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P. Rafael

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7 min

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EN MOMENTOS DE ANGUSTIAS

El Señor pone a prueba a sus discípulos: ¿confiarán en sus indicaciones, aunque parezcan humanamente descabelladas? Por suerte sí, y gracias a esto, ellos ven los frutos y nosotros aprendemos a confiar más en los planes de Dios. 

¿QUIÉN PODRÁ AYUDARME?

Quiero empezar pidiéndote disculpas porque voy a hacer una referencia personal, porque resulta que mientras estaba grabando esta meditación me encontraba delante del Sagrario por un agobio, por un tema económico. 

Yo sabía que tenía que preparar estos 10 minutos con Jesús, pero la mente se me iba una y otra vez a las mismas preguntas. Ahora, ¿cómo voy a resolver este problema? ¿Quién podrá ayudarme? 

Y yo estoy seguro de que te ha pasado también a ti, que cuando tienes la mente en alguna cosa, aunque tengas un texto delante de ti, seguramente lees las palabras, pero no asimilas el sentido. 

Pues así me encontraba yo con el Evangelio entre las manos, delante del Sagrario, pero con la cabeza en esa preocupación, que es una preocupación material…

Y resulta que en esas estábamos, cuando recibí una llamada telefónica, y era justo la persona de la que estaba esperando una respuesta para este tema. 

… Y EL CIELO RESUELVE

Salí inmediatamente del oratorio, atendí la llamada y para mi asombro, esa persona me dijo algo así como: —Padre, no se preocupe, que yo le voy a ayudar en su problema. 

Claro, cuando colgué el teléfono, inmediatamente estaba exultante de alegría: ¡es que no podía creer cómo el Cielo iba resolviendo las cosas! Eso sí, a su tiempo y pasando cierta angustia. E inmediatamente, tuve que volver al oratorio para darle muchísimas gracias a Dios. 

Y bueno, después volví a lo que estaba haciendo, que era preparar este rato de oración. Resulta que retomo el Evangelio, (que ya como te digo, lo había leído poco antes) y me quedo de piedra al darme cuenta de que, esa llamada telefónica, llegó justo cuando Tu, Señor, en el Evangelio de hoy, le dabas a tus discípulos y a mí, unas instrucciones muy precisas. 

Dice:

“Y además le encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja. Que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y les decía:

—Quédense en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio”

(Mc 6, 9).

EN MOMENTOS DE ANGUSTIAS
DIOS NOS INVITA A CONFIAR

Pues sucede que el de hoy, era justamente un Evangelio para confiar más en Dios, especialmente en estos agobios, estas preocupaciones materiales… ¿Cómo es que no me había dado cuenta? 

Bueno, no puedo darte muchísimo detalle, pero mi problema económico no era precisamente porque yo quisiera el último iPhone o una PlayStation nueva o un viaje por el Caribe. No es que sean cosas malas, pero mi preocupación no era esa. Era por un instrumento que me es necesario para trabajar. 

Y la sorpresa es que aquí estás Tú, Señor, diciéndole a tus discípulos y a mí, que vayan por todo el mundo a trabajar por Ti y que no se preocupen por las cosas materiales. Que el éxito de esta empresa celestial no depende tanto de llevar un par de zapatos extras o comida por si acaso. 

Hoy les invitas, -nos invitas-, a confiar más en los medios sobrenaturales, que en los medios humanos cuando trabajamos por Ti. 

¿DUDAS? ¿PREGUNTAS?

Y volviendo al Evangelio, a mí me sirve muchísimo imaginarme a estos discípulos que recibieron estas instrucciones y me gusta pensar que ellos sintieron la ansiedad tremenda de ser así cómo enviados a la guerra, pero armados sólo con un tenedor de plástico. 

Y es que, humanamente hablando, estas instrucciones Tuyas parecen más bien sacadas del capítulo de contra ejemplos de cualquier manual de proyectos. Porque estas instrucciones parecen un salto al vacío. Es que hay más preguntas que respuestas: ¿qué vamos a comer? ¿cómo nos vamos a vestir? ¿será que nos van a recibir en un lugar cómodo? (…)

Y yo estoy seguro que Tú, que me oyes en estos 10 minutos con Jesús, has pasado más de una vez por esta misma situación. Pero si miras atrás, verás que también Dios ha resuelto muchas veces esas preguntas y lo ha hecho de un modo que nos ha dejado con la boca abierta. 

Hasta puede que te haya pasado como a mí, que tuve que regresar al Sagrario. Tuve que pedirle perdón a Dios por haber dudado de Él. Inmediatamente sentí como el Cielo se estaba riendo de mí -en buen plan es verdad-, pero riéndose de mí por mis angustias. ¿Cómo no confiar más en Dios? 

Pues es un alivio saber que tantos hombres y mujeres, mucho más santos que nosotros, pasaron por la misma prueba. Sin ir más lejos, el Evangelio de hoy nos recuerda que tus discípulos, Señor Jesús, amadisimos por Ti, pasaron por lo mismo. 

