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P. Javier

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DUREZA DEL CORAZÓN

Jesús habla de la dureza de corazón de sus compatriotas que se niegan a creer en la misericordia de Dios.

NECESITAMOS DE LA ORACIÓN

En estos diez minutos con Jesús, que tanto bien nos hacen siempre porque nos ayudan a hablar con Él, nos obligan de alguna manera a vencer nuestra pereza, nuestra inercia, que después de esta pandemia nos ha dejado a todos mucho más “playitos”, como más “playos”, menos profundos, más superficiales.

Necesitamos hacer más oración, recuperar ese estado espiritual que quizás teníamos antes de la pandemia y que lo hemos ido perdiendo por cansancio, por estrés. Por eso necesitamos hacer más oración.

Necesitamos estos ratos de oración como más intensos, más especiales; necesitamos comulgar con más frecuencia; necesitamos rezar con más frecuencia el rosario; aprovechar los traslados a veces para sacar aunque sea unas pocas Avemarías… pero necesitamos recuperar.

Y, además la pandemia -no nos olvidemos- genera mucho estrés, y el estrés genera, de alguna manera, angustia, desesperanza.

dureza de corazón

Entonces, un hijo de Dios tiene que ser una persona esperanzada, llena de optimismo, que mira el horizonte, el futuro, con muchísima sonrisa, con muchísima alegría, con mucho optimismo, llenos de esperanza. Somos testigos de esperanza en este mundo.

Por eso necesitamos rezar, hacer lo que estamos haciendo ahora, que es hablar con Jesús. Decirle a Jesús: “Me pasa esto, me pasa esto otro. Te doy muchas gracias por todo lo que he recibido. Te pido estas necesidades. Me gustaría ayudar a esta persona, no sé cómo. Me gustaría sacarme este rencor del corazón, o sacarme esta angustia, este miedo, esta zozobra que tengo en el alma. Ayúdame, Señor”.

Entonces, todo eso lo hacemos en estos ratos de oración, por eso son tan necesarios.

CORAZONES ARROGANTES

Vamos a leer el Evangelio del día que, como siempre, nos ayuda a situarnos. Y dice lo siguiente San Lucas:

“Dijo Jesús en aquel tiempo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, se hubiesen vestido de sayal, se hubiesen sentado en ceniza o hubiesen hecho penitencia. Por eso, el juicio les será mucho más llevadero a Tiro y Sidón que a ustedes. Y tú, Cafarnaúm, pensás subir al cielo, ¡bajarás a lo más profundo del abismo! Quien a ustedes escucha, a mí me escucha. Y quien a ustedes rechaza, a mi me rechaza. El que me rechaza a mí, rechaza a aquel que me ha enviado”

(Lc 10, 13-16).

En esta reflexión de Jesús, cortita porque es un evangelio muy cortito el de este día primero de octubre, habla a esas ciudades. Empieza con Corozaín y Betsaida, dos ciudades que fueron testigos de muchísimos milagros de Jesús. Y, sin embargo, no fueron capaces de convertirse a su palabra de amor.

Hay corazones arrogantes que mantienen su dureza para no aceptar la libertad de Dios que nos libera del pecado. Esa arrogancia de los fariseos que los llevaba a despreciar a los demás, y a despreciar incluso a Dios.

“EL RETORNO DEL HIJO PRÓDIGO” DE REMBRANDT

Dureza de corazón

Esta imagen es muy interesante, es una pintura de Rembrandt. Que hoy estuve utilizando para hacer oración. Es un cuadro de Rembrandt que, si mal no recuerdo, está en San Petersburgo, que tiene esta escena del hijo pródigo, de aquel chico que vuelve a la casa del padre después de haber dilapidado la herencia de mala manera: haber malgastado su herencia, haber deshonrado, haber rechazado al padre, porque ese irse lejos de su casa es irse y rechazar al padre.

Cuando le pide la herencia, no sólo le está pidiendo plata: está rechazando al padre; está diciendo: -Yo con vos ya no quiero tener más nada que ver. Se acabó mi relación con vos. ¡Me voy! Me voy de mi casa, me voy de mi hogar. Este ya no es más mi hogar, esta ya no es más mi casa y vos ya no son más mi padre. De ahora en más voy yo por mi cuenta la vida.

