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ENSÉÑAME A REZAR COMO TÚ REZAS

orar

Bueno, así como si quisieras ser un buen corredor, no le pedirías consejo al cocinero, sino al entrenador físico; Pues de igual manera, si quieres saber qué significa ser amado por Dios, Jesús es el que mejor puede enseñarte: Él es el Maestro. Y una de las cosas que nos va a mostrar, es que para tener una auténtica experiencia del amor de Dios, como fuente de identidad para nuestra vida, para nuestro trabajo, para todo, necesitamos rezar. 

Esta semana el Evangelio habla de oración.  ¿Recuerdas aquel deseo que tuvo el discípulo de rezar como rezaba Jesús? Se habían detenido de nuevo en medio del camino; iban quizá de un pueblo a otro. Y varios habían pensado: Otra vez Jesús va a rezar.

¿Qué harían los discípulos mientras Jesús rezaba? Quizá uno diría: Una siestecita no me caerá mal; otro más, quizá juntaría otros tres para jugar un pokarito en lo que reza Jesús; finalmente, otros más se pondrían a platicar para “matar” un poco el tiempo. Mientras Jesús, como es su costumbre, se detiene para rezar.

Pero uno sólo estaba haciendo algo que nadie hizo: se puso a observar a Jesús. Estuvo atento a la oración de Jesús. Nos lo dice el Evangelio:

“Un día Jesús fue a cierto lugar para orar. Cuando terminó, uno de sus discípulos se acercó y le pidió: Señor, enséñanos a rezar como Juan Bautista enseñó a sus discípulos”.

(Lc 11,1)

¿QUÉ NOS HACE ÚNICOS?

Recuerdo mis clases de mercadotecnia cuando estudié Administración. Nos hablaban de la ventaja competitiva que debería tener nuestro producto, algo que lo hiciera único; es lo que este apóstol le está pidiendo a Jesús. 

A la hora de rezar, ¿Cuál es Jesús, lo qué nos hace únicos? ¿Cuál es nuestra ventaja competitiva? ¿Qué es lo que nos distingue a nosotros, seguidores de Jesús? Bueno, pues danos algo como eso, Señor. Enséñanos algo específico de tus apóstoles. Algo en lo que nos puedan distinguir que somos discípulos Tuyos. Y ante esta pregunta Jesús responde diciendo:

«Cuando hagan oración, digan: Padre…»

(Mt 6, 9)

Es bonito ver que Jesús le responde a este discípulo y nos está respondiendo también a ti y a mí. Y es como decirnos: «Quiero que tú tengas lo que Yo tengo»

Jesús no se queda para Él la relación que tiene con su Padre, sino que nos la da generosamente. Como diciéndonos: “La característica específica que Yo tengo de ser Hijo de Dios, quiero que la tengas tú. Y esto significa que te puedes acercar a Dios con la confianza de hijo. Es creer como yo creo; es confiar y saber que siempre me escucha, sentir que estoy en Sus manos, que Él quiere lo mejor para mí… Bueno, pues todo eso es lo que Yo quiero para ti”.

CORAZÓN INQUIETO

Hay unas palabras en el libro de las Confesiones de san Agustín, las más conocidas. Las dice en un contexto de oración a Dios:

“Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”.

(Corazón inquieto. La vida de san Agustín.  Louis de Wohl) 

Una frase muy conocida y famosa, quizás una de las verdades más profundas de lo que significa ser humano: ¡Que estoy hecho para Dios!

Que Él es la respuesta a la pregunta: ¿Quién soy yo? Y yo tengo esta experiencia, esta inquietud de la que habla san Agustín, de no sentirme completamente satisfecho. 

Una inquietud que es como un hambre, una necesidad de estar completo, de experimentar que de seguro hay algo más. 

“Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”. 

JESÚS REZABA

Y de nueva cuenta intentamos volver atrás para entender lo que este discípulo siente mientras Jesús rezaba. Y es precisamente eso: Descubrió en Jesús, vió en su rostro lo que es un corazón que está completamente lleno, satisfecho y descubrir que eso sólo lo da Dios. 

Tú y yo sabemos que en esta vida nunca podremos tener esto de manera completa, pero sería maravilloso tener mucho más de lo que tenemos. 

Que nuestro corazón descansara de manera más abandonada en Dios Padre. Y que esa confianza generara una actitud de escucha atenta al momento de rezar. 

Pero ¿cómo puedo hacer que mi corazón no esté inquieto? Y podríamos nombrar una lista de inquietudes que guardamos en el corazón. Me quiero fijar en una muy común: la de desear que las cosas fueran diferentes. Y cuando decimos «las cosas» me refiero a todas las cosas: la gente con la que vivimos, las circunstancias de trabajo, que yo mismo fuera diferente, que fuera más alto, que fuera más fuerte, que tuviera más dinero. ¡Todas las cosas que se nos pueden ocurrir! 

