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LA ALEGRÍA DE LA LUZ

La alegría de luz

Te has propuesto alguna vez o al menos, recientemente, imaginarte cómo sería un día siendo discípulo de Jesús. Bueno, yo creo que, por una parte, seguramente exige una actitud de abandono total. Porque la vida de Jesús no es una vida cómoda y es una vida en la que, por supuesto, habrá muchas sorpresas.

Claro, ser discípulo de Jesús implica muchas veces preguntarse: ¿Qué sorpresa nos deparará hoy? Porque uno sabe cuándo empieza la jornada, pero no cuando termina. Hay que dejarse sorprender: por milagros, las conversiones asombrosas, por supuesto.

Hay que dejarse sorprender… ¿Qué tanto nos van a fastidiar hoy los fariseos? ¿Habrá muchísimas discusiones? ¿Habrá tensión en el ambiente, sermones de esos tuyos, Señor, profundísimos? Tanto, que nos da la impresión de que no terminamos de comprender todo. Todo es una sorpresa. Por eso, estar junto a Ti, Señor, exige dejarnos sorprender.

Por supuesto que hay días que serán más difíciles que otros. “Pero eres Tú, Señor, que nos dices: Tú, sígueme.” Hay algo en esa llamada que nos desconcierta, pero que, a su vez, nos empuja a confiar en lo desconocido. Es que estamos con el Maestro. “Estamos contigo, Señor y sentimos que así: hasta el infinito y más allá, vengan de a dos, si quieren…” Es que estamos con el Maestro y esa es la fuente de nuestra seguridad.

¿Qué será de nosotros el día de hoy? ¿Dónde vamos a dormir o qué vamos a comer? Por supuesto, que estas son preocupaciones súper lógicas, pero estamos con Jesús y sentimos que con Él es más fácil confiar: Dios proveerá.

LA ALEGRÍA Y PAZ

Más de una ocasión, la solución que nos preocupa -humanamente hablando- cae del cielo, como el maná. Y hoy tenemos hambre y justo pasamos por unos sembradíos de trigo. Estamos con Jesús y aunque sea sábado, esa mirada tuya, Señor, nos da seguridad. ¿Por qué no?

“La única opinión que nos importa es la tuya, Señor. Pero, resulta que no son tus ojos los únicos que nos ven, también nos ven los fariseos y por supuesto que, se indignan, porque estamos comiendo, arrancando las espigas en un día sábado. Y te recriminan a Ti, Señor.”

En el fondo están buscando cualquier excusa para pelear contigo y se la hemos dado. Y te dicen:

“Mira, ¿por qué hacen el sábado lo que no es lícito?»

(Mc 2, 24),

y Tú les dices:

“¿Nunca han leído ustedes lo que hizo David cuando se vio necesitado y tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición que sólo a los sacerdotes les es lícito comer y los dio también a los que estaban con él? Y les decía, el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor hasta del sábado.”

(Mc 2, 25-28).

¡Caray! Qué paz y qué seguridad nos da estar con Cristo. Los fariseos poco pueden contra esa autoridad, poco pueden contra esta sabiduría. ¿Y por qué nos empeñamos, en cambio, en que tanto nos importe la opinión de los demás? En este caso, ¿nos importaría algo la opinión de los fariseos? ¿Por qué nos empeñamos en que nos importe más la opinión del mundo por encima de la de Dios?

Esta actitud es lo que tradicionalmente la Iglesia ha llamado respetos humanos. Es decir, la vergüenza de hacer el bien, porque nos importa más la opinión de los demás que la de Dios.

ENSEÑANZAS DEL SANTO CURA DE ARS

De hecho, en una de sus homilías, que se dedica exclusivamente a este tema de los respetos humanos, el santo Cura de Ars preguntaba:

“¿Y cuando obramos por respetos humanos? Escucha bien, amigo mío. Es un día que, estando en la feria o en tu posada donde se come carne en día prohibido, se te invita a comerla también; y tú, en vez de decir que eres cristiano y que tu religión te lo prohíbe, te contentas con bajar los ojos y ruborizarte y comes la carne como los demás diciendo: Si no hago lo mismo que ellos, se burlan de mí…

Y pregunta, entonces, el santo Cura de Ars a los que lo escuchan:

¿Te parecería bien que los mártires, por temor a las blasfemias y juramentos de sus perseguidores, hubiesen renunciado todos a su religión? Si otros actúan mal, pues peor para ellos. Tú di más bien, ¿no es suficiente con que otros desgraciados crucifiquen a Jesús con su mala conducta, para que también tú te juntes con ellos, para hacer sufrir más a Jesucristo?

