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SANTO TOMÁS APÓSTOL

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En estos 10 minutos con Jesús empezamos, como siempre, pidiéndole ayuda al Señor para conseguir este diálogo.  Necesitamos conectarnos a esa fuente de energía que es Dios.

Es como un teléfono, hay que enchufarlo a la fuente de energía a través de ese cable, como cualquier cosa que necesite ser recargada.

Nosotros tenemos muy poquita autonomía de vuelo; nuestro tanque de combustible carga poca nafta, necesitamos recargar diariamente -a través de la oración- nuestra energía para que Dios nos permita caminar la vida cristiana.

Fundamentalmente, tener un corazón semejante al suyo, identificarnos con el corazón de Dios, de manera que lo que pensemos, lo que sintamos, lo que hagamos, sea fruto de ese buen corazón, que es el corazón de Dios, el corazón de Jesucristo.

“Todo árbol bueno da frutos buenos, todo árbol malo da frutos malos”

(Mt 7, 17).

Si nuestro corazón es bueno, dará frutos buenos.

Queremos que nuestro corazón sea semejante al Sagrado Corazón de Jesús, porque entonces los frutos que de nuestro corazón surjan, serán frutos de comprensión, de paciencia, de misericordia, de ponernos realmente en los pies del otro para comprenderlo, para tratarlo de la mejor manera posible.

DIOS ENTRA EN NUESTRA ALMA

Seremos personas que generan paz, que generan alegría, que concilian, que consiguen generar confianza… tantas cosas.

“Por sus frutos los conocerán”

(Mt 7, 16).

Si los frutos son buenos serán porque vienen de un corazón bueno.  

Tengo un corazón que ha sido transformado, irradiado en la oración.  Por eso es tan importante la oración, porque necesitamos conectarnos todos los días a esa fuente de energía que es Dios, que es Jesús.

Por eso hacemos este trabajo de hacer el esfuerzo de estos 10 minutos con Jesús.

Aunque digamos una sola jaculatoria, ya con eso Dios puede entrar en nuestra alma.  Hemos abierto la puerta.  De su lado sabemos que no hay picaporte, el picaporte solo está de nuestro lado.

Si se la abrimos diciéndole: “Jesús, quiero ver con tus ojos, que vea con tus ojos Cristo mío, Jesús de mi alma.  Dame un corazón semejante al tuyo”, ya con eso habremos abierto la puerta para que Dios pueda obrar maravillas en nuestro corazón.

TOMÁS

Hoy en el Evangelio vemos cómo Jesús se mete con Tomás; es el segundo domingo después de Resurrección.

En el primer domingo Tomás no estaba cuando Jesús aparece a todos los apóstoles reunidos en el Cenáculo y cuando le intentan decir que Jesús ha resucitado, Tomás se niega en rotundo y dice:

“Hasta que no vea las manos con las llagas y no pueda meter la mano en el costado de Jesucristo, no voy a creer”

(Jn 20, 25).

Se lo dice a Pedro, se lo dice a los demás apóstoles, se lo dice a Juan que estuvo al pie de la Cruz.  Sobre todo, a mí me impresiona mucho cuando pienso en que se lo dijo a María.

Decirle a María: “No te creo”, debe haber sido duro para ella y le debe haber puesto la piel de gallina a los demás; o sea, ¿cómo le vas a decir eso a María que estuvo allí? ¿Que fue la primera en ver a Jesucristo resucitado?

¡Cómo vas a negar, a decirle a María que no le creés!

La verdad que dan gana de tirarle de la oreja a Tomás, por no decir otra cosa, porque es como muy necio, muy cerrado.

Es un tipo fantástico, muy bueno, con un corazón enorme, pero se ve que era un poquito terco y por eso hace ese acto tan fuera de lugar de querer meter los dedos en las llagas de Jesús y la mano en el costado.  Un espanto si uno lo piensa un poquito.

LA INCREDULIDAD DE TOMÁS

A mí me parecía interesante porque Jesús se lo recrimina, Tomás rectifica y se acabó la historia.

