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JERÓNIMO

FIDELIDAD

JERÓNIMO, INTELIGENTE Y PIADOSO

Te vemos en el Evangelio, Jesús, y la verdad es que no podemos menos que admirarnos ante Dios hecho hombre. Ya me gustaría verte siempre así en primer plano, hacerte confidencias, tener ese trato familiar y personal contigo, maravillarme a la vista de tus milagros y dejarme formar por Ti. Aunque esa formación personal implique que vayas puliendo mi alma a golpe de cincel y martillo, a golpe de cruz. Porque no todo es admirarse, sino también dejarme transformar y moldear.
Es lo que veo en el Evangelio hoy, que dice que:

“estando todos admirados por cuantas cosas hacía, les dijo a sus discípulos: -Graben en sus oídos estas palabras: el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendían este lenguaje y les resultaba tan oscuro que no lo comprendían y temían preguntarle sobre este asunto”. (Lc 9, 43-45).

Y es que todos nos apuntamos a las maravillas, pero no todos nos apuntamos al sacrificio, a la entrega, a la mortificación, a la cruz.
Mira, hoy celebramos la memoria de un gran santo de la antigüedad: Jerónimo, que supo apuntarse a la difícil materia del sacrificio personal. Era natural de Dalmacia, la actual Croacia. Su familia lo envió a Roma para que se formara en los clásicos. Era muy listo, pero bueno, no se trata simplemente de ser inteligente, listo o incluso brillante para entender la cruz. Porque podemos tener las cosas claras en la cabeza, pero nos puede seguir costando ponerlas en práctica.

AHONDAR EN EL CONOCIMIENTO

San Jerónimo era muy inteligente. Destacó en los estudios, aprendió griego y hebreo, profundizó en el conocimiento de los primeros teólogos de la Iglesia, así como en varias técnicas para la lectura de códices antiguos. Esto le sirvió para llevar a cabo ese trabajo suyo por el que ha pasado a la historia, que es la traducción de toda la Sagrada Escritura al latín. Por en cargo del papa san Dámaso.
Pero bueno, no se trata solo de una cuestión de inteligencia, porque siempre queda el esfuerzo por traducir en obras, en propósitos concretos en nuestra vida, eso que vamos viendo o conociendo de Dios. Cuesta.

Benedicto XVI comentaba que Jerónimo “sintió de una manera más aguda el peso de su pasado juvenil y (cfr. Ep 22, 7) y experimentó profundamente el contraste entre la mentalidad pagana y la vida cristiana”(Audiencia general, 7-11-2007).

SAN JERÓNIMO, VIDA DE PENITENCIA

Ya se ve que sentía el tirón del hombre viejo y la exigencia de una vida coherentemente cristiana. ¿Dónde encontró las fuerzas? Pues en su vida de penitencia.
Pero ojo, porque la penitencia o el sacrificio no es pura fuerza bruta o, no sé, esfuerzo meramente humano. No se trata de tener un carácter fuerte que lleve a negarse a uno mismo. Se trata de domarlo a fuerza de cruz para saber ponerlo al servicio de Dios y de las cosas de Dios. Y eso cuesta también. Ya lo decía San Josemaría:

“No digas: Es mi genio así… son cosas de mi carácter. Son cosas de tu falta de carácter…”(Camino 4).

La dureza de carácter de San Jerónimo y los numerosos enfrentamientos que le acarreaba le llevaron a retirarse a una cueva cerca de Belén, donde llevó una estricta vida de penitencia durante sus últimos años. Él deseaba estar en la tierra donde la Sagrada Familia no había encontrado cobijo. Tenía como ese dulce deseo que Tú, Jesús, encontraras cobijo en su corazón… Él mismo escribió:

“Dichoso aquel que porta en su pecho la cruz, la resurrección y el lugar del nacimiento de Cristo y el de la ascensión. Dichoso aquel que tiene a Belén en su corazón y en cuyo corazón Cristo nace a diario.” (Homilia in Psalmum 95: PL 26, 1181; cf. San Jerónimo, Obras homiléticas. Comentario a los Salmos: Obras completas, edición bilingüe vol. 1 ed. BAC, Madrid 1999, 359).