Y cuando vuelve, ese padre increíble que lo acoge, que lo recibe. Y en este cuadro de Rembrandt está el padre sentado, mirando con arrobo al hijo y el hijo que está como desvalido, mojado ¿no? Parece como un bebé recién nacido, tiene un poquitito de esa imagen ¿no?

Y el padre lo mira como una madre mira a un bebé, a un recién nacido.

Y en el cuadro aparecen esas dos manos, las del padre, una mano masculina y una mano femenina. La necesidad de que hay un padre y una madre que nos recojan, que nos ayuden a volver al hogar. Por eso es tan, tan bonita esa pintura, tan fuerte.

EL DESPRECIO DEL HERMANO

Y es muy interesante la figura del hermano que está parado al lado. Si uno la puede mirar, si la pueden googlear, véanlo. El hermano está vestido con aspecto de príncipe; tiene una actitud principesca.

Pero está mirando al padre yo diría que con desprecio, con pena, como diciendo ¿cómo te has rebajado a perdonar a este desgraciado, a este infeliz? ¿No te das cuenta que este pibe es un leproso, es un sucio, es un impuro? ¿Cómo te estás abajando? ¿Cómo te estás arrodillando para abrazar? -porque el padre está arrodillado abrazando al hijo, que también está arrodillado; los dos están arrodillados, abrazándose.

El padre lo abraza y lo comprende con su manto, lo cubre con su manto de alguna manera.

Es muy interesante ver al hermano mayor: el desprecio. Miren las manos: puestas una encima de la otra, como negándose. -Yo ni loco lo voy a tocar a este otro, a este inmundo, a este leproso, a este impuro. ¡Jamás!

Y lo mira con arrogancia, vestido como un príncipe, con una actitud aristocrática, distante, lejana. Ese nunca estuvo en la casa del padre. Ese hijo que siempre lo tuvo todo y que siempre estuvo junto al padre, nunca estuvo con el padre.

TENER UN CORAZÓN QUE PERDONE

dureza de corazón

Esa es la actitud de la cual nos intenta prevenir hoy Jesús en el Evangelio: esa arrogancia tan peligrosa, de esas personas que no aceptan que Dios sea bueno, que Dios nos perdone, que Dios no tenga ningún tipo de problema en acogernos, en perdonarnos.

Hay personas que reciben mucho y que son poco agradecidas con la gente, con Dios, con sus hermanos. Mantienen la exigencia de recibir como si fueran dioses y sus necesidades fueran únicas, y se proclaman como necesidades principales para ser satisfechas con inmediatez.

Por eso la actitud de ese hermano mayor del hijo pródigo, que aparece en esa pintura de Rembrandt en San Petesburgo, pienso que nos puede servir para que nunca se nos ocurra tener esa actitud en el corazón.

SEMBRADORES DE UNIDAD

Siempre tenemos que abajarnos, abajarnos, abajarnos, arrodillarnos; abrazar a todos los que quieren volver; perdonar siempre; ayudar a los demás a volver, ser siempre constructores de puentes, constructores de caminos para que se pueda volver a las relaciones, que las familias pueden estar unidas. Somos personas que unen, no que separan con nuestra actitud distante. No podemos separar a la gente.

Por eso es tan importante tener esa actitud del padre del hijo pródigo, del padre misericordioso. Que así debería llamarse esa parábola porque ahí el protagonista es el padre, no el chico.

El padre es el increíblemente grandioso. Es Dios que acoge siempre, que siempre está dispuesto a perdonar todo con un mínimo arrepentimiento, porque ese chico no tenía demasiado arrepentimiento. Con lo poquitito de arrepentimiento que tenía el padre consigue la conversión de su corazón, lo trae de vuelta a casa.

Por eso, qué importante es que estemos como pendientes nosotros de nuestro propio corazón. Cuando necesitemos volver a casa a través de la confesión sacramental, a través de un acto de contrición, a través de la comunión.

Y luego, ayudar a los demás a volver a sus casas, cuando se han ido lejos del hogar, sobre todo de Dios, o cuando se han separado de los demás. Qué bien que podamos hacer, que unamos a hijos con padres, a padres con hijos, a hermanos, a esposos, amigos… Ser sembradores de unidad. Pidámoselo especialmente Dios con este relato del Evangelio.


Citas Utilizadas

Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora

Ba 1, 15-22

Sal 78

Lc 10, 13-16

Reflexiones

Señor, que sepamos perdonar y ser sembradores de unidad siguiendo tu ejemplo de vida.

Predicado por:

P. Javier

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