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P. Federico

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AMOR INCONDICIONAL

La chifladura del amor de Dios le lleva a amarnos sin condiciones. Aceptar este amor y pagarle con la misma moneda, es gran parte del secreto de nuestra lucha y de nuestra vida de piedad.

Santo no es el perfeccionista, sino el que sabe amar.

Comienza el Evangelio de este día diciendo:

“Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa”.

Nosotros, tú y yo, también lo invitamos a la intimidad de nuestro hogar.  Queremos que sea parte de nuestras vidas.

Lo invitamos a nuestros ratos de oración, a este mismo: “Hola Jesús, pasa adelante” y ahí lo tienes, delante de ti.

Ahora, ¿cómo es Jesús para mí? ¿Quién es Jesús para mí? ¿Es juez o es amigo? ¿Es una especie de auditor espiritual, el que te cuenta las costillas? ¿O ves en Él, el rostro de la misericordia? Lo pregunto porque de eso depende mucho…

¿QUIÉN SOY YO PARA JESÚS?

Esas preguntas también nos hacen pensar, ¿quién soy yo para Jesús? ¿Me siento digno de estar en su presencia? ¿Lo invoco, lo invito a la intimidad de mi alma, de mi vida, con toda la confianza y sencillez del mundo? ¿O pienso que necesito tener cartas de presentación, mostrar títulos, presentar logros o méritos que me valgan su amistad, su cercanía?

Este fariseo de la escena, le ruega que coma en su casa.  Pero se ve que, en el fondo, él se siente digno; cree tener razones o méritos. Se nota por como sigue el relato:

            “Y entonces, una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse de que estaba recostado a la mesa en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro con perfume y, por detrás, se puso a sus pies llorando y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas y los enjugaba con sus cabellos.  Los besaba y los ungía con el perfume.

            Al ver esto, el fariseo que le había invitado se decía: «si Éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora»”

(Lc 7, 36-39).

JESÚS ME AMA

A ver, no se trata de que me lo merezco o no me lo merezco.  Se trata de que Jesús me ama y yo tengo la suerte de ser amado por Él.  Tal vez yo no le amo como se merece, pero Él sí me ama y mucho más de lo que me merezco.  Hay una gran diferencia, casi infinita, entre Su amor y el mío.

            “Ahora, ¿cómo es posible que la distancia infinita entre el amor de Dios y nuestra pobre correspondencia se esfume? (…)  Está claro que no tenemos dinero suficiente para «comprar» Su amor.  Dios nos ama porque le da la gana, que es la razón más divina.

            Por eso, también, no nos obliga a corresponderle de una manera precisa; al mismo tiempo, se entusiasma si le pagamos con Su moneda, con el amor gratuito de quien se deja amar, de quien permite al otro estar chiflado”.

CHIFLADURA
[Porque lo que hace Jesús por nosotros solo se entiende como una chifladura de amor divino.  Y nosotros encantados de dejarle estar chiflado. Pues resulta que]

Esto sucede cuando comprendemos que el cariño divino no está a la venta y, por eso, esperamos únicamente en la lotería de su bondad incondicional.

            Entonces, el alma responde con lo poco que atesora, pero con una gran diferencia: lo hace porque le da la gana, igual que a Dios.  Y lo disfruta igual que Él”

(Diego Zalbidea, Agradar a Dios).

            Lo poco de esta mujer eran el perfume, sus lágrimas, sus cabellos, sus besos, todo acompañado de su pobre reputación… ¡Pero ama! Y, aunque entre sollozos disfruta con la posibilidad de hacerlo, ni siquiera pronuncia palabra.  Solo aprovecha el momento y el corazón se le sale convertido en lágrimas y besos…

CON LA CARA DE ESTA MUJER

amor

Y aquella mujer lo hace con lo pecadora que es.  Lo saben los fariseos, lo sabe ella y lo sabe Jesús.  No es ningún secreto ya se ve, pero se presenta ante Él, no porque no tenga pecados (por supuesto que los tiene), sino porque lo necesita a Él, a Jesús.  A Ti Señor.

Yo pensaba en nosotros, en ti y en mí: ¿Cuántas veces son nuestras miserias, la conciencia que tenemos de ellas la que nos frena…? ¡¿Cómo me voy a presentar así?! Y nos entra hasta vergüenza para confesarnos cuando para está la confesión.  ¡¿Cómo voy a rezar o a ir a misa después de haber hecho esto o lo otro… con qué cara?! Pues con la misma cara de esta mujer.

