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Padre Juan

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FUEGO

Recibir el amor de Dios. Transmitir el amor de Dios. El fuego que arde en el corazón de Dios. Que nuestro corazón se parezca al del Señor. Fuego he venido a traer sobre la tierra.

Hace poco me llegó en el en whatsapp un videíto en el que explicaba un señor, seguramente con muy buena intención, advertía sobre un peligro que tiene el alcohol en gel, que ahora tanto estamos usando para combatir este virus, y lo que hacía era poner en un plato un chorrito, una gota de alcohol en gel y pasaba un fósforo encendido cerca y después mostraba cómo aparentemente esta seguía igual, nos llamaba la atención, y sin embargo al acercarle un papel se encendía, y decía también que si él pasaba la mano por encima, aunque aparentemente estaba ahí el chorrito de alcohol sin que se viera una luz especial ni humo, decía que sentía el calor.

Esto para advertir un peligro, decía él, esto la verdad es que lo que pensé es que éste va a provocar más incendios dando esta idea que evitarlos, pero bueno no sé. Espero no provocar  yo ningún incendio al contar cómo funciona el alcohol en gel y que nadie haga la prueba y termine mal.

Me acordaba este mensaje que recibí, porque el Evangelio que la Iglesia hoy nos propone escuchamos unas palabras de Jesús en las que el Señor como que quiere expresar, desahogarse en algo que bulle dentro de Él y lo tiene que decir y dice Jesús:

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra,  ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”

(Lc 12, 49).

Qué admirable es,  qué lindo Señor contemplarte en tus emociones, qué tienes emociones, que sos un hombre verdadero siendo Dios. Y tenes deseos profundos, como un hambre… que está encausada hacia la misión, hacia lo que Jesús vino, de hecho a continuación exclama Jesús: “Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!” (Lc 12, 50).

Jesús tu venida a este mundo no fue un paseo, no viniste a hacer turismo a nuestro mundo, sino  que viniste a  dar la vida por nosotros (y eso es el bautismo que queres recibir) y viniste a encender los corazones y sentis angustia mientras continúen apagados.

Y ahora Señor,  tantos años después de que pasaste por esta tierra, tus palabras siguen siendo actuales, vivas. Jesús recibió su bautismo, derramó su sangre por nosotros en la Cruz, resucitó, está a la derecha del Padre. Nos enviaste, Señor, junto con el Padre al Espíritu Santo, las puertas de la salvación están abiertas, tenemos un camino privilegiado en la Iglesia para alcanzar a Dios… Y sin embargo ese fuego que Jesús trajo… Nos podemos preguntar: ¿Está ardiendo? ¿Está quemando todo?

Quizá desde el cielo, y donde estás ahora Señor, y también desde la tierra, en la Eucaristía y en nuestros corazones, seguís clamando. ¡Cómo desearía que ese fuego  esté ardiendo en los hombres y mujeres, en los corazones!

Y qué bueno sería que vos y yo compartamos estos sentimientos del Señor. Acaso no es eso un poco la vida cristiana, compartir cada vez más, más a fondo, lo que Dios mismo tiene en su corazón… que nuestro corazón se parezca al de Dios, que nuestra mirada se parezca a la mirada de Dios, que tengamos esa compasión, ese amor, esa hambre de que todos vivan esa Vida, con mayúscula,  la Vida de Dios.

Leía en estos días unas palabras que escribía San Juan de Brebeuf, fue un jesuita que el lunes fue su fiesta, y se fue como misionero jesuita a Canadá a llevar nuestra fe, y le decía el Señor, ofreciéndole su vida a Jesús por la conversión de los nativos de esas tierras del norte de América, él escribía: “Dios mío, ¡Cuánto me duele el que no seas conocido, el que esta región extranjera no se haya aún convertido enteramente a ti”.   Le dolía, y no eran solo palabras, porque al ofrecerle su vida,  Dios tomó ese ofrecimiento y él murió mártir, justamente, en manos de aquellos que quería convertir.