Pero esa semana (porque tuvo que esperar a que se volvieran a juntar), el domingo siguiente se juntó a rezar con ellos (en ese caso era lunes, porque el día importante era el sábado, todavía la lógica del domingo no había entrado).

Se juntaban a rezar todos los días y lograron que Tomás vaya y ahí, recién, se puede aparecer Jesús.

Una semana entera perdida porque Jesús, después de la Resurrección, les dice que tienen que ir a Galilea para continuar con su formación.

La incredulidad de Tomás nos costó a todos una semana de formación que Jesucristo no pudo dar y no sabemos las cosas que pudieron haber pasado en esa semana. 

Las pescas milagrosas, las explicaciones que daba Jesús que han sido tan significativas, las que estamos meditando en estos días, santo Tomás nos niega una semana entera de predicación de Jesucristo porque no creyó, dudó de lo que le decían los apóstoles y de lo que le decía santa María.

Por eso pidámosle a Jesús fe para creer siempre, para confiar.

LA FE DEL LEPROSO

Hace poco hemos visto una curación muy bonita de un leproso que se acerca.  Yo me lo imagino todo arrebujado en trapos para que no se vea su lepra (porque si no lo iban a apedrear en la ciudad) y cuando llega ante Jesús le dice con enorme delicadeza:

“Señor, si quieres puedes curarme”

(Mt 8, 2).

Se lo dice porque le da espacio a Dios de que no lo cure; o sea, “si querés, si conviene, si te parece, me podés curar.  Si no te parece, no me curés y seguiré estando leproso, porque será para bien, confío en Vos, confío en que Vos sabrás lo que hay que hacer”.

Es un hombre que va a la oración con la actitud correcta que es decir: “Señor, yo no sé si esto me conviene, lo pongo en tus manos.  Si realmente es bueno que yo esté curado, curame, si no, sigo como estoy y yo confío en Vos”.

Por eso le dice: “Si quieres puedes curarme”, si conviene.

Esa es la fe que nos pide el Señor y que surge de la oración que estamos intentando hacer.

A veces eso, con poquitas palabras, es un camino largo, un camino difícil el de la oración, el que estamos procurando hacer con estos 10 minutos con Jesús a lo largo de todo el año.

EL IDIOMA DE DIOS

Aprender a entablar estas conversaciones con Jesús con jaculatorias primero, después vamos tratando de seguir estos esquemas que, a veces, nos sirven.  

De dar gracias por todas las cosas buenas que nos han pasado en el día.  Después pedir perdón por lo que hemos hecho mal, sacar la basura fuera de la casa.  Pedir lo que necesitamos, adorar, que es tan importante decirle a Jesús que nos alegra infinitamente que esté en nuestra vida.

Somos enormemente afortunados de que Jesucristo sea parte de nuestras vidas.  Nunca nos vamos a cansar de decirle al Señor: “Gracias Dios mío porque me has dado el don de la fe y porque me has cuidado, porque me protegés y porque me cubrís de mis propios errores para que no me aleje de Vos”.

Adorar a Dios, escuchar a Dios en la oración, quedarnos a veces en silencio, tratando de escuchar.  Dios habla un idioma que a veces nos es difícil a nosotros.

Me viene a la cabeza mi abuelo cuando llegó del norte de Italia, hablaba un dialecto cuasi alemán y no entendía nada y le costaba un montón hacerse entender: pedir cosas en la ferretería, en los supermercados…

Cuando le explicaban algo no entendía lo que le estaban diciendo. Él me contaba que fueron años muy duros hasta que aprendió el idioma.  Cuando lo aprendió fue una maravilla, como una liberación.  

El Padre, en cambio, que vino de España a los 25 años, no tuvo problema porque hablaba el mismo idioma.  En la oración aprendemos el idioma de Dios.  

Se lo vamos a pedir hoy especialmente a la santísima Virgen: que aprendamos a hacer oración, que aprendamos a hablar ese idioma que habla Dios para que nos pueda transformar, nos pueda irradiar el corazón, haciéndolo semejante al suyo.

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