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ÉL ES LA LUZ

Él es la luz

La primera lectura del día de hoy domingo de adviento, leemos un texto de Isaías en el capítulo 61:

“El espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido,

me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad”.

Es una palabra profética que se refiere lógicamente a Jesús que habría de venir ocho siglos después del profeta Isaías para proclamar un año de gracia, para proclamar la buena noticia de que Dios está con nosotros.

SER CRISTIANOS MAYOR MOTIVO DE DAR GRACIAS

Dios se ha hecho uno de nosotros para que vivamos su vida, para que compartas tú, tu vida actual con Él y unidos a Cristo avancemos hacia nuestro destino final que es la casa del Padre.

¡Qué grande es nuestra fe! qué grandioso el hecho simple, profundo, magnánimo de ser cristiano, de que seas cristiano o cristiana es el mayor motivo para dar gracias a Dios.

Gracias Señor porque te conozco, porque te has revelado a  mí, pobre pecador y sin embargo me has llenado de tus bendiciones, partiendo por esta: Creo en Tí, espero en Tí, te amo con todas las fuerzas de mi pobre corazón.

Ser cristianos, un motivo inmenso de confianza en Dios, somos sus hijos y Él es nuestro Padre, Jesús ha venido a proclamar la Buena Nueva, el evangelio que somos hijos de Dios, Dios no es un personaje lejano, distante, absorbido en sus propios afanes y desentendido de nosotros.

Dios es Nuestro Padre, que nos ama con locura y que todas las cosas tuyas, todas absolutamente todas le importan más que a tí mismo, a ti misma.

CREER EN SU AMOR

Hay que creer esto, hay que pedirle al Señor el don de creer en su amor, como lo hemos dicho en otras ocasiones no basta con creer en Dios, eso puede llegar a ser perfectamente insuficiente.

Hace falta creer en su amor por nosotros y todavía un paso más, hace falta creer en su amor por mí por tí, por cada uno, entonces podríamos hablar de la fe auténtica, formada por la caridad, fortalecida por la esperanza.

Creo, espero, amo, creo en tu amor, espero en tu amor, me adentro en tu amor.

SAN JUAN BAUTISTA

Bueno este texto también se puede aplicar y por eso que está puesto en la primera lectura de este domingo, se puede aplicar la figura de San Juan Bautista, un gran personaje que hace de bisagra entre el Antiguo y Nuevo Testamento.

Primo del Señor, profeta valiente coherente, que tiene una profunda comprensión de su identidad, de precursor, de allanar el camino, de anunciar la llegada de la plenitud de los tiempos, preparar los caminos del Señor.   Una profunda identidad y misión.  Y a eso se dedica Juan, a hablar de Cristo.

El texto de hoy tomado del Evangelio de San Juan comienza así:

“Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan.

Él venía como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz”

(Jn 1, 6-8)

TODO CRISTIANO ESTÁ LLAMADO A SER LUZ

¡Qué profunda humildad! la de Juan Bautista y pienso en los sacerdotes, pienso en mí, pienso en todos los sacerdotes del mundo.  Todo cristiano está llamado a ser luz y la llamada es universal a la santidad.

Tú como cristiano en medio del mundo, en tus afanes puedes ser bastante más santo que un sacerdote, pero los sacerdotes hemos recibido este don inmenso por el cuál hemos de ser guía, pastor y de alguna manera a pesar de nuestras limitaciones y miserias, ejemplo para los demás.

Hace falta rezar por los sacerdotes porque somos como esas vasijas de barro, frágiles, que se quiebran fácilmente y a la vez contienen un licor preciosísimo, que es la Verdad, el Amor de Dios en Cristo Jesús.

Buen propósito sería, pensando en Juan Bautista, rezar más por los sacerdotes y concretamente por esto, que tengamos la humildad del Bautista, él no era la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

“¿Tú quién eres? le preguntan, él confesó  la verdad y no la negó, Yo no soy el Mesías, e

¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?

Él dijo no lo soy,

y le dijeron ¿Quién eres ,para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado?

¿Qué dices de tí mismo?

Yo soy la luz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor,

Yo Bautizo con agua, en medio de vosotros hay Uno que no conocéis,

Él que viene detrás de mí, Él que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.

(Jn 1, 19-27)

La humildad de Juan, no pretende brillar, no pretende ser el foco de atención, no pretende aparecer él, sino todo lo contrario, desaparecer para que aparezca Cristo.

OCULTARSE Y DESAPARECER

Qué bonito propósito de San Josemaría, que se planteaba toda su vida  espiritual como:

Ocultarme y desaparecer para que Jesús se luzca

Que los sacerdotes sepamos ocultarnos, que sepamos mostrar a Cristo.

Ocultarse pasando por encima de los estados de ánimo, pasando por encima de las  falta de ganas para atender a los demás, pasando por encima de las faltas de gratitud o delicadeza, que quizá los demás pueden tener con uno.

Todo eso para que Cristo aparezca y desaparezca el yo.

EL DON DEL SACERDOCIO

El santo Cura de Ars tenía una comprensión preciosa, muy  profunda del don de sacerdocio, escribió:

«Qué grande es el sacerdote, si se diese cuenta moriría, Dios le obedece, pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oir su voz y se encierra en una pequeña hostia, si desapareciese el sacramento del orden no tendríamos al Señor,

¿Quién lo ha puesto en el sagrario?  sacerdote, ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? ese sacerdote, ¿Quién  la nutre para que pueda terminar su peregrinación? el sacerdote, ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? el sacerdote, siempre el sacerdote.

Eso y si esta alma llegase a morir a causa del pecado, ¿Quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? también el sacerdote, después de Dios, el sacerdote lo es todo. El mismo solo lo entenderá en el cielo”. 

Él quizá exagerando un poquito, pero en fin tiene un fondo teológico muy poderoso esta explicación, esta enseñanza del Cura de Ars, que nos hace saber por una parte en la dignidad inmensa el sacerdocio.

Basta pensar  el hecho de la Eucaristía y de la confesión como acabamos de escuchar, la orientación que puede dar el sacerdote con sus palabra, pero sobre todo el Milagro Eucarístico y el otro milagro de la Resurrección, que ocurre cada vez que nos llega el perdón de Dios a través del sacramento de la confesión.

RECEMOS POR LOS SACERDOTES

Por lo mismo a rezar por los sacerdotes es una tarea fundamental de todo cristiano, para que seamos santos, para que seamos humildes como Juan Bautista, que nos sepamos indignos de desatar las correas de las sandalias de Cristo.

Y sin embargo, lo tocamos, lo consumimos, lo damos.

Señor ayúdanos a ser humildes, ayúdanos a ocultarnos y desaparecer para que siempre seas Tú quien luzca.

Se lo pedimos a María Santísima, Madre de Cristo y Madre del sacerdote.

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