Y me entra una inquietud: quisiera que mi mundo fuera diferente. 

QUERER LO QUE DIOS QUIERE

Precisamente la oración tiene la habilidad de forjar y de darle forma a nuestro deseo, de manera que esté en armonía con el deseo de Dios. En otras palabras, la oración nos ayuda a querer lo que Dios quiere.

Sin oración, nuestros deseos siempre van a ser como ese juego de los bloques de bebés de Fisher Price, -esas figuras geométricas de colores-. Ahí estamos, queriendo embonar el triángulo en el orificio del cuadrado y sentiremos que no encajamos, pues nunca vamos a encajar con las cosas de Dios. 

ACEPTACIÓN

Necesitamos hacer oración. Esa oración atenta y paciente que nos ayude a querer lo que Dios quiere. Y, en la medida en que la vamos haciendo, esa inquietud que nos viene a veces de no estar contentos en las circunstancias en la que nos encontramos, se va quedando atrás. Porque el primer paso para estar alegres con lo que tenemos, es producto de la oración y se llama aceptación. 

A dejar de pensar que el pasto de la vecina es más verde que el mío. Dejar de estar pensando en cómo sería si esta persona fuera diferente. Si no tuviera que lidiar con este trabajo, sino simplemente aceptarlo. Y una manera de notar que hemos comenzado a aceptar las cosas, es que dejamos de quejarnos. 

Trata de considerar en tu oración de manera muy precisa, en cuánta energía perdemos, cuánto tiempo perdido de nuestra vida por lamentarnos de cosas sobre las que no tenemos ningún control. Cosas que no podemos cambiar. Y esa queja nos pone en una actitud defensiva, de víctima e, incluso, nos hace sentir miserables. 

Por eso, necesitamos empezar con la aceptación. Y de allí vamos teniendo una mejor disposición y poco a poco, de manera milagrosa pero real, vamos terminando por amar aquello que se me ha pedido hacer: Las circunstancias en las que me encuentro. 

SABERNOS AMADOS POR NUESTRO PADRE

Ése es el auténtico milagro de la gracia. Dejar de huir de la vida a la que Dios nos está llamando. Dejar de defendernos de ella y enfrentarla y amarla, abrir nuestros brazos a ella sin miedo.

Que no tengamos miedo a creer que se va a cumplir esa promesa de Jesús. Que le tomemos la palabra de buscar, de preguntarle, de tocar la puerta. 

Es así como Él rezaba. Es así como Él llamaba, porque Él sabía que su Padre lo quería, lo amaba.

Como dice el Evangelio de hoy:

«… O supongan que, a uno de ustedes, que es padre, su hijo le pide pan, ¿acaso le dará una piedra? O si le pide un pescado; ¿acaso le dará una serpiente en lugar del pescado? O si le pide un huevo; ¿acaso le dará un escorpión? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»

(Mt 7, 9-11)

En otras palabras, Jesús nos está diciendo: No tienes idea cuánto te quiere, ¡cuánto te ama el Padre! Incluso, ustedes que tienen tantos defectos, saben cómo querer a la gente y cómo dar cuando les piden. ¿Cómo van a dudar que el padre no quiera hacer lo mismo con ustedes? 

Quizás no necesariamente te dará lo que estás pidiendo, pero te dará mucho más que eso, incluso algo mucho mejor, te dará el Espíritu Santo y con Él lo que realmente es bueno para nosotros. Lo que nos va a llenar de alegría y de paz el corazón. Eso es lo que nos va a dar el Señor. 

LA ORACIÓN: UNA EXPERIENCIA

Y no es fácil. No es fácil rezar, Nadie ha dicho que sea fácil. Sigue siendo un reto grande. Pero ¿qué cambia? ¿Qué cambia al rezar? Porque aparentemente no cambia nada. Sí, sí cambia algo por dentro: cambia esa inquietud a la que nos referíamos. Cambia ese corazón inquieto, ese dejar de decir que sí y que no al mismo tiempo. O experimentar esa sensación o sentimiento de: ojalá no estuviera haciendo lo que estoy haciendo. 

Lo que Dios quiere que experimentemos como fruto de nuestra oración, es dejar de estar divididos, dejar de estar fracturados.

Y en la medida en que vayamos al Señor a poner nuestro corazón en Sus manos, quizá en esa misma medida la Gracia de Dios irá actuando en nosotros.

Terminamos acudiendo como siempre a María, ella quiere que experimentemos esa oración. Pidámosle a ella que no la dejemos nunca. 

Y ahora te dejo un ratito por tu cuenta para que dialogues con el Señor. Para que vayas concretando en esta semana, esos minutitos diarios, para la oración en el lugar y en el momento oportuno.

 

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