No venimos a hacer oración porque seamos perfectos, la hacemos porque, a pesar de todo, le amamos.  Sabemos que le amamos.  Torpemente, pero le amamos.

SANTIDAD Y PERFECCIONISMO

Estas meditaciones se alimentan de nuestra oración personal, la de nosotros los sacerdotes que las predicamos.  Pues hace poco, hacía mi oración con lo siguiente que te comparto:

            “Aunque santidad y perfeccionismo no son lo mismo, en ocasiones podemos confundirlos.  Una persona santa teme ofender a Dios.  Teme, igualmente, no corresponder a Su amor.

            El perfeccionista, en cambio, teme no estar haciendo las cosas suficientemente bien y, por eso, teme que Dios esté enfadado. 

Cuántas veces nos llenamos de decepción al constatar que nos hemos dejado llevar, una vez más, por nuestras pasiones, que hemos vuelto a pecar, que somos débiles para cumplir los propósitos más sencillos.

NUESTRO YO HERIDO

Nos enfadamos, nos entristecemos y llegamos a pensar que Dios está decepcionado: perdemos la esperanza de que pueda seguir amándonos, de que realmente podamos vivir una vida cristiana.

En ocasiones, conviene recordar que la tristeza es aliada del enemigo: nos aleja de Dios.  Confundimos nuestro enfado y nuestra rabieta con una supuesta decepción de Dios, pero el origen de todo eso no es el amor que le tenemos, sino nuestro yo herido, nuestra fragilidad no aceptada. (…)

¿Por qué nos cuesta tanto comprender Su lógica? (…)”

(la lógica de Dios.)  

“Él ha querido amarnos con el amor más grande, hasta el extremo.  Y nosotros continuamos pensando que nos amará en la medida en que «estemos a la altura» o seamos capaces de «dar la talla».

Sin embargo, ¿necesita un niño pequeño hacerse «merecedor» del amor de sus padres?”

(Diego Zalbidea, Agradar a Dios).

¡Claro que no!

LA LÓGICA DEL FARISEO

amor

Esas cosas que se nos meten en la cabeza son la lógica del fariseo que piensa:

“… sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es una pecadora…”

Pues no, a partir de hoy nuestra lógica es la del que se sabe que Dios es amor y Su amor es incondicional y que es, precisamente, ese amor el motor más potente para nuestra lucha, para nuestra correspondencia.

Por eso volvemos hacia Él y por eso recomenzamos; por eso decimos: perdón; decimos: te amo…

            “Jesús vuelto hacia la mujer le dijo a Simón: «¿ves a esta mujer? (…) Le son perdonados sus muchos pecados porque ha amado mucho.  Aquel a quien menos se perdona, menos ama»”

(Lc 7, 44-47).

Está claro, ¿no?

 MADRE TERESA DE CALCUTA

Termino con lo que relataba un sacerdote que acompañó a la santa Madre Teresa de Calcuta en uno de sus viajes.  Cuenta:

            “Aquella noche la íbamos a pasar en París, a donde llegamos muy tarde.  La casa de las hermanas no estaba lejos del barrio chino donde, según me contaron, sucedió lo que sigue:

            El coche de la Madre Teresa iba camino de la casa de las hermanas.  En la esquina de una calle estaban unas «damas de la noche».  Entonces, la Madre Teresa le dijo al conductor que parase.  Bajó la ventanilla y le dijo a una de las mujeres: «venga a nuestra casa; tiene que seguir todo recto; no está lejos de aquí».

            Al día siguiente, la mujer se presentó en la casa.  Y cuenta la historia que, en la actualidad, esa mujer es monja católica”

(Leo Maasburg. La Madre Teresa de Calcuta).

APRENDAMOS

Ahí te lo dejo.  Para que aprendas tú, para que aprenda yo…

“Entonces le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados» y los convidados comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?».  Él le dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; vete en paz»”

(Lc 7, 48-50).


Citas Utilizadas

San Cornelio, Papa y san Cipriano

1Tim 4, 12-16

Sal 110

Lc 7, 36-50

Diego Zalbidea. Agradar a Dios
Leo Maasburg. La Madre Teresa de Calcuta

Reflexiones

Jesús, que la conciencia de mis miserias no me frene a acercarme a Ti.  Que me acerque con la misma cara que esta mujer se acercó a Ti.

Predicado por:

P. Federico

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