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EL SANTO ROSARIO

EL SANTO ROSARIO

UN POCO DE HISTORIA

La Iglesia celebra hoy la fiesta del Santísimo Rosario, la Virgen del Rosario. Y vamos a hacer un poquito de historia de cómo se compone esta oración, que está íntimamente vinculada a la historia del Avemaría.

El Avemaría, se compone de dos partes fundamentales. La primera es una alabanza y la segunda es una petición.

En la alabanza están comprendidos los dos saludos, el saludo del Ángel y el saludo de Isabel.

El Ángel se aparece a María y le dice:

«Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo».

La saluda, como dicen algunos autores, por el nombre propio. El nombre propio es “Llena de gracia”. Ella se llamaba María, se llamaba Miriam, como muchas otras mujeres en Israel.

Pero lo que la caracteriza, lo que hace que ella sea la única y no se la pueda confundir con nadie más, es que es ‘la llena de gracia’ y porque Dios la ha llenado de gracia va a ser Dios, la ha elegido como su madre o a la inversa, como Dios la eligió, como su Madre, la llenó de gracia.

Entonces, le recordamos a la Virgen precisamente ésto, el saludo con el que el Ángel se aparece a ella. Ese recuerdo de su plenitud de gracia:

«El Señor está contigo».

Y después viene el saludo de Isabel.

Cuando Isabel recibe a su prima, a la Virgen en su casa, le dice:

«Bendita tú eres entre todas las mujeres. Bendita tú que has creído, porque se cumplirán en ti todas las cosas que el Señor te ha anunciado».

Y esta es la primera parte del Avemaría.

UNA SÚPLICA, UNA PETICIÓN

La segunda parte del Avemaría, es una súplica, es una petición, porque le pedimos a la Santísima Virgen que ruegue por nosotros los pecadores.

Es muy importante que tengamos nosotros en cuenta esta condición, la condición de pecadores. Nosotros muchas veces hacemos como gala de nuestros méritos.

Hace un tiempo, decía un sacerdote en una predicación: —Jesús no vino por nuestro currículum, vino por nuestro prontuario.

Me pareció una manera muy gráfica de recordar esa condición nuestra. Y bueno, precisamente porque nosotros somos pecadores, nos viene muy bien que nuestra Madre nos presente delante de Dios.

Dios no necesita que a nosotros nos presente alguien, Él nos conoce. Pero es muy lindo una oración que dice: “Recuerda Virgen, Madre de Dios, cuando estés en su presencia de hablarle de nosotros cosas buenas”.

Como toda madre, que habla cosas buenas de sus hijos y dice: —Qué bien que se ha portado mi hijo, que bien que ha hecho esto. Y a lo mejor el chico no hizo cosas demasiado buenas, pero la madre, siempre lo mira con esos ojos amorosos y le mejora la imagen a su hijo…

ANTE LA DESESPERANZA

Bueno, hay un autor francés que se llama Charles Pierre Péguy, que cuenta cómo la oración del Avemaría, la oración a la Virgen, lo salvó de la desesperación.

Péguy era un hombre que tenía mucha desesperanza. Era socialista, y después se convirtió al catolicismo. Y dice que fué la Virgen quien lo salvó de la desesperanza. Y explica por qué.

Él dice que durante dieciocho meses no podía rezar el Padrenuestro. ¿Por qué no podía rezar el Padrenuestro? Porque el Padre Nuestro tiene cosas que son muy comprometedoras. Una de ellas es:

«Hágase tu voluntad».

Y no conozco cuáles eran las circunstancias por las que estaba atravesando Péguy en ese momento, pero parece ser que no estaba él muy de acuerdo con las cosas que Dios estaba permitiendo le sucedieran en su vida. Y él no estaba dispuesto a decirle al Señor:

«Hágase tu voluntad».

Él quería que se hiciera su voluntad.  Y dice ante esa desesperación, que como no podía rezar el Padrenuestro, acudió al Avemaría, acudió a la Virgen.

Porque en toda piedad Mariana, no hay nada que no pueda rezar el más pecador de los pecadores…

Si nosotros analizamos el Avemaría, vamos a ver que, primero viene esa alabanza y después viene una súplica. Nosotros a la Virgen en el Avemaría no le decimos que nos vamos a arrepentir de nuestros pecados, no le decimos que vamos a empezar un régimen para adelgazar, no le decimos que vamos a dejar de fumar, no le decimos que vamos a dejar de tomar vino…

Bueno, ¡no hacemos ninguna promesa a la Virgen! Y entonces por eso le devolvió la esperanza… Porque él se dedicaba a alabar y a pedir.

EL SALTERIO DE LA VIRGEN

El Rosario es una oración que está compuesta por ciento cincuenta  Avemarías. Los monjes rezaban todos los días en la Liturgia de las horas ciento cincuenta Salmos.

Los Salmos, que se llama Salterio son ciento cincuenta. (Salterio es el conjunto de los Salmos).

Entonces, como había muchos que no sabían leer, en vez de rezar, esos salmos rezaban un Padrenuestro por cada salmo, es decir, rezaban ciento cincuenta Padrenuestros.

Ésta costumbre de ciento cincuenta Padrenuestros, se cambió luego por ciento cincuenta Avemarías.

Por eso llamaban al Rosario, el Salterio de la Virgen. Es como lo que reemplazaba a la Lectura, a la recitación de los Salmos.

Entonces, a ésta recitación se le añadió después, la meditación de los misterios, de quince misterios de la Vida de Jesús, acompañado por la Virgen.

Después también se le sumaron las Letanías, que son piropos a la Santísima Virgen, donde se nos recuerda que Ella es Madre, Virgen, Reina y es nuestro auxilio. ¡Preciosas las invocaciones a la Virgen!

Algunos critican esta oración, porque dicen que si nosotros tenemos que meditar los misterios, entonces, ¿para qué recitamos? Y que si recitamos, no podemos contemplar los misterios… Si hay que alabar, es difícil pedir… Y si hay que pedir, es difícil alabar…

La realidad es que la Virgen quiere que hagamos lo que podamos.

A veces haremos hincapié en la alabanza, otras veces hacemos hincapié en la petición, y otras veces, haremos hincapié en la meditación de los misterios.

Y después, también algunos de alguna manera critican que es una repetición como que no tiene mucho sentido…

PEDIR, PEDIR Y PEDIR

Hay unos versos muy lindos que a mí me han gustado y los descubrí nuevamente ahora hace poquito, preparando esta meditación. Dicen lo siguiente:

“Tú que esta devoción supones monótona y cansada, y no la rezas, porque siempre repite iguales sones,

tú no entiendes de amores y tristezas: ¿Qué pobre se cansó de pedir dones? ¿Qué enamorado de decir ternezas?”

(Enrique Menéndez y Pelayo, Soneto).

Toda persona que ama, que no se cansa de decirle a la otra persona que la quiere, y a veces con cosas que parecen (para los de afuera) como ridículas.

Hay una pareja de novios que ella le decía a él ‘monito’; y él le decía ella ‘monito’.

Una vez en una meditación conté esta anécdota y una señora decía mi novio, mi hija, a su novio le decía ‘bichito’. Y yo le decía ‘insecto’…

Bueno, distintas versiones y posturas acerca de la misma persona… Pero los enamorados no se cansan de decir ternezas, y los necesitados no se cansan de pedir aquellas cosas que necesitan.

Así que, aprovechemos para rezar esta oración a la Virgen, que es una oración que a ella tanto le agrada.

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