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POR QUÉ SER AMABLES

Amabilidad

 

“Jesús, dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.

Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.

Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto;

y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.

Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado”.

“Yo les digo no respondan al malvado” es clara su enseñanza y los cristianos estamos llamados a ser en el mundo como este linimento, ese óleo que sana que hace que las cosas sean más llevaderas.

San Cesáreo de Arlés, monge, en el año 470 dijo:

Una sola fórmula contiene toda la Ley en su plenitud: amarás al prójimo como a ti mismo”.

Pues la verdadera caridad es paciente en la adversidad y moderada en la prosperidad. Es fuerte en el doloroso sufrimiento, alegre en las buenas obras, perfectamente segura en la tentación.  La caridad es mansa entre los verdaderos hermanos y muy paciente entre los falsos.

Es inocente en medio de las emboscadas y gime en medio de la maldad, pero respira la verdad.

PRACTICAR LA VIRTUD DE LA CARIDAD

Así ya en el 470 se hablaba de esta necesidad de ser amables.

Es que  hay que aprender a responder de forma tranquila a los que nos quieren hacer el mal.

Cuántas veces uno justifica y nos olvidamos que muchas veces el Señor nos ha puesto en en las situaciones un poco más difíciles para que aprendamos justamente a difundir su nombre, a que esas maneras de comportarnos sean justamente lo que  atraiga.

Hay que luchar para detectar los malos hábitos con que a veces tratamos a los demás.

Hay que ver si a veces se nos mete la avaricia, la ira, el juicio negativo, la impaciencia, porque todo eso exige de nosotros hablar mal o estar mal con los demás.

En cambio, el esfuerzo diario practicando la virtud cristiana de la caridad, mediante pequeños detalles; aprender a hablar y a corregir con amabilidad, dar buen ejemplo, fomentar el buen humor, hacen que las cosas a nuestro alrededor funcionen mejor.

Porque la amabilidad es fundamental, al igual que Dios hace al crearnos, dice san Juan:

“en esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por Él la vida y en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, Él envió a su Hijo como víctima propiciatoria para nuestros pecados. Queridísimos: si Dios nos ha amado así,  también nosotros debemos amarnos unos a otros”

(1 Jn 4, 9-11).

 LA AMABILIDAD

Eso es lo que Dios quiere para nosotros los cristianos, tenemos que influir, porque la amabilidad influye poderosamente, tiene un efecto misterioso en los demás.

La amabilidad ha convertido más pecadores que la elocuencia, o que la sabiduría o que el celo, de estas tres cosas ninguna ha convertido a nadie si no ha sido con amabilidad.

Por eso en esas palabras de san Pablo:

“cada uno de según se ha propuesto en su corazón, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al que da con alegría”

(2Co 9, 7).

Ahí está la amabilidad por ejemplo, cómo explicar por qué una acción amable dura tanto tiempo en el recuerdo, por qué las personas tenemos esa sensibilidad, o  por qué la amabilidad resulta tan contagiosa.

Tantas personas que reciben un gesto de amabilidad que luego lo vuelven a hacer.  Por supuesto, porque es la forma en que Dios se expresa en nuestras vidas, la amabilidad y la cortesía que muestra el amor y el respeto que merecen los demás.

“Amándonos de corazón unos con otros con el amor fraterno, honrando a cada uno de los demás en sí mismo”

(Rm 12, 10)

dice San Pablo a los romanos.

SER CORTÉS ESTÁ A NUESTRO ALCANCE

 «Y así se entiende que un caballero, es alguien que nunca inflige dolores a los demás, evitamos hacerles sentir mal porque siendo libre de todos, me hice esclavo de todos para ganar a cuantos más pueda, me hice débil con los débiles para ganar a los débiles, me he hecho todo con todos para salvar de alguna manera a algunos”

(1Co 9, 19; 22)

dice san Pablo en la primera carta a los corintios.

¿Cómo hacer para que los demás se sientan atraídos por Dios?

A veces hay mamás o papás que me dicen: que hacer porque mis hijos están súper alejados de Dios y no sé cómo acercarles.

Pero una de las formas de acercarles es que vean esa delicadeza de trato entre el matrimonio, entre los padres, que noten cómo aunque nos molesten algunas actitudes no les reclamamos de mala forma.

No les salimos a imponer nuestra verdad, sino que nos alegramos de cada vez que acogen algo que nosotros les demos intentado explicar.

Hay que concretar la amabilidad que se ha de reflejar también en tu manera de conversar por ejemplo, los pequeños detalles de cortesía que manifiestan el espíritu de Cristo a quien nos recibe, aunque tus pasiones se opongan a ello, tu fe te exige crecer en la caridad.

UNA CONDUCTA Y ACTITUD AFABLES

Con esas palabras lo expresa san Pedro:

«Por esa razón, debéis poner de vuestra parte todo esmero en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad»

(2P 1, 5-7)

Porque Una conducta y una actitud afables ayudan mucho a quienes te tratan<. San Judas dice:

«Estos son los que crean divisiones, hombres meramente naturales, que no tienen el Espíritu»

(Jds 1, 19).

Por eso qué importante es que nos esforcemos en ser amables, evitar juzgar a los demás, evitar esa tentación que tenemos todos de pensar que las personas son malas, decía don Javier Echeverría:

Hay tanta gente buena en el mundo”

Nunca hay que poner etiquetas negativas en las personas, al contrario, cómo podemos salir de ese ciclo que a veces nos puede hacer pensar que los demás son malos.

Una actitud amable, una persona que te sonríe no sólo porque te está vendiendo algo, sino porque te atiende con delicadeza, con cariño, con amabilidad, cambia tantas cosas y nos ayuda también a controlar la ira, porque la  ira puede destruir la paz de un buen día, herir a quien más quieres, romper una larga amistad.

HACER LA COSAS BIEN

La irritabilidad es una debilidad del carácter, que nos hace ser antipáticos, bruscos, descorteses; es bueno tener en cuenta que la ira es algo que  hace que las cosas no funcionen.

Por supuesto que también hay una ira que puede ser buena, que es la que ayuda a buscar la justicia, que nos  lleva a superar cosas difíciles, pero normalmente no podemos dejar que la ira destruya nuestro entorno, porque no sabemos dirigirla o no sabemos cuándo es oportuno dejarla.

El Señor nos invita a que hagamos las cosas bien:

“No hagan frente al que les hace mal, al contrario si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra, al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica déjale también el manto”.

Es que el Señor no puede ser más claro, en las cuestiones de injusticia que a veces pueden sugerir por ahí, eso nos convierte en unas víctimas terribles y que siempre vamos a estar sufriendo, al contrario vamos a estar mucho más cerca del Señor para hacerle la vida agradable a los demás y también para ganar en santidad porque vayamos nosotros dando esos pasos para convertirnos cada vez más en Cristo.

PARECERNOS CADA VEZ MÁS A CRISTO

Porque en eso consiste la santidad, que tengamos los mismos sentimientos de Cristo, que tengamos también sus mismas formas de actuar y en este caso será tan potente que podremos atraer mucha gente que tal vez habíamos espantado antes con el poder de la amabilidad.

Acudimos a la más amable de todas, a la que se deja amar sobre todas las cosas, que es nuestra Madre la Virgen María, para pedirle que nos conceda que seamos también personas amables, que luchemos por hacer agradable el paso por la tierra a todos los que tenemos alrededor.

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