TOTAL CONFIANZA EN DIOS

También san Josemaría, que dejó por escrito una experiencia suya, y uno puede pensar que él era director de almas… pero yo creo que tiene un guiño autobiográfico, porque dice:

“Te quejabas al verte de nuevo solo y sin medios humanos. -Pero inmediatamente el Señor puso en tu alma la seguridad de que Él lo resolvería.

Y le dijiste: ¡Tú lo arreglarás! —Efectivamente, el Señor dispuso todo antes, más y mejor de lo que tú esperabas”

(Forja, p. 284).

Es a ese punto al que quiere conducirnos Dios. Al punto de la total confianza en Él. Ojalá llegásemos al extremo del abandono en esos planes divinos que leemos, por ejemplo, en el libro de Job. 

Ahí, nuestro querido Job, -cuya historia tú conoces perfectamente- que él es la viva representación de aquello que se dice de que ‘cuando el pobre lava llueve’

Él ya había perdido sus bueyes, había perdido sus ovejas, sus pastores, y encima -yo no sé qué tan frecuente eran en aquella época los huracanes-, pero resulta que viene un huracán cruzando el desierto y derriba la casa en la que estaban sus hijas e hijos, y por supuesto, los mató. Vamos, que el pobre Job tiene peor suerte que el coyote… 

Pero el bueno de Job, que tiene mucho más sentido común que tú y que yo, nos dio una lección de su confianza en Dios y nos dice:

“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor.

Si aceptamos los bienes, ¿no vamos a aceptar también los males?”

(Jb 1, 21; 2,10).

EN MOMENTOS DE ANGUSTIAS
DIOS TIENE UN PLAN PARA MÍ

¡Caray, ya te digo yo que, a mí me da una tremenda envidia esta respuesta de Job! Y espero de verdad que esta prueba reciente, me ayude a mejorar en esto: que es que soy un hijo de Dios y no puedo tenerle miedo a nada ni a nadie, ni siquiera Dios, que es mi Padre, como decía san Josemaría.

Es que nuestro optimismo no es que ‘todo va a salir bien’, que a todos nos ha tocado decirle a alguien para consolarlo… Nuestro optimismo cristiano no es el de que todo vaya a salir perfecto, al menos no aquí en la Tierra. 

Nuestro optimismo es más bien el de: mi padre es Dios, que me ama con locura y mi Padre tiene un plan. Y esto, a pesar de mi resistencia a esos planes, que son buenísimos, aunque no siempre sepa entenderlos a la primera… 

Pues hoy leemos en el Evangelio, que los discípulos fueron dóciles, siguieron las instrucciones y dieron los frutos de su labor. Comenta el evangelista:

“Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”

(Mc 6, 12-13).

CON ALZHEIMER ESPIRITUAL

Pues ya está, prueba superada, pero por ahora… Porque ellos sufrían esa misma enfermedad que padecemos nosotros, que lamentablemente padecemos de ese Alzheimer espiritual que nos hace olvidar todas las veces que Dios nos ha tendido la mano y nos ha sacado del apuro. 

Estos discípulos tenían motivos, más que suficientes para vivir con la seguridad de que mientras estuviesen junto a Dios, nada había que temer. Pero en el momento malo, cuando se encuentran de frente con la Cruz de Jesús, salieron todos corriendo como chiripa…Bueno, todos menos uno. 

Y es que la teoría la conocían a la perfección, es que había motivos más que suficientes para confiar. Pero una cosa es poner todo eso en práctica al momento de la prueba. 

ABANDONARNOS EN MOMENTOS DE ANGUSTIAS

Por eso, aprovechemos este rato de oración para renovar nuestro abandono en los planes de Dios y a pedirle que nos dé ese don del agradecimiento, un agradecimiento que nazca del recordar cuántas veces Dios nos ha ayudado. 

Nosotros también tenemos razones, motivos más que suficientes para creer. 

Y te pedimos disculpas, Señor, por todas esas veces que nuestro Alzheimer espiritual nos hace olvidar que nos has sacado de apuros una y otra vez. Y siempre antes, más y mejor. 

Vamos a pedirle este favor también a nuestra Madre, la Santísima Virgen de Guadalupe, porque para que Juan Diego confiara en ella, le dio un argumento que lo dejó completamente desarmado, y que también a nosotros nos ayuda muchísimo, nos da una tremenda tranquilidad. Porque le dijo:

“¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu madre?


Citas Utilizadas

1 R 2, 1-4. 10-12

1 Cro 29

Mc 6, 7-1

Jb 1, 21; 2,10

Forja, p. 284

 

 

Reflexiones

¡Señor, ayúdame! Tú sabes mi plan, sabes a lo que puedo resistir en esos momentos de angustia.

Que pueda tener la confianza y abandono pleno en tu infinita sabiduría.

 

Predicado por:

P. Rafael

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