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ESTÁS HECHO PARA AMAR

para amar

Antes de empezar propiamente con este rato de oración contigo, Jesús, me voy a atrever a hacer una recomendación que espero que para muchos sea una cosa súper obvia, pero de todos modos lo voy a decir, porque la verdad es que le ha hecho mucho bien a mi alma y espero que a tantas personas también.

Es de leer -estudiar de hecho- y si es posible considerar, meditar todos los días un rato, el Catecismo de la Iglesia Católica.

Es verdad que uno puede decir: no tengo tiempo. Bueno, pero es que diez minutos diarios son fáciles de conseguir si uno se organiza bien. Diez minutos de leer un poquito del catecismo.

¿Por qué? En estos tiempos tan convulsos, tan complicados, tiempos en los que la fe está atacada por todos lados -incluso, lamentablemente, desde dentro de la Iglesia-, es bueno tener ideas claras para que nadie nos engañe y sobre todo para que nadie nos robe el camino hacia el Cielo, el camino seguro hacia el Cielo. Por eso, yo creo que diez minutos diarios van súper bien.

Ahí nos encontraremos cosas que ya sabíamos, con cosas que nos sonaban pero no sabíamos cómo decirlas perfectamente y también nos encontraremos con cosas nuevas que no habíamos escuchado nunca.

A mí, por ejemplo, en estos días me sorprendió porque volví a meditar del catecismo una cita de un documento del Concilio Vaticano II, en el que la Iglesia nos recuerda que

“Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y, además, le descubre la grandeza de su vocación”

(Gaudium et spes número 22, documento del Concilio Vaticano II).

Esta frase es muy, muy famosa en teología: Cristo revela el Hombre al hombre.  Vamos a decirla más sencilla, en cristiano, quiere decir que el anuncio del Reino de Dios y de toda la predicación de Jesús, es un regresar todo al carril inicial del proyecto de Dios, que se había descarriado a partir del pecado original.

LOS PLANES DE DIOS

En cierto sentido, es como si Jesús hubiese venido a recordarnos lo que a los hombres se nos olvida con una facilidad impresionante: que hemos salido de las manos de Dios, que hemos sido creados por amor puro y desinteresado (esto es asombroso) y que Dios tiene un plan -una vocación, una llamada- para cada uno de nosotros.

Yo creo que, si todos hacemos el esfuerzo de ver nuestras vidas bajo esta luz, todo cobra sentido -o una gran parte. Saber que Dios es mi creador, que Dios pensó en mí desde la eternidad, desde antes de la creación del mundo y que por eso me conoce mucho mejor que yo mismo.

Saber que Dios es bueno y que por eso tiene planes, que a veces me cuesta entender, me cuesta comprender, pero ya con eso sé que mi vida no es un absurdo, sino que forma parte de unos planes de este Dios tan bueno.

Creo que lo más relevante para nuestro día a día, es saber que Dios me llama todos los días pero no me obliga. Con un respeto impresionante que a mí no me deja de asombrar, Dios deja intacta mi libertad. Y como nos conoce perfectamente, Él sabe que tiene que tomarse la molestia de recordarnos una y mil veces las cosas más básicas, las lecciones más fundamentales, porque se nos olvidan.

DOS GRANDES MANDAMIENTOS

El Evangelio de hoy recoge una de esas tantas veces que sucede esto de que Dios nos recuerda lo básico. Con ocasión de una trampa que quisieron tenderte los fariseos, Señor, Tú que los ves venir, aprovechas esa oportunidad para recordarles lo más básico.

La pregunta va con trampa, ellos te preguntan

“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Y tú les respondes: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. Y el segundo es como este: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos, depende en toda la Ley y los profetas”

(Mt 22, 36-40).

Lo que nos recuerdas Tú, Señor, con estos dos mandatos es que Tú, sabiendo de qué pasta estamos hechos, conociéndonos mejor que nosotros mismos, que no terminamos de conocernos humildemente y sabiendo lo fácil que es que se nos olvidan todas las cosas, quieres echarnos una mano diciéndonos: estás hecho para amar.

Yo creo que este es un resumen del Evangelio de hoy, del recordatorio del Evangelio de hoy: Que tú y yo estamos hechos para amar, hechos para amar a Dios y hechos para amar a los demás, por el amor de Dios.