Yo quiero ser así, Jesús. Yo quiero que encuentres cobijo en mi corazón.
Este santo ha pasado a la historia como un hombre recio. Un santo inteligente, con mucho carácter, sí, pero reciamente piadoso. Por eso el papa Francisco dice que para comprender a san Jerónimo hay que tener en cuenta “su absoluta y rigurosa consagración a Dios, con la renuncia a cualquier satisfacción humana, por amor a Cristo crucificado” (cf. 1 Co 2,2: Flp 3, 8,10) … “[y] por otro lado, el esfuerzo de estudio asiduo, dirigido exclusivamente a una comprensión del misterio del Señor cada vez más profunda” (Scripturas sacrae affectus).
O sea, admirarse ante la grandeza de Dios y abrazarse a su cruz. Justo eso que no consiguen entender quienes te escuchan en el Evangelio de hoy, Jesús.

SAN JERÓNIMO Y EL LEÓN

Hay dos anécdotas que se cuentan de los últimos años de san Jerónimo, de esos últimos años que vivió en Belén.
Cuenta una leyenda (que no deja de ser leyenda), que estando el santo junto al río Jordán, vio venir hacia él un león cojeando, porque tenía una espina atravesada en una pata. Entonces, San Jerónimo lo calmó, extrajo la espina y le curó la pata. El león se quedó tan a gusto y agradecido que nunca más le dejó, sino que le servía y al morir Jerónimo se dejó caer sobre su tumba para morir de hambre.
Si visitas algún día los Museos Vaticanos te recomiendo ir a la Pinacoteca. Ahí puedes ver un famoso cuadro inconcluso. Se trata del san Jerónimo de Leonardo da Vinci. La descripción del cuadro es la siguiente: “Con un brazo extendido y retorcido, sostiene una piedra con la que va a golpearse el pecho como penitencia; a sus pies permanece el león, que se convirtió en su compañero después de que el santo le extrajera una espina de la pata. San Jerónimo, demacrado y macilento, constituye la viva imagen del arrepentimiento que implora perdón, aunque sus ojos revelan su fortaleza interior. El fondo lo ocupan imágenes características de Leonardo, como unas rocas y un paisaje brumoso”. (Leonardo da Vinci. La biografía, Walter Isaacson).
Bueno, hasta ahí la descripción. Y hay que saber que no deja de ser leyenda, pero ya se ve que la leyenda ha dejado huella. Pensaba que, tomando en cuenta el carácter de Jerónimo, lo que hay que tener en mente es que la vida de penitencia le ayudó a domar al “león” de su carácter. Esa es su fortaleza interior.

EN NAVIDAD

La segunda anécdota es esa en la que cuentan que una noche de Navidad se le apareció en su cueva de Belén el Niño Jesús y le dijo: “Jerónimo, ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?” Entonces él lo pensó un poco, y le respondió: “Señor, te entrego mi sabiduría, mi tiempo dedicado al estudio de la Sagrada de Escritura”. Y Jesús le dijo a Jerónimo: “La sabiduría, el tiempo de tu vida, en realidad, te los di yo. ¿Qué tienes tuyo para darme?”
Entonces le dijo: “Señor, te ofrezco mis penitencias, mis ayunos, mis sacrificios”. Y Jesús le contestó: “Valoro tu penitencia, pero ¿no tienes algo más tuyo como para ofrecerme?” Y Jerónimo, ya sin saber qué responderle, le dijo: “Señor, no sé qué te puedo ofrecer, pídeme lo que quieras”. Entonces, Jesús le dijo: “Dame tus pecados para que los pueda perdonar. Tus pecados sí son verdaderamente tuyos, y yo entregué mi vida para salvarte de tus pecados”. El santo, al oír esto, se echó a llorar de emoción y exclamó: “¡Loco tienes que estar de amor cuando me pides esto!”.
Son dos anécdotas, ¿no? Pero ya se ve que la historia está convencida que el corazón de Jerónimo sí fue capaz de darle cobijo al Niño Jesús. Y me pregunto, ¿y el tuyo? ¿Y el mío? Tal vez es cuestión de admirarse ante las maravillas de Dios, pero también de abrirle espacio en nuestro interior a base de penitencia.

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