Monseñor Antonio Arregui Yarza

Arzobispo emérito de Guayaquil, Ecuador. Arzobispo de Guayaquil-Ecuador (2003-2015)

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La Condición Temporal

“Una sola cosa es necesaria Lc 10,42,  la salvación eterna».

Hay en las cartas de San Pablo una sencilla observación: «Nada hemos traído al mundo y nada podemos llevarnos de el» 1Tim 6,7. Pero la vida humana, desde los primeros pañales en adelante, necesita un sinnúmero de recursos que la sostengan y faciliten su desenvolvimiento. Como es claro que ellos solamente son funcionales en el lapso de tiempo que enmarca la existencia terrenal, los llamamos bienes temporales, vigentes entre la desnudez inicial y la final. De otro lado, hay bienes que desafían al tiempo y son eternos. Con toda claridad los percibió, por ejemplo, un Platón, siglos antes de Cristo, al ver que radican en nuestra inteligencia verdades intemporales. Y hemos aprendido desde el primer catecismo que la eternidad es nuestro destino, para recibir en Dios los bienes imperecederos que colman y desbordan los deseos de la felicidad completa.

En última instancia, la cuestión que la historia de Judas pone sobre la mesa se resume en dilucidar la relación entre los bienes temporales y los eternos. Nos enseña a rezar la Iglesia: ‘haz que (tu familia), protegida por tu mano en sus necesidades temporales, tienda con mayor libertad hacia los bienes eternos’ (9).  Donde queda en evidencia la primacía de los bienes eternos, así como la necesidad de los temporales. No hace falta ahora insistir, como le dijo el Señor a Marta, en que una sola cosa es necesaria Lc 10,42,  la salvación eterna. Si bien hay que anunciarlo siempre en voz alta, así haga falta para ello cierta valentía hoy día.  Se nota, en efecto, que muchos escucharían con más agrado simplemente la denuncia de las injusticias y las desigualdades.  Estas mismas injusticias resulten tan clamorosas e indignantes que quieran adueñarse de todo ímpetu evangelizador, para terminar, por desgracia, contaminándolo de odios y puesto en vinculación orgánica con ideologías insuficientes.

A la luz de la fe, don del cielo llegado a nuestro tiempo, advertimos que estamos en la tierra, en condición muy diferente a la de los ángeles, atados al cambio y a la materia. Donde los bienes temporales, sencillamente imprescindibles,  gozan de una dignidad innata.  Narra el libro del Génesis que al final de las jornadas de la creación del mundo y del hombre, vio Dios todo lo que había hecho y he aquí que era muy bueno 1,31.  La ruptura original no logró eliminar esa bondad primigenia, pero la dejó herida, frágil e incluso hostil al hombre. Es la obra de Nuestro Señor Jesucristo, llevada a realización concreta y continua por el Espíritu Santo, la que restaura y además promueve y eleva, todo lo humano y la entera creación.

El Magisterio de la Iglesia enfatiza el valor y consistencia de las realidades temporales. Llenando lagunas y evitando acentos unilaterales, la vida y la teología de los últimos tiempos nos han bendecido con una visión positiva de esas realidades temporales, ya vivificadas con alientos de vida eterna, integradas en la construcción del Reino de Dios y en la santificación personal de los cristianos.

Más allá de todo maniqueísmo, llenando de humanidad un espiritualismo imposible, sabemos que no solamente las realidades temporales están sometidas a las eternas, sino que son asumidas como base de las mismas, como instrumento de salvación.  Nos llevaría ahora fuera del hilo de nuestra meditación señalar siquiera los rasgos esenciales de este planteamiento, tal como se encuentra, por ejemplo, en la enseñanza y la vida de ese gran santo y profeta que es San Josemaría Escrivá de Balaguer, una de las luminarias del siglo pasado.

