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P. Rafael

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EN EL VIERNES DE DOLORES

«En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la prosperidad y en la adversidad». En este viernes de dolores contemplamos las angustias de la Virgen. Ella es nuestra madre, y no queremos ni podemos dejarla sola.

FiDELIDAD EN LOS DOLORES Y ALEGRIAS

“En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la prosperidad y en la adversidad”.

Estoy seguro de que estas palabras te suenan porque son las que los sacerdotes pronunciamos cuando celebramos el rito del matrimonio, concretamente para solicitar el consentimiento de los novios.

Y es verdad que dicho así tiene un tinte dramático -de eso no hay ninguna duda-, pero esto mismo se podría decir de un modo más resumido: ¿Estás dispuesto a ser fiel en las buenas y en las malas? Y esta pregunta es importantísima, porque de eso se trata el amor.

Esta es una tentación que ha estado siempre presente en la vida del hombre, pero creo yo que en la actualidad tiene un acento muy marcado: el de rebajar el amor al mero sentimiento de disfrutar con alguien. Incluso se llega a reducir aún más el amor, a rebajarlo a la simple atracción física. Y muy probablemente eso no sea amor, aunque le pongamos esa etiqueta. Algo de amor puede tener porque se disfruta y se comparte con alguien -en este caso se comparte la alegría-, pero le falta eso de la plenitud del amor, que es la fidelidad también en los momentos malos.

AMAR EN TODOS LOS MOMENTOS

Es más, se dice que un termómetro del amor es la posibilidad de compartir con la persona amada los malos momentos, para así poder disfrutar con mayor intensidad los buenos. Y no me malinterpretes, que no se trata sólo de sufrir, sino de tener un corazón tan grande, que sea capaz de acompañar a la persona amada en todos los momentos: en los buenos y en los malos.

viernes de dolores

Hoy estamos en el último viernes de Cuaresma y tradicionalmente se le llama Viernes de Dolores. Es un día en el que meditamos especialmente el Via Crucis y en el que nos centramos también en el dolor del corazón de María, nuestra Madre. Ella -bien lo sabemos-, desposada con San José, supo vivir este amor humano que era capaz de compartir con él -con José-, los momentos de alegría y de adversidad.

EL AMOR PLENO DE MARÍA

“Señor, perdóname, porque esto parece más bien una clase de teología, de antropología, más que un rato de oración contigo, pero es que quiero recordar estas cosas para alabar a tu Madre Santísima, que tuvo un corazón tan grande que supo vivir a plenitud el amor humano y el amor divino”.

Sí, porque así como María tuvo la plenitud del amor a José, lo tuvo también con Dios.

Dios se había fijado en Ella desde la eternidad, antes de la creación del mundo, para que fuera su hija, su madre y su esposa. Y la fue “enamorando” -el papa Francisco diría “la fue primereando en el amor”. Y esto, desde el mismo momento de su concepción, como un enamorado va llenando de regalos y flores a su amada. De modo que a María le fue más fácil responder libremente ese “Sí, acepto”, fiat.

HÁGASE EN MI SEGÚN SU VOLUNTAD

Y la verdad que la pregunta del ángel Gabriel no fue como la del sacerdote en la boda, pero sí incluía más o menos lo mismo: “María, ¿quieres ser la Madre de Dios, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad y serle fiel todos los días de tu vida?” Y la respuesta la conocemos:

“Fiat, hágase en mí según su voluntad” (Lc 1, 38).

“Señor, aunque esto no fue exactamente la pregunta del ángel, Ella, por ser la llena de gracia, comprendió mucho mejor que nosotros lo que implicaba esa propuesta del cielo”.

Sabía que no todo iba a ser color de rosa; Ella intuía mejor que nosotros que todo no iba a ser un camino de felicidad al estilo humano. Eso lo comprobó en Belén y años más tarde se lo confirmó Simeón cuando en el Templo le dijo que una espada iba a traspasar su alma (cfr.Lc 2, 25-35).

ANGUSTIA DE MADRE

De hecho, María era la única criatura que comprendía el motivo por el que su Hijo había venido al mundo.

Viernes de dolores

Ahorita no es época de Navidad evidentemente, pero probablemente conozcas ese villancico famoso “Madre en la puerta hay un niño”. Y una de las frases más fuertes de ese villancico es la del niño que dice: “Yo vine a la tierra para padecer”.

Nuestra Madre sabía lo que iba a suceder, lo que iba a pasar por el corazón de su hijo. Y lo que conmemoramos hoy, en este llamado tradicionalmente Viernes de Dolores, es el amor de una madre que sabe por lo que está a punto de pasar su hijo. Es la angustia de quien intuye que a Jesús finalmente le había llegado su hora.