Estamos diseñados para este fin y qué bien nos hace considerarlo con frecuencia. Los mandamientos de hechos son precisamente esto: un recordatorio de que estamos hechos para amar a Dios.

Por eso, cuando venga la tentación contra uno de estos mandamientos, podemos luchar diciendo: “hay que cumplir con todos los mandamientos, porque si no me voy al infierno”. Eso es un modo válido de luchar y es absolutamente verdadero.

AMAR Y ELEGIR A DIOS

Pero también podemos enfocar la lucha de un modo más positivo. Cuando venga la tentación contra uno de estos mandamientos, podemos decir: “Yo elijo amarte Dios y por eso elijo cumplir lo que me pides”. O al menos elijo luchar por cumplir lo que me pides.

Así la lucha es totalmente diferente, porque en lugar de no ver, no tocar, no pensar “porque es pecado”, ahora el esfuerzo está en elegir a Dios. Como si muchas veces durante el día estuviésemos diciendo: “Dios, yo estoy hecho para elegirte a ti y quiero elegirte a ti por encima, por ejemplo, de esta tentación de soberbia o de esta tentación de amor propio, de esta impureza o de este pensamiento de codicia o de pereza…”

Es la lucha por decir: “no elijo la tentación porque estoy hecho para cosas mejores”. Dime tú si acaso eso no te parece que es una lucha más tranquila, más bonita, una lucha que en cierto modo pensamos que es más asequible, es más fácil.

Primero, elegir a Dios y luego, como toda elección implica renuncia -esto vale la pena recordarlo, es muy básico: toda elección implica renuncia-, yo le digo que no a otras cosas que me impiden elegir a Dios: aquel comentario que no deja bien parado a otra persona, el sentimiento de envidia o de rencor, ponerme al centro de mis conversaciones o al centro de mis pensamientos, etc. Es que estamos hechos para cosas mejores.

Dios nos creó para amarlo y esa es nuestra misión en esta vida. Bien lo expresa San Bernardo cuando en uno de sus sermones nos recuerda que:

“Cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si Él ama, es para que nosotros le amemos a Él”

(San Bernardo, Sermón 83).

El recordatorio de ese Evangelio de hoy tiene también una segunda parte que es importantísima, que es que estamos hechos para amar también a los demás.

EL AMOR PROPIO

El amor propio, cuando es equilibrado, cuando es saludable, cuando es sano, es una cosa muy buena. Pero ya dice aquel adagio latino: “corruptio optimi pessima”, que significa algo así como que lo peor ocurre cuando se corrompe lo mejor.

Y el amor por propio -que puede ser muy bueno-, cuando es desordenado, es pésimo. ¡Qué pena cuando nos conseguimos con alguien que no sabe amar! Es un espectáculo muy desagradable porque en el fondo estamos ante una vida desperdiciada.

En cambio, cuando vemos las vidas de los santos, aunque hayan tenido vidas muy difíciles, nos dan cierta envidia, precisamente por esa plenitud del amor. Son almas que vivieron lo que decía san Agustín:

“Si te callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, hazlo por amor; si perdonas, hazlo también por amor”

(San Agustín, Coment. 1, Epist. San Juan 9).

Por eso la vida de los santos tiene tanto sentido, sentido pleno. Pero no nos quedemos solamente con la admiración. También el Evangelio de hoy es un recordatorio amoroso de Dios para ti y para mí.

Es verdad que cuesta cumplir con estos dos mandamientos que resumen la ley y los profetas. Pero más allá del mandato, es una invitación que Dios nos hace hoy, a que vivamos a plenitud para aquello para lo que Él nos creó: amarlo, elegirlo por sobre todas las cosas y a los demás por amor a Dios.

“Este es nuestro destino en la Tierra, luchar por Amor hasta el último instante. Deo gracias”

(San Josemaría, En diálogo con el Señor 4).

“De modo que nuestra vida no sea una vida estéril. Seamos útiles. Dejemos poso. Iluminemos, con la luminaria de nuestra fe y de nuestro amor.

Borremos, con nuestra vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y encendamos todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevamos en el corazón”

(San Josemaría, Camino, punto 1).

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