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PENSAR EN EL CIELO

pensar en el cielo

Las lecturas de este domingo nos hablan nada menos que del “Cielo”, esa realidad que nos tenés preparada, Señor, para la eternidad.
Donde encontraremos finalmente el gozo y la alegría para el que fuimos creados y que nos hace tanto bien pensar en nuestro destino, hacia donde vamos.
La verdad que es difícil imaginarse el Cielo. A san Josemaría una vez le preguntaron acerca del Cielo.

NI OÍDO HUMANO OYÓ, NI OJO HUMANO VIO

Te voy a hacer escuchar la pregunta que le hicieron al padre:

– ¡Háblenos del Cielo, porque a todas nos interesa!
Y el respondió citando a san Pablo:
-Ni oído humano oyó, ni ojo humano vio….
– ¡No hay manera de hablar del Cielo! Es el bien, sin mezcla del mal alguno, porque todas las cosas buenas de la tierra, sin mezcla de mal, de una manera que no se puede ni calificar. Lo infinito es poco. Todo eso es el Cielo. Es el amor. Un amor que no empalaga, que no hace traiciones, que es siempre nuevo. Que satisface y, sin embargo, nunca nos basta, porque siempre nos parecerá poco,

Y así hablaba él; de algo inconmensurable, de algo que va más allá de lo que nos podemos imaginar.

“Ni ojo vio, ni oído oyó”
(1Co 2,9)

Como lo dice san Pablo, y sin embargo nos hace bien intentarlo. Y nos ponés, Jesús, en este domingo, las imágenes del banquete. ¡Un gran banquete!
Claro, en esa época, seguramente cuando había un casamiento, un gran evento que festejar, y lo mejor que se podía hacer, era un banquete.
Cuando vas a un crucero o a un viaje, un festival, un banquete con los mejores manjares, un banquete que quizá duraba días, un banquete con muchos invitados, con músicos…
Y recordaba que hace poco, haciendo un curso sobre teología del cuerpo, se hablaba allí del “banquete”.
Ahí se hacía una analogía, en la que justamente el Cielo, es un banquete de bodas.


Y en este curso, explicaba en una clase el profesor, que el Cielo será como ese banquete de bodas.

LAS COSAS QUE NOS GUSTAN

Porque estará allí, por un lado; la comida misma, las cosas que nos gustan, será para el cuerpo un gozo, un descanso, un deleite, todas las cosas ricas.
Por otro lado; y que quizá nos dará probablemente más alegría todavía, los invitados, estarán allí nuestros seres queridos, será un encuentro no solo con quienes hemos compartido acá en la tierra.
Sino también un banquete, en donde podés conocer gente nueva, y donde cada persona te resulta tan interesante, que te quedarías charlando horas y sin el límite (que muchas veces nos pasa) del tiempo.
A veces en las reuniones por ahí, uno dice: ¡Qué bueno que nos juntemos muchos, que hace mucho no nos vemos!
Pero qué pena, que no se puede tanto charlar con cada uno, porque si somos muchos es muy difícil. En ese sentido pues es más lindo juntarse con alguien, salir a tomar algo…
Bueno, en el Cielo no estará ese límite de tiempo y podremos estar con todas las personas, cada una con una gran empatía; aprendiendo, admirando…
Y, el tercer aspecto que resaltaba en esa clase el profesor, decía; que muchas veces aparece Cristo como el esposo, que es esposo de la Iglesia, como a una especial unión con Vos, Jesús, que asi la tendremos en el Cielo.
Nosotros somos parte de la Iglesia, y Vos diste tu sangre por la Iglesia, y allí estará también esa unión especialísima, que acá en la tierra no podemos tener y la tendremos con Vos en el Cielo.
Y qué bien nos hace pensar en el Cielo, como felicidad nuestra, como la meta, como el lugar donde Tu nos esperas. También para afrontar de otra manera la vida.
Alguna vez se acusó al cristianismo, de que, con la aspiración del Cielo, se olvida de mejorar la tierra, o de despreciar la felicidad en la tierra, y en realidad no es así.

SABER SER FELICES EN LA TIERRA

San Josemaría decía en un punto de forja:

Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra.
Punto 1005 del libro ‘Forja’ de Josemaría Escrivá de Balaguer, en el capítulo ‘Eternidad’.

¿Por qué? Y porque acá, quien aspira a esa unión total con Vos, Jesús, puede ya ir encontrándola.
Además, esa gran esperanza del Cielo, puede transformar nuestras esperanzas terrenas, que son muy buenas.
Tantas metas que uno se propone: laborales, familiares, proyectos, incluso deportivas, de armar algo con amigos, tantas cosas que pueden estar comprendidas
dentro de esa gran esperanza, cuando nos acercan más a la meta.
Y, no nos desentendemos de la felicidad en la tierra, porque sabemos que, además, en esos Cielos nuevos y tierra nueva, que traerás, Vos, Señor, con tu segunda venida, ahí también estarán todas las cosas buenas que se han cultivado.


Esas cosas que han sacado adelante los hombres, en las propias personas y también en el mundo natural, en las cosas creadas.
No sabemos cómo, pero estarán presentes. Por eso, nada de lo que sembremos con esa esperanza de Cielo, se pierde.

UN PASO HACIA EL CIELO

Esto nos puede ayudar también, a afrontar el día a día, que a veces puede ser difícil, que las cosas nos parece que no tienen el resultado que esperábamos, las cosas que nos cuestan…
Bueno, saber que muchas tendrán hoy, lo que tengo hoy, podemos pensar, que no sea, Señor, solo sacarme estas cosas de encima, cumplir con estos compromisos, sino que sea un paso hacia el Cielo.
¿Por qué? Porque ahí estas Vos.  Ahí hay amor. Y yo quiera responder a ese llamado tuyo, que nos invitas a todos a este gran banquete, que es la unión con Vos, que será en el Cielo y que puede ser ahora también.
Y, por otra parte; que no me deje engañar, Jesús, por platos de lentejas.
San Josemaría a veces lo sacaba a relucir: Ismael que vuelve del campo y vende su primogenitura a su hermano Isaac, por un plato de lentejas.
Que no vendamos algo tan valioso, como es nuestra afiliación divina, “nuestro Cielo”, por cosas que son espejismos, que parece que nos dan la felicidad y el Cielo, y en realidad no son algo más que egoísta…
Cosas que no tienen conexión con Dios, que no es lo que me acerca al verdadero Cielo.
Vamos a pedirle a nuestra madre, la Virgen, que es reina del Cielo, reina de todos los santos, la esperanza nuestra, que nos ayude a nunca a bajar la mirada.
A que cada día sepamos hacia dónde caminamos, y que lo hagamos con alegría y esperanza, sabiendo que las puertas del Cielo ya están abiertas.
Tenemos que agarrarnos nomás de la mano de su Hijo, para llegar hasta ahí y gozar después para siempre, junto con ella, nuestra madre, los santos y todos los elegidos.

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