuus, que es una frase en latín que significa: soy todo tuyo.

Es algo que le podemos decir ahora mismo a Jesús en labios de María, porque la Escritura lo pone en labios de María.  Soy Totus Tuus; Jesús, soy todo tuyo como María.

La Eucaristía, que es el centro y la raíz de nuestra vida interior, será una realidad si aprendemos a sintonizar adecuadamente con Jesús sacramentado, de la mano de María.

Que ella nos enseñe a que sea así, el centro en toda nuestra vida; que la Eucaristía sea el centro y la raíz hacia donde van todos nuestros pensamientos, sentimientos; todas nuestras obras y de donde viene toda la gracia para vivir.

Madre nuestra, enséñanos a conocer, a tratar y amar a Jesús en la Eucaristía.  Que tengamos ganas de estar, de vivir y de asistir con más devoción a la Eucaristía.

Vamos a pedirle esto a María en estos días de la novena: fundamentalmente, que ella nos enseñe a contemplar el rostro de Jesús.

También nos estamos preparando para la Navidad que ya este próximo domingo es primero de Adviento.

¿Te puedes imaginar ir a visitar a una madre joven que ha tenido un hijo y que te va a mostrar su rostro? Pues pídele esto a María: Madre, enséñame a Jesús; enséñame a contemplar su rostro.

ENCONTRARNOS CON JESÚS

A san Josemaría le gustaba mucho decir que nosotros somos un rinconcito de la Sagrada Familia de Nazaret.  Que esta imagen nos sirva mucho en nuestra preparación para la fiesta de la Inmaculada y para la Navidad.

Fíjate que casi siempre, en muchas iglesias, hay una imagen de nuestra Señora y si no está presidiendo el retablo ahí junto al Sagrario, siempre está por ahí.

Podrías pensar: ¿por qué está siempre la imagen tan cerquita de la Eucaristía? ¿Tan cerquita del Sagrario?  Es que el Espíritu Santo inspiró a los artistas a poner a la Virgen junto con Jesús sacramentado.

Porque, aunque no haya ninguna norma litúrgica que señale lo contrario, es como lo más natural: asociar la presencia de Jesús sacramentado con la presencia de María.

Podríamos pedir también esto para el primer día de la novena: encontrarnos con Jesús cuando venimos a ver a María; encontrarnos con María cuando venimos a ver a Jesús, sobre todo cuando asistimos a la santa misa.

Podemos pensar, por ejemplo, en el momento de la Consagración, cómo la Virgen está ahí presente de un modo especialísimo, al pie de la Cruz.  Y la misa es (te lo acabo de decir) el sacrificio incruento de Cristo en la Cruz.

EN LA COMUNIÓN

Podemos pensar también en el momento de la comunión.  Cuando yo comulgo a Jesús puedo decir que comulgo a María, porque fue ella quien lo concibió en su vientre y le dio su carne.

Me vienen a la mente también algunos cuadros que he contemplado de María recibiendo a Jesús sacramentado de manos de san Juan apóstol.

Es la piedad popular que se ha imaginado, que después de la Ascensión de Jesús a los cielos, antes de la Asunción de María, ella cumpliría el encargo que le dio Jesús al pie de la Cruz: cuidar de san Juan y Juan de ella.

Juan apóstol le celebraría misa todos los días y ella recibiría a Jesús sacramentado con la misma piedad con que lo hizo aquella primera vez que el Verbo se hizo carne en sus entrañas.

Vamos a hacer un poquito de examen en la presencia de Dios: “Jesús, ¿cómo son mis comuniones?”

Pensando en la comunión de María, podemos aprovechar para recitar la comunión espiritual que le enseñó a san Josemaría aquel religioso Escolapio.

Porque no solo pone nuestro cariño a Jesús y a María en un mismo canal, sino porque también nos recuerda que la Virgen es inmaculada.  Dice:

“Yo quisiera Señor recibirte con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió tu santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos”.

DEJARNOS LLEVAR POR ELLA

Contaban de una señora que después de escuchar esta oración le decía a un sacerdote con mucha sinceridad: “Padre, pero esto es imposible.  Yo no puedo recibir así a Jesús: con aquella pureza, humildad y devoción con que la recibió María”.

Pienso que tiene un punto de razón, porque en sentido estricto nuestra relación con María no se trata tanto de imitarla (así como pensando que por nuestras propias fuerzas vamos a ser como ella, cosa que es imposible) sino de dejarnos salvar por ella.

Dejarnos querer por ella, dejar que ella sea quien nos lleva de la mano hacia Jesús; que es nuestra Madre María y nos lleva a su Hijo Jesús.  Ella es quien nos enseña a recibirlo así: “con aquella pureza, humildad y devoción”.

Sin embargo, notamos que muchas veces nuestras comuniones son todo lo contrario: son distraídas, a veces tenemos prisa por irnos corriendo después de la misa y no quedarnos a la acción de gracias…

Ante tanta imperfección que tenemos todos, también podemos rezar como decía san Josemaría:

“Dame Jesús el amor con el que quieres que te quiera”.

O sea, incluso, dámelo Tú, porque yo me veo tan miserable que necesito ser salvado, necesito ser redimido.  Este es principalmente el papel de María Inmaculada en la historia de tu salvación y de la mía.

CANCIÓN

Quiero terminar mi diálogo con el Señor poniéndote una canción.  La canta una niña de trece años con motivo del aniversario de la muerte de su abuelo.

Es una oración del santo cura de Ars, muy bonita, que le gustaba mucho a su abuelo y a mí me encantó, por eso te la quiero compartir.

Además, quizás, nos pueda servir imaginarnos (yo me quiero imaginar con esa vocecita de niña adolescente con la que canta esta niña, que te va a encantar) que es la Virgen adolescente que se la está cantando a Dios y así está preparando su corazón para la embajada del ángel.

Te amo Dios mío, es mi único deseo, amarte hasta el último suspiro de mi vida.

Yo te amo Dios mío infinitamente amable y prefiero morir amándote porque no quiero vivir sin amarte a Ti.

Te amo Señor y la sola gracia que te pido es amarte eternamente que mi alma nunca deje de quererte. 

Te amo Señor, solo esa gracia otórgame porque quiero amarte hasta la eternidad.

Dios mío, si mi lengua no puede decir que te amo en todos los momentos, quiero que mi corazón lo diga.

Dios mío, si mi lengua no puede decir que te amo, quiero yo que siempre mi corazón lo repita cada vez al respirar.

Te amo Señor, para siempre te amaré, una gracia yo te pido que mi alma nunca deje de quererte. 

Te amo Señor, solo esa gracia otórgame porque quiero amarte hasta la eternidad.

Te amo Señor, para siempre te amaré, una gracia yo te pido, no dejarte de querer.

Te amo Señor, solo esa gracia otórgame porque quiero amarte hasta la eternidad.

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