Y ahora en estos 10 minutos con Jesús, nuestra oración podemos preguntarnos: ¿ya quema Señor tu fuego, al menos en mí? ¿al menos en mi corazón está encendido ese fuego?.

Nos podemos preguntar qué es ese fuego ¿Es un sentimiento que yo tengo que ahí muy vivo? ¿es compartir lo que hay en el corazón de Dios? como decía recién, ¿es un entusiasmo…?  Y te diría que sí, que es eso y es más que eso… Es Dios mismo que esté en nuestra vida. Es el fuego de la caridad, ese que mete el Espíritu Santo en corazones de sus fieles. El amor de Dios que nos mueve.

Hoy también celebramos ,en la Iglesia,  a San Juan Pablo II,  el 22 de octubre porque fue el día en que, en el año 1978, lo hicieron Papa, fue elegido para la Sede de Pedro (hoy nos podemos encomendar especialmente a este gran Santo, San Juan Pablo II que nos ayude en nuestra oración y  en nuestro día). Y cómo es su Santo, busque algún comentario suyo a este Evangelio de hoy (y decía las palabras que te voy a leer en una catequesis en el año 92, el 3 de junio) decía: “Cristo manifiesta el vivo deseo que arde en su corazón cuando manifiesta: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!”. El fuego significa la intensidad y la fuerza del amor de caridad”. La fuerza del amor de caridad ese es el fuego, dice este Papa Santo.

Por eso, ahora podemos preguntarnos ¿Cuánto arde el amor de Dios en mi vida? Y vuelvo un poco al ejemplo que me acordaba al principio del alcohol en gel… quizá no somos gente muy distinta,  quizá no es  que estamos exultando todo el tiempo, no es que caminamos entre las nubes porque estamos como transportados de las cosas presentes, que tocamos, que sufrimos, que nos entusiasman; incluso nos puede faltar el entusiasmo, podemos ser como esa llama, ese fuego que parece igual a todos, una gotita de alcohol que parece todavía apagada, y sin embargo da calor, y sin embargo sí se acerca un papel lo prende fuego.  Pensaba un poco así, podemos ser nosotros portadores de ese fuego del Señor.

En particular, me acordaba  de una respuesta, vi hace poco un vídeo en el que le preguntaban al Prelado del Opus Dei: ¿Qué es el “quid divinum”? porque san Josemaría hablaba de un “quid divinum”: algo divino, santo escondido que hay en las circunstancias ordinarias y que a cada uno le toca descubrir, hablando de la santidad en la vida ordinaria. Y el prelado de la Obra, don Fernando Ocáriz, ante  esa pregunta decía: “Para mí ese “quid divinum” ese algo divino es el amor de Dios. Parte de ese fuego, que pienso que tenemos que llevar y que nos enciende a querer a los demás y a transmitir la esperanza del cristianismo es: saber que Dios nos quiere”. Y qué bueno encontrar eso a través de la fe. Por ejemplo, que ahora, Señor vos me escuchas, gracias porque me escuchas, gracias porque me quieres, gracias por este nuevo día, gracias porque estás contento conmigo. Sabernos queridos, hacer un acto de fe en ese amor que Dios nos tiene y nos lo manifiesta, pero hay que creer. Es lo que decía san Juan:

“Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene”

(1Jn 4, 16).

Y ahí, pienso, que es la fuente de ese fuego con el que podremos, también, primero nosotros estar encendidos y después quemar a nuestro alrededor.

Vamos a pedirle a María, que compartía en su corazón los sentimientos de su Hijo, que Ella nos ayude a ser así, a ser personas encendidas, que den luz y que den calor sin hacer nada especial, en nuestra vida ordinaria.

 


Citas Utilizadas

Ef 3, 14-21;

Sal 32;

Lc 12, 49-53

Reflexiones

Que el fuego de la caridad arda en nuestra vida.

Predicado por:

Padre Juan

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