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DIOS ILUMINA Y QUEMA

DIOS ILUMINA

Aquí estamos, una vez más Jesús, queriendo hacer oración; queriendo hablarte y escucharte. Estamos avanzando en estos días, en este tiempo, de Cuaresma en el que nos pides conversión. Queremos atrevernos. Así: atrevernos. Porque la conversión siempre es atrevida.

Es fácil escuchar como Dios habla, como Jesús habla, y quedarnos embelesados por sus palabras, impresionados con sus parábolas. Pero una cosa muy distinta es sentirse interpelado por sus palabras, saberse protagonista de sus parábolas… Eso ya no es tan cómodo, porque nos reclama algo. Nos mueve, nos saca de nuestra comodidad.

Si te dejamos acercarte Jesús, sabemos que primero iluminas nuestra interior, pero luego empiezas a quemar.

Decía el Papa san Pablo VI que “si queremos que el sol ilumine la estancia de nuestra alma, debemos abrirle la ventana” (Alocución, 5-XII-1973). Y esa ventana “se llama conversión”.

La gente, una gran muchedumbre, nosotros mismos, tú y yo, nos reunimos en torno a Jesús. Ya lo decíamos: queremos hablarle y escucharle. Lo primero que nos dice es: conviértanse.

“Así inicia Jesús su ministerio público por tierras de Galilea. Son las primeras líneas del Evangelio de San Marcos: conviértanse (Mc 1, 15). Y así termina su misión. El día grande de la Resurrección dice a sus Apóstoles que prediquen en su nombre la conversión para perdón de los pecados (Lc 24, 47). Son las últimas líneas del Evangelio de San Lucas” (cfr. Los defectos de los santos, Jesús Urteaga).

¡CONVIÉRTANSE!

Conversión. Conviértanse. Así nos lo dice Jesús. Y así nos lo han repetido los santos a lo largo de la historia. El grito de los santos ha sido ese: conviértanse.

“Cuando Juan el Bautista inicia su Catequesis, comienza diciéndonos: conviértanse (Cfr. Mt 3, 2).
Cuando Pedro es preguntado por el pueblo el día de Pentecostés sobre lo que tiene que hacer, Simón les contestará: conviértanse (Cfr. Act 2, 38).

Cuando, acompañado de Juan, después de curar a un tullido, las gentes se arremolinan en el pórtico del Templo, presas de estupor, Pedro, de nuevo, les indica: conviértanse (Cfr. Act 3, 19).

(…) ¿Y qué nos habían dicho antes los profetas?: Conviértanse de corazón” (cfr. Los defectos de los santos, Jesús Urteaga).

¿Qué es lo que pasa? Que mientras todos estamos dispuestos a escuchar felices las palabras de Jesús no todos estamos dispuestos a convertirnos. Porque empieza por iluminar la estancia de nuestra alma, pero luego esa luz del sol empieza a escocer, empieza a quemar.

Es cómodo escuchar sus palabras como en tercera persona; pensar que se dirigen a otros. Pero ya empieza a incomodar cuando nos reclaman cambios a nosotros mismos.

Como decía un famoso escritor llamado Graham Green: “Dios nos gusta… de lejos, como el sol, cuando podemos disfrutar de su calorcillo y esquivar su quemadura”.

Y comentaba uno: “Por eso es querida la religiosidad bien empapadita de azúcar, bien embadurnadita de sentimentalismo. Por eso están tan vacíos los caminos de la santidad. Por eso, cuando Dios se nos mete en casa, nos quema” (Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, I. Los comienzos, José Luis Martín Descalzo).

Jesús, quiero dejarme quemar por Ti. Ayúdame a cambiar lo que haya que cambiar. Ayúdame a tener una verdadera conversión en esta Cuaresma.

