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¡CONTIGO SÍ!

¡CONTIGO SÍ!

Hoy quiero darme un lujo y no comentar el Evangelio del día, sino otro que leímos la semana pasada.

“En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «fuego he venido a traer a la tierra y ¡cuánto sufro hasta que esté ardiendo!»”

(Lc 12, 49).

Es el fuego del amor del Padre que ocupa todo el corazón de Jesús, es el fuego del amor del Hijo al Padre, es el Espíritu Santo consubstancial al Padre y al Hijo que mueve a Dios a realizar la obra maravillosa de la creación.

Y en el centro de esta obra creadora, nos ha puesto a nosotros los seres humanos -y son las estrellas en el universo- el mundo entero por amor a ti, por amor a mí.

Esta es una conciencia profundamente cristiana que quizá el mundo, sin la fe, desconoce.

Hemos sido creados por amor y estamos destinados precisamente a entrar libremente en ese amor que Dios nos ofrece continuamente; es el fuego del amor de Cristo que quiere encender nuestros corazones.

Cómo no pedirle al Señor: infunde amor en mi corazón, el amor auténtico, el tuyo, no el de la palabra larga y de las obras cortas, sino este otro, el amor que te lleva a entregarte en la Cruz, en la total absoluta identificación con la voluntad de tu Padre.

Ese es el amor que queremos poseer, es el amor que nos permite avanzar en el camino de la santidad y que nos purifica de nuestros pecados y miserias.

El amor de Jesús en la más completa identificación con la voluntad del Padre.

LO QUIERES SEÑOR, YO TAMBIÉN LO QUIERO

Se me viene a la cabeza esa relación tan bonita de san Josemaría, brevísima, pero también profunda,¿’´

“Lo quieres Señor, yo también lo quiero”

Te recomiendo hacer uso de esa oración de san Josemaría cada vez que algo te cueste, sea pequeño o no tan pequeño; incluso, grande.  Lo quieres Señor, dame la fuerza para aceptar  siempre y en todo tu voluntad.

“Fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero, sino que arda”,

que encienda los corazones en confianza total al amor del Padre.

Tengo que recibir un bautismo y ¡cómo sufro hasta que se cumpla! 

(Lc 12, 50),

tengo que sufrir en la Cruz, tengo que sufrirlo todo en el Cuerpo y en el alma y sufro por no comenzar a sufrir ya.

Jesús padece por no padecer, sufre por no sufrir, es el amor de Cristo que le mueve desde lo más profundo de su ser a la entrega, a la inmolación, al dolor, al sufrimiento, para rescatarnos de la esclavitud del pecado de la muerte, para conquistar nuestro pobre corazón.

En el corazón de Jesús podemos encontrar, en lo más profundo, ese amor a la Gloria del Padre.  El Señor lo único que quiere es amar a su Padre y que nosotros entremos en ese amor filial, “con un bautismo,

“he de ser bautizado y ¡cuánto sufro hasta que se cumpla!” 

Señor ayúdanos a vivir esta libertad. Estamos en una sociedad tan hedonista en que parece que la felicidad está identificada con el placer, con el bienestar, con todos los aspectos humanos, por así decir resueltos, en la comodidad.
Y

“el secreto de la felicidad no lo olvides, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”

nos recuerda san Josemaría.

QUE NOS IDENTIFIQUEMOS CON CRISTO

¿Por dónde avanzas tú? ¿Dónde avanzo yo buscando esa felicidad que todos anhelamos?

Por el camino de Jesús, que es el camino de la identificación con la voluntad del Padre, particularmente cuando nos invita a cargar con la Cruz o por ese otro, por el camino del mundo de quienes no conocen a Jesús y piensan que la felicidad está en la comodidad.

Señor ayúdanos a entender esta relación tan profunda, auténtica que Tú mismo nos mostraste al abrir tus brazos en la Cruz, entre el amor y el dolor.  Quien no sabe abrazar el dolor, difícilmente va a crecer el amor.

Confiar en Dios es aceptar particularmente las cosas que nos cuestan más y, lógicamente, ante esta realidad del amor auténtico hay una ley dentro de nosotros que se opone, que hace resistencia.

Nos lo dice san Pablo:

“Hermanos bien sé yo que nada bueno hay en mí, es decir, en mi naturaleza humana deteriorada por el pecado; en efecto, yo puedo querer hacer el bien, pero no puedo realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”

(Rom 7, 18-19).

Qué consolador escuchar estas palabras de san Pablo, en que experimenta toda su fragilidad; pero desde esa fragilidad, desde esa realidad -que en este caso el santo no quiere justificar- surge el triunfo del amor de Cristo.

Cuando experimentes tu fragilidad, mira a Jesús, dile: Señor desde esta realidad pobre de mi miseria, confío en Ti, me abandono en Ti, me dejo re hacer por Ti.

Acudimos a la oración, al sacramento de la penitencia y con el alma en gracia a la Eucaristía.

Entonces, este hombre, mujer, un rebelde que llevamos dentro, va siendo derrotado por la fuerza del amor de Cristo; es el fuego que purifica nuestras miserias.

CON LA GRACIA DE DIOS TRIUNFAMOS

Y continúa el texto de san Pablo:

“Descubro en mí esta realidad, cuando quiero hacer el bien, me encuentro con el mal.  Y, aunque en lo más íntimo de mi ser me agrada la ley de Dios, percibe mi cuerpo una tendencia contraria a mi razón, que me esclaviza a la ley del pecado, que está en mi cuerpo.

¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”

“¡La gracia de Dios, por medio de Jesucristo, Señor Nuestro!”

(Rom 7, 20-25).

Con la gracia de Dios triunfamos, solos nos hundimos.  Sin tu ayuda Señor mi debilidad triunfa en mí, pero contigo desde lo más frágil de mi ser, puedo recorrer un camino auténtico de triunfo, de santidad.

Los santos no han sido personas impecables, como no lo somos tú y yo, sino hombres y mujeres normales que experimentaron esta ley del pecado, pero miraron a Jesús y se llenaron de confianza en Él.

Renovemos nuestro afán de santidad frente a todo desaliento, de quien dice: no, ya lo he intentado otras veces, me conozco… ese argumento realista pero en el fondo autorreferente en que hemos puesto nuestra confianza en nuestras propias fuerzas, en vez de poner toda nuestra confianza en el Señor.

Que no tengamos miedo a amar de verdad, que venzamos la tentación de pensar de que si ponemos todo y fracasamos; de si ponemos todo lo que está de nuestra parte para vencer el pecado y no lo conseguimos.  Ese miedo al fracaso tiene que ser superado por un acto profundo de confianza en la gracia de Dios.

La Iglesia se renueva en la medida que se deja fortalecer por la Gracia Divina y cada cristiano triunfa en su camino al Cielo en medio del mundo, en la medida que se deja fortalecer por la Gracia Divina.

No te dejes vencer por el desaliento, no te engañes pensando de que solo puedes con tus propias fuerzas, conseguir las metas, llenémonos de confianza en el Señor y la intercesión poderosísima de su Madre, que es también Madre nuestra.

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