Es una consecuencia que, a veces, no tenemos tan clara de los respetos humanos. Es que nos unimos a la lapidación que hacen los demás de Ti, Señor, a la Crucifixión que hacen de Ti, a la negación, a quitarte de en medio del mundo, porque eres incomodo.

Y termina el santo Cura de Ars:

“¿Temes que se burlen de ti? Mira a Jesucristo en la cruz y verás cuánto ha hecho por ti…”.

(Homilía santo Cura de Ars: Sermón sobre el Respeto Humano).

Además, eso de vivir por respetos humanos, eso no es vivir. Porque el mundo es incapaz de darnos esa paz, que sí es capaz de darnos Dios. Y ahora que hacemos estos 10 minutos contigo, Jesús, queremos pedirte perdón por las tantas veces que hemos fallado en esta coherencia.

COHERENCIA CON LO QUE CREEMOS

Nos ha fallado la unidad de vida. Nos hemos dejado llevar más por el qué dirán y no hemos sido más piadoso, por ejemplo. No vaya a ser que pensaran que somos unos fanáticos religiosos, que vamos demasiado a misa, que nos confesamos con demasiada frecuencia o que no hacemos ciertas cosas, porque somos cristianos; como el ejemplo que ponía el santo Cura de Ars.

“Y lo que nos pedías, resulta que no es fanatismo, sino coherencia. Coherencia con lo que creemos. Te queremos pedir perdón, Señor, también porque no nos hemos terminado de creer que Tu opinión es la única que importa. Hay un modo muy concreto en el que hemos fallado también en esto varias veces, que es el de descuidar buscarte en el sacramento de la confesión.”

¿Cómo podríamos haberlo hecho? ¿La hemos retrasado alguna vez innecesariamente? ¿Nos ha faltado fe para verte detrás de esas palabras de la de la absolución? ¿O nos ha faltado el dolor de nuestros pecados, ese que nos ayuda a movernos a la verdadera contrición, al verdadero propósito de enmienda?

“Es que, en este tribunal de la misericordia, que es el sacramento de la confesión, Tu opinión, Jesús, que es la única que de verdad importa, nos ve cómo somos y nos dice: Te doy una nueva oportunidad. Ve e inténtalo nuevamente, intenta hacer las cosas bien.”

Claro, esto es una maravilla que, a un cristiano, Dios nos diga, con su opinión, que es la única que importa: -Dale, inténtalo otra vez. Pero qué fácil es dejarnos llevar por la opinión del mundo, esa que nos dice que vamos a encontrar la paz y la felicidad si no tenemos problemas; si no nos falta nada de las cosas que parece que dan alegría o tranquilidad; si no tenemos enfermedades, si no hay dolor ni sufrimiento.

NECESITAMOS UN CORAZÓN ENAMORADO

“Y en realidad, lo único que nos puede hacer vivir en paz y ser felices es mantenernos siempre junto a Ti, Señor. Escuchar en la oración, esa opinión tuya sobre todas nuestras cosas y vivir confiado siempre en Tu palabra.”

Como bien recordaba san Josemaría:

“Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.”

(Surco 795).

Eso lo que vemos en el evangelio de hoy, vemos paz, porque los discípulos están contigo. Los vemos caminar con esa tranquilidad entre los sembradíos, porque están junto al Maestro.

Lamentablemente, también ellos van a flaquear, como nosotros tantas veces. En el momento malo, tendrán más cuidado de lo que piensa el mundo, que de lo que piensa Dios. Por ejemplo, les va a entrar un pánico terrible y casi todos ocultarán su relación con el Maestro, al ver esas multitudes gritar con toda fuerza: “A Barrabás, a Barrabás…”

¡Qué mal han elegido! Han elegido la opinión del mundo por encima de la de Dios: “a Barrabás.” Y los discípulos saldrán corriendo. Tomaron el camino menos incómodo: en no exigirse en la coherencia del amor; pero, poco les duró esa paz. Incluso, hasta el propio Pedro le tuvo más miedo a la opinión de una pobre criada y, como sabemos, pronto lloró amargamente su error.

Lamentablemente a todos nos puede suceder lo mismo. De hecho, nos sucede. En cambio, el cuadro que nos ofrece el evangelio de hoy es de paz, de tranquilidad. Los discípulos junto a Jesús y Jesús con ellos. Afortunadamente a todos nos puede suceder lo mismo.

Vamos a tener ese rato de oración contigo, pidiéndole a nuestra Madre, la Santísima Virgen, que nos ayude a querer vivir siempre así: con esa tranquilidad y esa confianza de quien vive siempre de la opinión de Dios. Que es la única que importa. Del quien vive con esa opinión de Dios como único referente, como único norte; sin darle espacio a su vida a los respetos humanos.

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