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EMAÚS

Emaús

¡Felices Pascuas de Resurrección!

La historia que viene a continuación vale la pena escucharla completa y, más que escuchar, “me permitiré Jesús, la licencia de meterme en la escena, de ser uno de los discípulos de esta historia (que son dos)”. Ya me imagino, que sabrás a qué me refiero.

Pero antes, te quería proponer dos propósitos: Primero la importancia de hacer oración, de ser almas de oración; y el segundo, la clave para esa oración, de acudir a las Sagradas Escrituras; especialmente, el Evangelio.

RECUERDOS

Te voy a contar esta historia -acudiendo a un pequeño libro que se llama-: Relatos a la sombra de la Cruz” de don Enrique Monasterio. Nos cuenta esta historia de los dos discípulos (lo voy a decir de una vez), de Emaús.
Ojo, que estamos haciendo oración, yo voy a hacer oración…

«Caminamos media hora muy despacio y en silencio. Era inútil tratar de olvidar. ¿De qué íbamos a hablar en el camino? De las veces que recorrimos con Jesús el mismo sendero, de los enfermos que llegaban de todos los rincones de Palestina, de aquel ciego que gritaba en Jericó, de la mujer que llevaba a enterrar a su hijo y Jesús le dijo «no llores».

Eran recuerdos dulces y amargos que tan pronto levantaban el ánimo como volvían a hundirlo en el abismo. Todo, todo, todo había terminado ya para siempre. Quizá nunca había empezado. –¿Te acuerdas de Judas? –preguntó de pronto Cleofás. –

Nunca hablamos de él. ¿Por qué me lo preguntas? –¿Sigues pensando que Judas es solo «el traidor» y que dándole ese título hemos sido justos? La mirada de Cleofás se había ensombrecido más aún. Se quedó callado un rato, se envolvió en la túnica y dijo: –Olvídalo.

RECUERDO DE MARÍA

Es este viento negro que se mete en el alma. –Una cosa es cierta –le respondí–: nosotros, como Judas, no vamos a ninguna parte, ya no buscamos nada porque lo hemos perdido todo. Simplemente huimos, nos alejamos. No hay esperanza. Si acaso, iremos en busca de un rincón donde morir. Judas encontró un árbol. Me vino entonces el recuerdo de María, de su mirada, idéntica a la de su Hijo, de aquella sonrisa imposible de olvidar. No sé si lloré porque el viento frío me azotaba la cara.

En ese momento oímos una voz a nuestras espaldas: –¿Qué discursos son esos que os traéis en el camino? Era una voz vagamente familiar, de alguien conocido en otro tiempo y olvidado casi por completo.

No le oímos llegar; por eso el sobresalto fue mayor. Hasta ese momento habíamos caminado unas veces muy deprisa, como fugitivos o ladrones –que eso éramos– y otras, por el contrario, demasiado despacio, como si nos costara alejarnos de Jerusalén. Pero siempre fuimos solos. Por eso, al escuchar aquella voz nos detuvimos desconcertados.

EL REENCUENTRO

Cleofás se giró por completo y miró al Desconocido de arriba abajo. Vestía una túnica blanca ceñida a la cintura y unas sandalias nuevas, tan limpias que parecían no haber tocado el polvo del camino. Era joven y fuerte.

Su rostro me resultó familiar, pero expresaba una dignidad que no recordaba haber visto antes. –¿Por dónde has venido? El forastero sonrió: –He estado siempre a vuestro lado. –¿Siempre…? ¿De dónde vienes? –De Jerusalén. –Entonces, ya sabes de qué hablamos.

¿O eres tú el único que ignoras lo que ha ocurrido allí estos días? –¿A qué te refieres? –A Jesús de Nazaret, al gran Profeta… Mientras Cleofás hablaba, yo reemprendí la marcha y me refugié de nuevo en la tristeza.