Pero para este momento Dios la había preparado, Dios le había pedido su permiso. Ella estaba lista, preparada para amar.

AMAR: ESTOY CONTIGO EN TU DOLOR

Y es propio del amor comprender y acompañar al amado, especialmente en los momentos más duros. Ya vendrán momentos buenos, pero ahora toca acompañar, llorar, sufrir, amar. Y no es un acompañamiento solamente físico, sino es un acompañamiento más locuaz que las palabras: estoy contigo en tu dolor.

Y la presencia de Nuestra Madre en ese camino de la cruz será, como decía san Josemaría, “un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina” (San Josemaría, Viacrucis, 4ª estación). Y me pregunto yo ¿acaso esto no es lo que hace la Virgen con nosotros?

EL FIAT DE MARÍA

Pues en este Viernes de Dolores nos maravillamos porque comprendemos mejor hasta dónde llega el “Fiat, hágase, cúmplase” de nuestra Madre a esa pregunta de Gabriel.

Siendo sinceros, tenemos una deuda enorme con María, porque Ella no sólo dijo “Fiat” en el momento de la encarnación, al inicio de esta aventura; también estamos en deuda con Ella porque renueva ese “Sí” hasta el final, especialmente en estos días que estamos por vivir en el Calvario, al pie de la cruz, esa pasión de Cristo.

Ahora, aquí pensando como los locos, ¿acaso los hijos no se parecen, incluso sin proponérselo, inconscientemente, a sus padres? Pues nosotros queremos parecernos conscientemente a nuestra Madre del cielo.

ACOMPAÑAR A JESÚS EN EL CALVARIO

Es que no queremos dejar solo a Jesús en esta Semana Santa. Y lo único que puede alejarnos de Dios es el pecado, esto lo sabemos perfectamente. Por eso, yo te recomiendo que te prepares para estos días con una buena confesión. Haz todo lo que esté de tu parte para acercarte a este sacramento que derrumba esos muros que hemos construido entre Dios y nosotros por culpa de nuestros pecados.

No lo dejemos solo en esa oración en el huerto. Vamos a mantenernos también vigilantes, aunque tantas veces no nos quedará de otra que admitir que hemos sido otro Pedro dormilón (cfr. Mc 14, 37).

Que nuestros ratos de oración en estos días previos a la Semana Santa -que ya no queda absolutamente nada- sean de verdad momentos de encuentro con Cristo, como estamos intentando en estos 10 minutos con Jesús.

AL PIE DE LA CRUZ

Y no te olvides, amigo mío, que Cristo está en la cruz, y para no dejarlo solo, tenemos que estar como nuestra Madre: al pie de la cruz.

La Iglesia, para esto nos propone unas prácticas de penitencia: el ayuno y la abstinencia. Pero ese es el mínimo, y no podemos quedarnos con el mínimo. Eso sería como quedarnos como simples espectadores de una película, y nosotros no queremos ser espectadores, queremos ser protagonistas de estos días junto a Jesús y a María.

Por eso no tengamos miedo a la penitencia, a la mortificación, al sacrificio. Invitemos a nuestro corazón para que sea más generoso, para que le diga una y mil veces durante el día a Dios: “Señor, te ofrezco esto, ¿qué más quieres que te entregue?”.

SEAMOS COMO MARÍA

Queremos parecernos a nuestra Madre en su fidelidad. Y en cierto modo nuestro primer “Fiat” lo hemos dicho el día de nuestro bautismo. Bueno, es verdad que alguien lo dijo por nosotros, pero después hemos tenido muchísimas oportunidades de renovarlo libremente. ¿Por qué no aprovechamos este Viernes de Dolores para renovarlo ahora? Para responderle generosamente a Dios, diciéndole que queremos estar con Él en las buenas y en las malas.

Y ya en estos días nos estamos acercando al momento malo, pero sabemos que después vendrán los momentos buenos, esos que duran hasta la eternidad y que hacen que todo lo malo por lo que hemos pasado haya valido la pena.

Pero de nuevo nos toca acompañar a María en su dolor.

“La Virgen Santísima es nuestra Madre y no queremos ni podemos dejarla sola” (San Josemaría, Viacrucis, 13ª estación).


Citas Utilizadas

Je 20, 10-13

Sal 17

Jn 10, 31-42

 

Reflexiones

María, que sepa dar el Si a Cristo como Tú lo diste hasta el final, y que lo diga contigo al pie de la cruz: que acompañe a Jesús siempre.

 

Predicado por:

P. Rafael

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