LA SEÑAL DE JONÁS

Puede suceder que nosotros ahora, “como los escribas y fariseos de hace dos mil años, le pidamos que Dios haga primero un milagro llamativo para poder seguirle, que le exijamos una prueba convincente (). Pero con Jesús no se juega. Y dijo de todos los que le rodeaban, y lo repite de todos nosotros ahora: Esta generación es una generación perversa.

¿Piden una señal? No se les dará otra señal que la de Jonás. Y a continuación se encara con los fríos, los indiferentes, los apáticos, los que están de vuelta, los que ya se lo saben todo, pero no hacen nada; los teóricos, los que oyen la palabra de Dios y la echan en saco roto: Los hombres de Nínive se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán: porque ellos se convirtieron ante la predicación de Jonás, y dense cuenta de que aquí hay algo más que Jonás.

Los ninivitas nos avergonzarán a los incrédulos. Ellos reaccionaron ante un profeta extranjero e hicieron penitencia. Nosotros permanecemos impasibles ante el mismo Dios.

¿Qué había pasado en Nínive? Nínive era una ciudad pagana, capital de Asiria. (…) Sus infidelidades se han amontonado hasta llegar al cielo.” Pero Dios envía un profeta (que se llama Jonás) a llamarles a la conversión. “Y los ninivitas se reconcilian con Dios. Todos hacen penitencia, desde el mayor hasta el menor, los grandes y los pequeños, hombres y animales.”

Pues resulta que este año, “una vez más, nuestra Madre la Iglesia nos volverá a repetir las palabras de Jesús: conviértanse (…)

¿Qué hago yo, Dios mío, que no vuelvo a tu casa? Que no me convierto…

JESÚS ESTÁ EN LOS SACRAMENTOS

Regresan los hijos pródigos, vuelven los desleales, retornan los descaminados, se arrepienten las mujeres de sus horas públicas, se levantan los tibios y perezosos, se enderezan los mediocres. Hasta los hipócritas desandan los sucios caminos. ¿Será posible que sea yo el pobre miserable que no se atreve a desatar las cadenas que le aferran a la podredumbre? Son muchos los que se convierten, pero yo sólo miro a los que se quedan danzando en las arenas movedizas. Los veo desaparecer. Los contemplo mientras me hundo en el mismo barro.

Sé que la conversión es el regreso a la Casa del Padre. Sé que desde la Encarnación, la vuelta a Dios sólo es posible a través de Cristo. Sé que a Cristo lo encuentro en los Sacramentos. Sé que éste es el sacramento de la reconciliación: el sacramento de la Penitencia, la Confesión.

Tendrás que darme un empujón serio, Señor. Ya llegó, como todos los años, ese miércoles de polvo, ceniza y tierra, dándonos aldabazos en el alma. Quiero portarme como buen hijo, confesar mis pecados, cambiar de conducta, comenzar a ser fiel y ayudar a otros a serlo” (cfr. Los defectos de los santos, Jesús Urteaga).

MADRE AYÚDANOS A CONVERTIRNOS

Este año de la mano de Santa María, que como buena Madre quiere que sus hijos sean siempre mejores (que cambien a mejor), nos disponemos a escuchar esa invitación de Jesús (conviértanse) y nos dejaremos iluminar, purificar, quemar.

Pues ya basta escuchar desde lejos o en tercera persona sin que siquiera movamos un dedo. Este año hacemos el propósito, tú y yo, ya cada uno sabrá, porque cada uno sabe por dónde le aprieta el zapato, ¿no?

Daremos propósitos concretos de cambio, porque la conversión, la conversión del corazón implica un cambio de dirección en la vida y de eso se trata; no solamente de escuchar, sino de dar como ese volantazo o ese viraje de timón en nuestra vida, en las cosas que ya sabemos.

Y nuestra madre, como toda buena madre, se ilusiona, porque ve que sus hijos van creciendo y van mejorando; y eso es como se le roba el corazón. Pues, Madre Nuestra, nosotros también queremos robarte el corazón, pero de esa buena manera, con nuestra conversión.

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