EL RESTAURADOR DEL REINO

No necesitaba que me contaran otra vez la historia y mucho menos oír cómo se la repetían a un curioso que sólo buscaba conversación. Tenía razón Cleofás: ¿cómo podía haber alguien en el mundo que ignorase los sucesos que habíamos vivido?

¿Quién sería capaz de pensar en otra cosa que no fuera la muerte del Maestro?
En ese momento incluso me sorprendí dando gracias a Dios por el viento gélido y las nubes negras que nos escoltaban en el camino. Era un consuelo ver que también la naturaleza sufría con nosotros.

Entre tanto, Cleofás se desahogaba con un desconocido, hasta el punto de confesarle nuestra antigua esperanza de que Jesús fuera el restaurador del Reino de Israel y el alboroto de las mujeres, que nunca son de fiar, porque se dejan arrastrar por el corazón y la fantasía. –Nuestros sueños –concluyó– están enterrados en el sepulcro de Jesús, al otro lado de una gran piedra que nadie puede remover.

JESÚS

Y de pronto, aquel caminante, a quien ni siquiera habíamos preguntado el nombre, empezó a hablarnos con la autoridad de un profeta y con voz cálida, enérgica y cercana…

El desconocido se situó entre Cleofás y yo y empezó a hablar. Ahora, al recordar Su discurso, me viene a la memoria la firmeza de Sus palabras y la autoridad con que pronunciaba cada frase; pero no soy capaz de describir el tono ni el volumen de Su voz.

Creo que era como un susurro, aunque cada sílaba que salía de Su boca nos golpeaba el fondo del alma como un grito.
Nos llamó torpes, necios, incrédulos, pero ninguna de esas palabras parecía una ofensa, sino una caricia. Era formidable comprender que, en efecto, éramos todo eso y que, por lo tanto, podíamos estar equivocados y aún había esperanza. Nos explicó la Escritura, el sentido profundo y luminoso de la historia de Israel y de la Alianza de Yahvé con nuestros padres en el Sinaí, las promesas de Dios, las infidelidades constantes del pueblo, las llamadas de los profetas…

LLEGADA A EMAÚS

¿No comprendéis que era necesario que el Cristo padeciera todo eso para entrar en su gloria…? La verdad es que no, no lo entendíamos aún. Sin embargo, aquellas palabras parecían haber alterado todo: el viento frío se había transformado en una suave brisa; el sol, ya sin nubes que atenuasen su luz, se disponía a caer sobre las montañas en una sinfonía de colores rojos y violetas y nuestro ánimo, por alguna razón difícil de entender, se había encendido de nuevo como la luna llena de Pascua. Emaús estaba a la vista.

Mi casa seguía tan blanca como hace tres años y el huerto no parecía abandonado. Mi perro, que ya no era mío, puesto que lo regalé a mi vecino Samuel, vino corriendo hacia nosotros para darnos la bienvenida, y, antes de que nos diéramos cuenta, el Desconocido se alejaba por el camino.

ES JESÚS

¡Eh, tú…! ¡Quédate con nosotros! ¡Ya anochece…! En la mesa de mi casa alguien había dejado un pan y una jarra de vino. Quizá fue Samuel, pero no me atreví a salir para preguntárselo.

Nos sentamos. Empecé a temblar antes de que ocurriese nada. El Señor tomó el pan y yo le pregunté: –¿Quién eres? Jesús dividió el pan como solo Él lo hacía. –Sabes muy bien quién soy –me contestó. Le miré a los ojos. Era el vivo retrato de María».

Y hasta aquí el relato de don Enrique Monasterio sobre los dos discípulos de Emaús. Así nos metimos nosotros también en esa escena y sacamos propósitos.

«Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo».

(Sal 118, 24)

«Señor, gracias por haberte aparecido a estos dos que venían enfrascados en su dolor… Con Tu presencia y explicando las Escrituras, has hecho que en ellos vuelva a encenderse el corazón.

Hoy te pedimos como ellos: quédate con nosotros Jesús”.

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