Ya en las primeras páginas del libro sagrado queda constancia de la voluntad divina que puso al hombre en el jardín terreno para que lo trabajara y lo guardara Gn 2,15, para que participara de la obra creadora y se alimentara de sus frutos. El deterioro de esta condición inicial quedará luego precisado, sea como una condición hostil de la naturaleza, sea como un lastre de cansancio al trabajar: (la tierra) te producirá espinas y abrojos; con fatiga comerás de ella; con el sudor de tu frente comerás el pan Gn 3,17-19 .

Jesús nos trae la Buena Nueva

La buena noticia en Jesucristo pondrá un sentido nuevo a estas condiciones naturales, para convertirlas en cauce de vida cristiana. Para mantenernos en el tema que nos ocupa,  se pueden espigar algunos momentos:

-En la parábola de los obreros de la viña, se da por bueno el contrato laboral, que paga con dinero un servicio Mt 20,1 ,

-como se paga con monedas el tributo para contribuir al bien común Mt 22,15, o se prestan quinientos denarios Lc 7,41.

– Queda como una reacción sana y buena la alegría del pastor que encuentra la oveja perdida Mt 18,13

– y de la mujer que se pone a barrer toda la casa para encontrar la moneda que echó de menos Lc 15,8.

– Se elogia al administrador fiel y prudente Lc 12,42, como a los empleados que duplicaron el capital que se les había confiado Mt 25,14,

-incluso se da por supuesta la legitimidad de acudir a los banqueros para poner el dinero a ganar intereses Mt 25, 27.

Ya mencioné la naturalidad con que las santas mujeres y otros bienhechores contribuían a los gastos del grupo apostólico. Por último, una mirada al hogar de Nazaret, que hoy tendríamos por domicilio de una pequeña empresa artesanal, permite concluir que el trabajo honrado es la fuente del dinero limpio, con el que se pueden adquirir los bienes y servicios que postula una vida digna. Vida impregnada del amor de Dios que nos puede llevar por Jesucristo a la salvación eterna.

Nadie debería, por tanto, tener recelo de emplearse a fondo, apasionadamente, en el ejercicio de su capacidad de trabajo, que suele ganar una calificación profesional cuando es llevada con método y constancia. Según la inclinación personal y las oportunidades de la vida, algunos se sentirán llamados a emprender en la creación de riqueza y, si Dios bendice su esfuerzo, llegarán a ser ricos y suscitarán la admiración de la sociedad, al igual que otros destacan porque cantan bien o baten records deportivos. Cabe en la virtud cristiana la conquista de ciertas grandezas, también en el área de la fama y el dinero, con el nombre de magnanimidad.  Y ya mencioné que San Pablo contempla en el orden de Dios la realidad de que disfrutemos de esos bienes 1Tm 6,17. Literalmente habla de disfrutar, como es lógico, porque todo encuentro con un bien produce gozo.

Lo que no conviene perder de vista es la existencia de aquella inclinación malhadada que lleva a mirar solamente hacia abajo y desbaratar la economía de la salvación. La pobreza de espíritu que proclaman las bienaventuranzas Mt 5,2 nunca se presenta como realidad propia espontánea, ni siquiera cuando se ha permanecido siempre en una indigencia acuciante. La concupiscencia de los ojos puede adueñarse del corazón de quien es pobre de solemnidad. Pero no necesita mayor argumento la afirmación de que la tendencia adquiere mucha mayor fuerza con la fruición de las satisfacciones realmente experimentadas al usar una riqueza disponible a capricho.  Con pena lo constató el Señor, luego del diálogo con el joven rico: ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los  que tienen riquezas! Porque es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Cristo Lc 18, 25.

La reacción de cuantos le escuchaban a este comentario –¿entonces quién puede salvarse?- mereció la contestación que nos abre la puerta hacia la esperanza: Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios Lc 18, 26,27. Se aprecia aquí otra forma de insistir en lo mismo, o sea, en el amor a Dios sobre todas las cosas.

Foto de Artem Beliaikin en Pexels


Escrito por

Monseñor Antonio Arregui Yarza

Arzobispo emérito de Guayaquil, Ecuador. Arzobispo de Guayaquil-Ecuador (2003-2015)

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